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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI DURANTE LA VISITA OFICIAL DEL
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ITALIANA*
Sábado 12 de junio
de
1965
Señor Presidente:
Nos estamos hondamente agradecidos a Vuestra Excelencia por la visita con que
hoy ha querido honrarnos. Pero Nos lo estamos especialmente, Nos complace
manifestarlo con leal satisfacción por haber querido reservar a Nos, humilde
pero auténtico Sucesor de aquel Pedro cuya Cátedra irradia sobre el mundo desde
Roma y desde Italia su testimonio de verdad y de amor, por haber querido
reservarnos –repetimos– la atención y el privilegio de la primera visita
oficial que realiza fuera de los confines del Estado Italiano, en esta sede de
Nuestra soberanía temporal que es condición e instrumento de ese mismo
testimonio, aun con su pequeñez territorial. La delicadeza de su intención no
Nos es insensibles sino que, por el contrario, suscita en Nuestro corazón un
sentimiento de sincera benevolencia, ante todo hacia su persona y también hacia
la dignidad que le ha sido conferida en la conducta de la vida nacional.
Nos sentimos una gran satisfacción en poder manifestarle en estos momentos la
alta estima que Nos nutrimos hacia su persona. Siguiendo con interés a V. E. en
sus actividades y en las leales y respetuosas relaciones que lo unían a nuestro
recordado Predecesor Juan XXIII. Non no hemos olvidado tampoco la gentilísima
visita que Nos hizo, ni su distinguida presencia, en calidad de Ministro de
Asuntos Exteriores, cuando, con ocasión de Nuestra peregrinación a Tierra Santa,
S. E. salió a Nuestro encuentro en el territorio italiano, a saludarnos a la
salida y a nuestro regreso. Nos tenemos presentes sus nobles y justas
declaraciones en defensa de Pío XII, de venerable recuerdo. Finalmente, Nos
hemos participado íntimamente en los acontecimientos familiares suyos,
especialmente en las pruebas que, hace muy poco tiempo todavía, lo han herido en
sus sentimientos de afecto más delicados. Todas estas cosas sirven para
manifestarle, con la misma espontaneidad con que brotan de nuestro corazón en
estos momentos, nuestros sentimientos de cordial reconocimiento y devoto aprecio.
Su presencia, Señor Presidente, la cortés intención que le ha traído aquí y
la forma solemne que reviste, Nos hacen considerar también en su persona el
altísimo oficio que lo califica y lo distingue y mueven Nuestro ánimo a abrazar
con una palpitación de reverente afecto a toda la Nación Italiana, a la que V.
E. tan dignamente representa y cuyo saludo y felicitación Nos trae también
Vuestra Excelencia. Nos lo sentimos, el Pueblo Italiano está aquí presente con
V. E. para atestiguarnos su gentil devoción, su generosidad abierta y espontánea
y el reconquistado equilibrio entre su secular fe religiosa y su ardiente amor
patriótico.
La historia atormentada y espléndida de la noble Nación Italiana, dotada por
Dios de incomparables dones de sentimiento y de inteligencia, de virtudes
morales y de piedad cristiana, está ahí para demostrar que esos dos polos no
deben excluirse, sino más bien completarse mutuamente; no deben oponer estériles
antagonismos, sino prestarse una sabia y cordial cooperación, ya que cuando se
han puesto pacíficamente en armonía, tanto en la profunda espiritualidad
personal y en el desarrollo de las actividades exteriores, como en la síntesis
cultural y en la expresión artística, es cuando se han conseguido mayores
frutos.
Los nombres de Dante Alighieri y de Miguel Ángel Buonarroti, cuyos
centenarios han atraído sobre Italia la atención de todo el mundo, son la prueba
más convincente de esta feliz comunión. Tal integración mutua ha encontrado una
manifestación histórica, jurídica e incluso espiritual en los Pactos del Letrán,
en los que las relaciones entre la Santa Sede y el Estado Italiano han hallado
una definición satisfactoria y estable con real contento y reconocida ventaja
por ambas partes. Dichos Pactos demostraron igualmente su positiva estabilidad
durante el último conflicto, robusteciéndose incluso y demostrando que eran un
valioso elemento moral para la tarea posterior de reconstrucción nacional.
Nos abrigamos la esperanza de que esta reconstrucción y fecunda armonía
producirá también en el futuro sus providenciales resultados para beneficio de
toda la población. Así, pues, Nos formulamos el más amplio y cálido augurio para
que Italia sepa progresar unida y concorde por el camino real que la fe de los
antepasados señaló con tan alto prestigio, tanto en las soberbias expresiones
del arte y de la cultura, como en el modesto y ordinario curso de la vida
cotidiana; para que encuentre en el pasado motivos para un renovado impulso
hacia la salvaguardia de los valores familiares, morales y espirituales que la
hicieron noble y digna de universal estima; para que progrese incesantemente en
la búsqueda de un bienestar justo y de una sana prosperidad de sus ciudadanos, a
la luz de los principios sociales, valorizados por el Cristianismo, aquellos
principios que aún en los documentos más recientes de Nuestros Predecesores han
hallado una franca correspondencia de aplausos y de realizaciones tanto en
Italia como en el resto del mundo; y, finalmente, para que Italia, fiel al
nombre católico, encuentre en él no ya motivo de divisiones molestas y nocivas,
sino una fuente de comunes sentimientos, de sano equilibrio, de perennes
conquistas espirituales y de digna representación en el concierto de la
colaboración internacional.
He aquí los votos que Nos formulamos para todo el Pueblo Italiano,
encomendándoselos a Vuestra Excelencia, Señor Presidente, con Nuestra paternal
Bendición para Vuestra Excelencia, para la querida Nación, para sus Autoridades,
para sus libres instituciones y para las obras de su inteligencia y de su
trabajo.
*ORe (Bueos Aires), año XV, n°664, p.8.
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