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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE PABLO VI CON
MOTIVO DEL XIX CENTENARIO DE LA LLEGADA DE SAN PABLO A ESPAÑA
Domingo
26 de enero de 1964
¡Salve España católica! Tu fe en Cristo, Hijo de Dios vivo,
es tu mejor gloria. Es el eje de oro de tu cultura y es para ti fuente de
virtudes. Esa fe que profesaron tus grandes Concilios y está esculpida en
catedrales; la que pregonaron teólogos de Trento y llevaron a los mundos
lejanos tus misioneros. Da testimonio de ella el racimo de naciones, que, con tu
lengua, ha recibido este don de Dios.
¡Salve, generoso pueblo español, paciente y laborioso! Salud y
paz en Cristo a vosotros, Hermanos en el Episcopado, sacerdotes, religiosos,
católicos españoles todos. «Dios nos es testigo de cómo os llevamos a todos
en las entrañas de Nuestro Señor Jesucristo» (Phil. 1, 8). Estas
mismas palabras de Pablo, Apóstol de Cristo, a los cristianos de Filipos,
queremos también Nos -y con cuánto amor y sinceridad- harcelas Nuestras al
dirigir este primer saludo a España que conmemora con fervor y abundancia de
frutos el décimo nono centenario de la venida del Apóstol de las Gentes a
vuestro suelo patrio.
Si la Divina Providencia no Nos ha deparado la oportunidad de
visitar vuestra noble tierra, sí que hemos captado en las páginas de su
historia, a veces atormentada y siempre gloriosa, su tradicional fisonomía
cristiana; hemos admirado sus gestas de martirio, de santidad, de servicio a la
Iglesia de Cristo; y hemos visto en ellas palpitar su alma de altos destinos, de
aquél, sobre todo, que marca un jalón irremovible en la historia humana: el de
completar el planeta y borrar los antiguos linderos del mundo.
Nuestro mensaje de hoy forma arco con vuestros sentimientos para
encontrarse en S. Pablo; y por eso quisiera ser vibración, reflejo, proyección
de los afectos que palpitan en sus escritos y, aunque débil, eco fiel de su
enseñanza, de su verbo ardiente, apasionado por Cristo.
Os diría hoy seguramente, si os hablara, el Apóstol de las
Gentes, como a los Cristianos de Corinto: «Yo soy quien os he engendrado en
Jesucristo por medio del Evangelio. Por tanto, os ruego que seáis imitadores
míos como yo lo soy en Cristo» (1 Cor. 4, 15-16). Y añadiría sin
duda, también: «Yo, hermanos, cuando vine a vosotros, no vine a anunciaros el
testimonio de Cristo con elevación de lenguaje o de sabiduría. En realidad me
propuse no saber otra cosa en medio de vosotros, sino a Cristo, y a Este,
crucificado» (1 Cor. 2, l-2).
Sea éste el fruto grande, el fruto dulce del año Paulino: el
ejemplo de Pablo, llama insaciable, viento del Espíritu, pregonero de Dios.
Sí, Hermanos e hijos amadísimos; creemos que esa imagen de
Cristo que Pablo llevaba siempre en su corazón ardiente, esa noble manera de
llevarla en su vida de hombre entero, en consonancia con Dios y en armonía con
todo lo bueno, está aún viva en España. Y creemos que su siembra de Cristo
sigue todavía fecunda en las organizaciones católicas, en los cenobios
históricos que adquieren nueva vida, en los cenáculos de contemplación
siempre repletos, en las asambleas de apostolado, en el santuario de la familia,
en el ejercicio de las virtudes cívicas y sociales, en el incesante resurgir
vocacional.
Y aunque hubiere sombras, hay también esfuerzo, hay lucha por
devolver a la Esposa de Cristo su faz blanca, sin arruga, sin mancha.
Por eso nuestra mirada a España nos llena de consuelo y es este
afecto que se despierta en nuestro pecho el que nos impulsa a abri-ros el alma
con algunas consideraciones.
Nuestros ojos se detienen en primer lugar en vosotros,
sacerdotes queridos. Sabemos bien el celo renovador que distingue tanto al
dignísimo clero español, como a las familias religiosas de probada tradición
histórica y a los Institutos de reciente nacimiento. Este celo que es caridad,
cuando impulsa a la búsqueda serena de métodos apropiados a las nuevas formas
de vida, cuando trata de entablar y mantener el diálogo con el mundo moderno,
en el afán de llevarlo a Cristo, en quien todo tiene su recapitulación y
corona (cfr. Eph. 1, 10).
Laudable intento que no pide renegar del pasado histórico, ni
romper con tradiciones en lo que ellas tienen de esencial y venerando, sino que
más bien rinde homenaje a tales tradiciones, aunque para hacerlas vitales, para
conservarlas en su eficacia haya tal vez que podarlas de cuanto de transitorio y
caduco, de manifestación defectuosa en ellas haya: «Ut fructum plus afferat» (Io. 15, 2) según palabra del Evangelio.
Sacra y brillante, espiritual pero recia, como tallada en piedra
granítica es la figura del sacerdote cual S. Pablo nos la describe y magnifica:
del sacerdote, ministro de la palabra y ministro del sacramento. «Somos
embajadores de Cristo, como si Cristo exhortase por boca nuestra» (2 Cor.
5, 20). «Sic nos existimet horno ut ministros Christi, et dispensatores
mysteriorum Dei» (1 Cor. 4, 1).
Heraldo del Evangelio, el sacerdote lleva la luz, la palabra
palpitante que da vida y su testimonio exige un programa de vida para ser eficaz
en su esfuerzo, una purificación interior. «Christo confixus sum cruci» (Gal. 2, 19). Y es en el ministerio litúrgico-sacrifical y
sacramental, donde el ministerio de la palabra tiene sus raíces más hondas y
de donde recibe su fuerza y eficacia. Ministerio que tiene su centro en el
altar, su manifestación mejor en el amor, el amor exigente que, para quien hace
profesión de él, es algo que consume, que quema. «Caminad en el amor como
Cristo nos amó y se entregó por nosotros cual ofrenda y víctima de olor suave» (Eph. 5, 2).
Volvemos ahora nuestra mirada al mundo seglar, y ¡cómo
podremos reducir a síntesis cuanto en nuestro corazón palpita! La Iglesia en
estos momentos fija su atención maternal en el laicado católico en todas sus
etapas, en todas sus manifestaciones, en todos sus problemas. La Iglesia, os
decimos, seglares católicos, os llama, os espera, os invita a la vida
verdadera, a los valores auténticos y no quiere hacer de vosotros unos
extraños a las corrientes de la vida moderna sino que desea daros aliento y
vigor en vuestros pasos, de forma que no rodéis como seres inertes en estas
mismas corrientes, sino que seáis vosotros quienes las promováis, les deis
sentido, las comprendáis y gocéis de ellas como hijos de Dios. Sois «luz en
el Señor. Caminad como hijos de la luz» (Eph. 5, 8).
Dos sectores del laicado tocan en esta hora de modo particular
nuestra sensibilidad de Pastor universal: la juventud y el mundo del trabajo.
La religión es y debe ser siempre fuente viva; vuestro
apostolado, jóvenes católicos, arte nuevo. Tened presente que para resolver y
poder justificar, humana y cristianamente los problemas que se asoman a vuestra
inteligencia 0 se interponen en vuestro camino, se debe buscar en los principios
y fuerzas propias del Evangelio, en la fidelidad y amor a la Iglesia, en el
deseo de proporcionar a la vida civil hombres de virtud y de competencia, ideas
seguras, servicios desinteresados, fuerzas morales insustituibles. «Andando en verdad iremos creciendo por la caridad en todos los sentidos, en El que es la
Cabeza, Cristo» (Eph. 4, 15).
A vosotros, queridos hijos del mundo laboral, ese mundo
santificado por Cristo, artesano durante la mayor parte de su vida, queremos
aplicaros la invitación paulina a los fieles de Corinto, de que trabajéis «scientes
quod labor vester non est inanis in Domino» sabiendo que vuestra labor no
es inútil en el Señor (1 Cor. 15, 58). Porque también vuestra
actividad, vuestras manos encallecidas, vuestras horas pasadas en el rumor de
las fábricas o entre el polvo amenazador de las minas, ha de tener una
significación cristiana. Y entre la Iglesia y la clase obrera, entre la Iglesia
y nuestro tiempo que pide la justicia y la paz, que camina al progreso técnico,
no debería existir ningún equívoco, puesto que la Iglesia ha dado siempre
irrefutables pruebas de la energía y claridad con que defiende los derechos de
los trabajadores, y no se la podrá acusar de ser contraria al progreso social
de los tiempos nuevos, como si se preocupara exclusivamente de los bienes
superiores de orden religioso con absoluta indiferencia ante las aspiraciones de
las clases humildes a un mayor bienestar temporal.
La luz de nuestro catolicismo entrará en el mundo del trabajo
particularmente a través de la justa aplicación de la doctrina social de la
Iglesia. ¡Qué acento vibrante no pondría hoy Pablo, aquel discípulo
aprovechado de la escuela de Gamaliel que se hacía obrero y trabajaba con sus
manos para no ser gravoso a sus hermanos (cfr. 1 Cor. 4, 12), que comía
su pan «en el trabajo y en el cansancio»! (2 Cor. 11, 27).
Hemos de terminar. Amadísimos españoles todos: a cada uno de
vosotros quiere abrirse nuestro corazón. Que la fe católica, aquella que en
Pablo tuvo un heraldo, un paladín, un mártir, viva siempre en España; que las
obras, derivadas de esta fe, sean el mejor testimonio de vuestro catolicismo, de
cara siempre a todo lo bueno, a la caridad, a la justicia. A vosotros a quienes
el dolor o la enfermedad aflige, a los niños, a los ancianos, a los jóvenes, a
los padres y esposos, a España entera, al Excelentísimo Jefe del Estado con
las autoridades de la Nación, y a vosotros en particular, venerables Hermanos
en el Episcopado, dignísimos Cardenal Legado nuestro y Cardenal Arzobispo de
Tarragona, a todos va, con la efusión de nuestro afecto la bendición
apostólica, que como corona de este año jubilar paulino y prenda de
prosperidad cristiana, gustosamente os otorgamos.
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