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RADIOMENSAJE DEL PAPA PABLO VI
AL VI CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE ESPAÑA

Domingo 12 de julio de 1964

    

¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento de altar!

Españoles todos amadísimos
:

La ciudad de León, también ahora como en otros tiempos corazón de España, ofrece a Cristo en la Eucaristía el amor de la nación entera en el himno de sus vetustas arquitecturas, de sus joyas litúrgicas, de sus piedras románicas. Por las viejas rutas de peregrinación han llegado a la antigua capital del reino leonés romeros de la Península, representantes de Hispanoamérica y de Europa para dar expresión a su fe eucarística y tributar veneración al Rey inmortal de los siglos.

El Panteón Real, que, bajo bóvedas de belleza mística incomparable, conserva en el silencio y en la espera de la resurrección los despojos mortales de veinte reyes, parece estremecerse en reverente adoración ante el Sacramento del Altar.

Al pie mismo del trono eucarístico, contemplando la cadena, desde tiempo inmemorial nunca interrumpida, de visitas al Sacramento expuesto, está el gran Isidoro, Padre de la Iglesia, cuyo cuerpo hace nueve siglos vino de Sevilla a esta su Basílica; y ahora como entonces la sangre de Cristo ha sido recogida en el antiquísimo cáliz de ágata, regalo de la Reina Doña Urraca de Castilla.

En las sesiones de estudio, igual que en la meditación silenciosa de las horas de adoración eucarística, durante estas Jornadas se ha repetido el tema de vuestro Congreso, «ut sint unum» y se han gustado las palabras de S. Pablo a la Comunidad de Efeso: «Un cuerpo solo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la que estáis llamados por vuestra vocación; un solo Señor (Cristo), una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, el cual está sobre todos, en todos obra y en todos está» (Eph. 4, 4-6).

La unidad plena solamente se alcanzará en el Paraíso cuando Dios sea todo en todos (cfr. 1 Cor. 15, 28) y los hombres «de toda raza, tribu y lengua» (Act. 7, 9), alaben únicamente a Dios y al Cordero Inmaculado. La unión, deseo testamentario de Cristo, la que a sus discípulos toca realizar en constante esfuerzo, es fruto de un proceso ascético, de una actitud que se inicia con el acercamiento a Dios, porque es ante todo convergencia de voluntades al centro propulsor de la vida verdadera y al norte inspirador de toda verdad. Y este camino hacia la verdad y la vida pasa por Cristo: El es nuestra paz, nos enseña San Pablo (cfr. Eph. 2, 11-20; cfr. Eph. 3, 5-10); dándonos su gracia, nos introduce en la familia de Dios; la Eucaristía, alimento y sustancia del vivir cristiano, sacramento en el centro de las fuentes de la gracia.

En Cristo, Nuevo Adán, se recoge y condensa lo multiplicado y disperso por el pecado, porque en Él todo se recapitula (cfr. Eph. 1, 10). La división y la discordia quedan vencidas por su mano con esa demolición de la pared divisoria que Él llevó a cabo por su muerte, de tal forma que ya «no hay judío ni griego» (Gal. 3, 28; Col. 3, 11). Cristo, que derribó el muro que separaba a los hebreos de los gentiles (Eph. 2, 14), lleva esta obra a más amplia ejecución aboliendo toda posible frontera espiritual: «No hay bárbaro ni escita» (Col. 3, 11).

Este misterio de unificación, de unidad mística divina y humana, en el que se cifra nuestra sociedad con Cristo, y, mediante Él con Dios, con los hermanos, si bien se realiza en una esfera diversa de la puramente temporal, no ignora, sin embargo, la socialidad humana: la supone, la cultiva, la sublima. El cristiano verdadero siente estremecer su alma con los gemidos de la creación, estando preparado para descubrir en la sociedad, como un signo de los tiempos aquella misteriosa expectación, aquel movimiento hacia expresiones unitarias que fermenta en el pensamiento, en la cultura, en la acción con espera de mayor bien, con ansias de más altas conquistas. Vivir en Cristo no es estar en campo cerrado porque la perspectiva del mundo a la luz del evangelio es siempre rica y profunda, y marca una línea que abarca hombres y cosas, y enlaza todas las situaciones con capacidad de conducirlas al designio primitivo y ordenador de Dios: «Conducidos todos a la unidad por el Único», como dirá S. Agustín (Serm. 195, 2; P.L. 38, 1018).

El grito de unión de vuestro Congreso, el mensaje con que la Iglesia se presenta hoy especialmente al mundo y con el que invita aun a los que están fuera de Ella, es palabra, es oración de Cristo en el cenáculo. La fe os hará leerlo en la custodia de vuestras procesiones. No se plantea como un ideal de defensa o de ataque, sino como verdad vital que tiene vigencia permanente y debe hacerse sustancia propia mediante la meditación y la plegaria, el sacrificio, el trabajo, la corrección a veces de la propia mentalidad, y siempre con la comprensión y el amor.

Podrán ser desarrollados los mecanismos del diálogo, pero sin dar lugar a encendimientos condenables; podrán existir divergencias en la apreciación, en las posturas colectivas, mas dentro de la disciplina eclesial, y sin romper la unidad y la concordia social; siempre bajo la ley suprema de la caridad la cual señala límites obligados al tono que ha de regir el intercambio de ideas en la búsqueda de la verdad con toda su riqueza. Esto y solo así es signo de madurez y será preludio de perfeccionamiento, ansia de auténtica continuidad, proyección hacia nuevas metas.

Ante la insoslayable interacción de ideologías y fuerzas contrastantes se habrá de recordar el «vigilate et orate» del único Maestro. Ante la irrefrenable ósmosis de los medios de comunicación se exigirá fortalecimiento en la fe, vigor de vida cristiana, intensificación de la instrucción religiosa, de una formación que sirva no solo para mantener el contacto con Dios y para conservar el patrimonio religioso heredado, sino también, en espontánea y misional expansión, para la edificación del prójimo. De este modo principalmente estará garantizada la unidad católica, bien ahora poseído y que será siempre un don de orden y calidad superior para la promoción social, civil y espiritual del País.

Abre, España, tu alma a la esperanza. Abre tus ojos y mira a Cristo, Pastor, para que con la fuerza convincente e irresistible de su amor hermane cuanto pudiere quedar de aspereza por el dolor de horas tristes ya pasadas. Mira a Cristo, Maestro, para que con el dominio poderoso y suave de sus enseñanzas y de su programa congregue a todos tus hijos: que El en particular asista a los que están lejos de sus lares para que no se enturbie la pureza de su fe, no se pierda la herencia de sus sanas costumbres sino que al volver a su terruño se sientan de nuevo en la comunidad de hogar, de fe, de vida que con el camino de la emigración dejaron.

Ensancha, España, tu corazón a la caridad. Ahí, en la Eucaristía está el «Rex et centrum omnium cordium»; ahí el pan bajado del Cielo que se come en torno a la misma mesa; ahí la vid que distribuye la savia buena a todos los sarmientos; ahí la cabeza que rige y gobierna invisiblemente el cuerpo místico entero; ahí finalmente el libro que resume el misterio de la Iglesia en su ascendente movimiento de adoración al Padre, en su retorno de amor redentor a los hombres, de la Iglesia comunidad de culto y de santificación.

¡Oh, qué hermosa primavera la de esta Iglesia en España, Hijos amadísimos! Que Cristo, Rey Eucarístico, bendiga el trabajo de los campos, el trajín de las fábricas, el afán de los intelectuales, el apostolado de los sacerdotes. Y que la misericordia del Señor se confirme sobre el amadísimo pueblo español, con su celosa y benemérita Jerarquía, y las Supremas Autoridades civiles de la Nación. A ti, dignísimo Cardenal Legado Nuestro, que, Sucesor en la Sede de Lima del gran leonés Santo Toribio, vienes de esa América donde España sembró con el amor a la Eucaristía una maravillosa unidad de fe; a Nuestro Venerable Hermano el Obispo de León, y a todos cuantos están de alguna manera unidos en estos momentos a las solemnidades del Congreso Eucarístico, impartimos de corazón la Bendición Apostólica.

         

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