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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A SUS ALTEZAS REALES LOS GRANDES DUQUES DE LUXEMBURGO*
Jueves 6 de mayo 1965
Recibir hoy en el Vaticano a Vuestras Altezas Reales, es para Nos un deber
gratísimo evocar ante todo el recuerdo de las relaciones –impregnadas siempre
de afectuosa cordialidad– que mantuvieron con la Gran duquesa Carlota nuestros
dos Predecesores de venerable memoria, los Papas Pío XII y Juan XXIII. Y Nos
agrada ver cómo, con el encuentro de hoy, continúa una tradición que se ha
distinguido por una parte por su ejemplar fidelidad a la fe católica y a la
Santa Sede, y por otra por demostraciones y sentimientos de la más paterna
benevolencia.
Pero son los buenos habitantes de Luxemburgo quienes, a través de la familia
gran- ducal, vienen hoy a prestar el homenaje de su adhesión a la Iglesia. Y Nos
resulta particularmente agradable hacerlo notar en momentos en que se preparan a
celebrar con un año jubilar, por invitación de su Obispo, el tercer centenario
de la consagración del Gran Ducado a la Santísima Virgen María, venerada en la
Catedral de Luxemburgo bajo su advocación de "Consoladora de los afligidos".
Aquella a quien vuestros antecesores escogieron por su "bondadosísima
protectora y patrona perpetua", no ha cesado de rodear de maternal solicitud a
sus hijos luxemburgueses, y ellos, a su vez, han hecho siempre gala, durante el
transcurso de los siglos, de ofrecerle el homenaje de su amor, de sus plegarias
y de sus votos.
Nos deseamos de todo corazón que las proyectadas celebraciones traigan a
todos una renovación de fe y de piedad, y ya desde ahora dirigimos Nuestras
felicitaciones y Nuestros mejores deseos a todos cuantos han de trabajar por
obtener su pleno éxito.
Entre tantos y tantos rasgos que atraen a vuestra querida patria la estima y
simpatía generales, Nos queremos mencionar un punto que Nos parece reviste para
ella, en esta época de la historia, una importancia especialísima: Nos referimos
al papel que su situación geográfica y su carácter pacífico la han llevado a
desempeñar en el plan internacional. Acogiendo en su suelo a una de las más
antiguas y notables Comunidades Europeas, la del Carbón y del Acero, el Gran
Ducado de Luxemburgo ha contribuido por su parte a facilitar el cumplimiento de
una tarea difícil, pero que Nos consideramos de gran utilidad para el bien común:
la edificación de Europa.
Mientras Nos ofrecemos hoy a Vuestras Altezas la bienvenida a Nuestra mansión,
Nos sentimos la satisfacción de asegurarles que en ella encontrarán siempre la
mejor acogida y Nos les damos, lo mismo que a Vuestra Familia y a todo el Gran
Ducado, nuestra Bendición Apostólica.
*ORe (Buenos Aires), año XV, n°658, p.1.
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