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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE ARGENTINA*


Lunes 20 de julio de 1964

        

Señor Embajador:

Vivamente agradecemos las nobles expresiones con que Vuestra Excelencia ha acompañado la presentación de las Cartas Credenciales que lo acreditan Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Argentina ante la Santa Sede; y, mientras le damos Nuestra cordial bienvenida, Nos complacemos en manifestar el particular afecto que reservamos a su hidalga Nación.

Llegáis, Señor Embajador, con la experiencia de altos cargos desempeñados, para continuar las felices relaciones existentes entre la Cátedra de San Pedro y vuestro País, una de cuyas características es la fe ardiente y generosa que ha trazado la trayectoria de sus mejores gestas y que ha culminado, durante los últimos años, en jornadas entusiastas de fervor piadoso con motivo del Congreso Eucarístico Nacional de Córdoba, del Congreso Mariano Interamericano y de la Misión General del Gran Buenos Aires.

Bien sabéis cómo la Iglesia sigue la vida de vuestra privilegiada Nación, con solicitud y amor de madre, en cuyo corazón no quedan indiferentes los reflejos espirituales que derivan del aumento demográfico, de la constante industrialización, de la instalación de centros de progreso.

Complacidos vemos la actividad intensa y amplia que, paralelamente a este incremento de orden material, se está llevando a cabo en los sectores religioso, social y cultural a los cuales tanto influjo benéfico pueden dar la colaboración de ilustres católicos  —hijos de ese ubérrimo País— y el providencial aumento de Clero. La reciente configuración de las antiguas y vastas Diócesis Argentinas, reorganizadas y dobladas en número, permitirá a sus celosos Prelados afrontar más de cerca los problemas pastorales con asistencia vigilante, asidua y coordinada que no podrá menos de redundar en provecho de ese pueblo tan amante de los valores supremos del hombre.

Ante los laudables esfuerzos que la amadísima Argentina realiza por su continuo y estable bienestar, deseamos que ese mismo cristianismo el cual, con beneméritas instituciones, dio los fundamentos de una personalidad patria y de un porvenir seguro, irradie siempre energías de espiritualidad que lleguen con renovado esplendor y perenne eficacia a las diversas esferas de vuestra sociedad, principalmente a aquellas que podrían ser más fácilmente victimas del error

Que la fe en Cristo y el amor a la Iglesia, patrimonio venerando y sagrado de las más puras tradiciones argentinas, principio y sostén de unión, de concordia fraternal y de vigor fecundo, prosigan inspirando y manteniendo el rango que a vuestra Nación le corresponde para afianzar los ideales de paz y de justicia dentro de sus fronteras, en el ámbito del inmenso Continente Latinoamericano y en el mundo entero.

Los lazos de amistosa colaboración entre la Santa Sede y la Nación Argentina se estrecharán, sin duda, con vuestra labor inteligente. Al asegurarle Nuestra benevolencia para el cumplimiento de sus tareas, invocamos sobre Vuestra Excelencia, sobre el Excelentísimo Señor Presidente de la República y su Gobierno, sobre todo el dilectísimo Pueblo Argentino copiosas bendiciones divinas.

 


*AAS 56 (1964), p.687-688.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. II, p.459-460.

  

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