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DISCURSO
DEL SANTO PADRE PABLO VI A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO DIRECTIVO DEL INSTITUTO
INTERNACIONAL PARA LA UNIFICACIÓN DEL DERECHO PRIVADO*
Lunes 4 de enero de 1965
Señores:
La unificación del Derecho Privado tiene ante los ojos de la Iglesia una
misión importante, deseada, exigida por la evolución de la sociedad moderna; por
ello, a ejemplo de Nuestro Predecesor el Papa Pío XII, Nos acogemos con gran
placer a los miembros del Consejo directivo de un organismo consagrado
especialmente a esta amplia y difícil empresa.
Nos sabemos cuán oscuros y largos son los caminos que aceptan recorrer
quienes se consagran a esa labor, tan conforme, por otra parte, con el interés
general: han sido necesarios no menos de treinta años para completar los
estudios preparatorios que habían de conducir en el mes de abril pasado a la
adopción de una ley uniforme sobre el contrato de venta internacional. Pero
resultados de tanta envergadura no se alcanzan sino a precio de pacientes
confrontaciones, de las que vosotros, Señores, sois los artífices incansables.
Nos hemos querido hacer memoria de Nuestro predecesor Pío XII porque
conocemos el interés que él tenía –demostrado en diversas oportunidades– por
vuestro Instituto. Permitid que a Nuestra vez Nos os felicitemos por los
resultados obtenidos y que Nos os aseguremos Nuestro interés por las cuestiones
a las cuales consagráis lo mejor de vuestras energías. En definitiva, se trata
de asegurar el bien del hombre, y en este campo la Iglesia debe y quiere estar
siempre presente, en la fidelidad más perfecta posible a las intenciones de su
divino Fundador.
Las reglas que vosotros tratáis de armonizar pueden parecer a los ojos del
profano de carácter harto abstracto: en realidad, se resuelven en medidas bien
concretas, con incidencia inmediata sobre numerosas categorías de personas y que
conciernen directamente a sus derechos, sus vínculos familiares y sociales, sus
justas exigencias.
Esto basta para cercioraros, Señores, de cuánto Nos apreciamos vuestro
trabajo, de cuánto corazón Nos ponemos en alentarlo y en invocar sobre él como
sobre vuestras personas y sobre cuantos os son queridos, la abundancia de las
bendiciones divinas.
*ORe (Buenos Aires),
año XV, n°645, p.5.
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