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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL SR. NAGIG DAHDAH, AL EMBAJADOR DE LÍBANO
ANTE LA SANTA SEDE*
Martes 12 de enero de 1965
Señor Embajador:
Vivamente Nos apreciamos las expresiones con las que Vuestra Excelencia ha
querido manifestarnos sus sentimientos en el momento en que pone en Nuestras
manos las Cartas Credenciales que lo acreditan en su condición de Embajador del
Líbano ante Nuestra persona.
Por un doble motivo Nos podríamos decir que Vuestra Excelencia se halla va
introducido junto a Nos. Quien hoy en día y con tanta autoridad preside los
destinos del Líbano y os envía junto a Nos, os precedió ya en las mismas
funciones de Representante de su País ante la Santa Sede y había merecido en ese
cargo la estima y la simpatía generales. Y vos mismo hallaréis aquí lugares que
os son harto familiares, puesto que no hace mucho ocupabais el cargo de
consejero de esa misma Embajada de la que hoy tomáis la dirección.
Superfluo es entonces que Nos os aseguremos, como tradicionalmente se hace,
que sois bienvenido y que todo se hará para facilitaros el ejercicio de vuestra
misión.
Por otra parte, eso no sería sino rendir a Vuestra Excelencia una bien
pequeña parte de la acogida tan calurosa que Nos recibimos recientemente en
Beirut de parte de las Autoridades civiles y religiosas y de las poblaciones
aglomeradas en el aeropuerto. Fue aquella una manifestación grandiosa y
significativa que Nos os agradecemos haber recordado hace un instante y de la
que Nos podemos aseguraros que vivirá siempre su recuerdo en Nuestro espíritu.
Habéis puesto de relieve los vínculos profundos y permanentes que unen al
Líbano con la Santa Sede. Que Nos sea permitido, Señor Embajador, decir que Nos
también atribuimos un valor grande a ese feliz estado de cosas. Nos complacemos
en ver en ello un factor que puede contribuir, si se diera el caso, a reforzar
esta armonía y esta comprensión recíproca entre ciudadanos, de la que Vos hacéis
mención y gracias a la cual cristianos y musulmanes fraternizan en el seno de la
patria libanesa en la práctica de una sana libertad religiosa.
Por otra parte, esas buenas relaciones entre los dos Poderes no pueden sino
favorecer la misión pacífica y cultural que el Líbano ha sido llamado a ejercer
en el concierto de los pueblos. ¿No es acaso la amistad de la Santa Sede una
invitación permanente a dar la primacía a cuanto constituye la mejor porción del
patrimonio de la nación: valores espirituales, morales, religiosos, en una
palabra todo aquello que –en vuestra historia, en vuestras artes, en vuestra
cultura– tiende a la elevación del hombre, a su verdadera promoción?
He aquí, Señor Embajador, cómo Nos deseamos el mantenimiento y
acrecentamiento de las buenas relaciones felizmente existentes, entre la Sede
Apostólica y el Líbano, con que ánimo Nos formulamos Nuestros votos por el éxito
de vuestra misión. En este día en que ella comienza, Nos invocamos sobre la
persona de Vuestra Excelencia, sobre su familia y sobre su querida Patria una
abundante efusión de los favores divinos, prenda de prosperidad, de concordia y
de paz.
*ORe (Buenos Aires), año XV, n°646, p.5.
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