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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE CHILE
ANTE LA SANTA SEDE*
 

Martes 30 de marzo de 1965

        

Señor Embajador:

En este día que debiera haber sido de alegría, una nota de dolor envuelve la presente ceremonia con la que Nos habéis entregado las Cartas Credenciales que os acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Chile ante esta Santa Sede.

Brota espontánea en Nuestro ánimo la tristeza al contemplar tanta ruina como en vuestro País ha sembrado un tremendo cataclismo: familias sin hogar, centenares de personas que han sucumbido en un momento trágico e inesperado, riquezas, fruto de trabajo largo y paciente destruidas al improviso, la nación entera en luto y en llanto.

Con las nobles expresiones que acabáis de dirigirnos y que os agradecemos habéis querido recalcar el empeño con que vuestra Patria se ha decidido por objetivos de paz y de justicia social: ideales son estos que en el Evangelio, y por tanto en la Iglesia, adalid y maestra del mensaje cristiano, encuentran proclamación, impulso y defensa.

La reciedumbre de conciencia católica, la sensibilidad social, el grado de culturalización que distinguen al ciudadano chileno son pilares en que se asienta el porvenir de este Pueblo y que le harán resurgir prospero de la adversidad. Su historia está constelada de nombres que hacen honor a las ciencias, a la producción artística, a los estudios históricos, a la literatura.

En el campo católico Chile puede presentar un cuadro espléndido de realidades y de promesas, de actividades e instituciones, de organizaciones, de familias religiosas, de centros educativos, de iniciativas de orden apostólico y social. Todo ello es exponente de fa profundidad de su vida cristiana y hace concebir las mejores esperanzas para el futuro. Constante es Nuestra oración para que patrimonio tan preciado no se pierda sino que adquiera nueva vitalidad y gane aún mayor brillo y eficacia.

¡Señor Embajador! Los votos que formulamos por vuestro País en este día, coinciden con las aspiraciones que, poco ha, Nos habéis significado: no son otros sino la pacífica convivencia de todos los miembros de la Comunidad Nacional, y el creciente bienestar, especialmente de los más humildes, en una eficiente colaboración de todas las energías al bien común, en la sabia y decidida aplicación de la doctrina social de la Iglesia a la realidad concreta de la hora presente. Que el camino emprendido conduzca a vuestro laborioso y honrado pueblo hacia las metas de grandeza espiritual y material que su pasado y su destino histórico señalan y que Nos le deseamos.

Tened la bondad de trasmitir al dignísimo Señor Presidente de la República Nuestra participación más sentida en el luto que ahora aflige a vuestra Patria: encomendamos a las víctimas del terremoto, enviamos Nuestra pésame a los familiares de las mismas, sentimos como en carne propia tanto llanto y tanto dolor, tanta angustia como llenan los hogares de vuestro País: para todos Nuestros queridos hijos católicos de Chile invocamos las más escogidas bendiciones del Cielo.

Hacemos votos también por que Vuestra Excelencia, con sus preclaras dotes, pueda llevar a cabo con pleno éxito la misión que su Gobierno le ha confiado; y estamos seguros de que las buenas relaciones existentes entre la República de Chile y la Santa Sede no solo se mantendrán sino que, en lo posible, se reforzarán más cada día. Que en el cumplimiento de este cometido os asista el Altísimo: a este fin, y deseando confortaros también en el luto familiar que en esta ocasión tan de cerca os aflige, cordialmente os otorgamos a Vos y a vuestra cristiana familia la Bendición Apostólica.            


*AAS 67 (1965), p.390-391;

Insegnamenti di Paolo VI, vol. III, p.209-210 ;

L' Osservatore Romano 31.3.1965 p.1.

 

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