|
DISCURSO DEL PAPA PABLO VI DURANTE
LA VISITA OFICIAL DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE CHILE*
Martes
6 de julio de 1965
Señor Presidente:
Tenemos la satisfacción de
recibir aquí a Vuestra Excelencia, al Señor Ministro de Asuntos Exteriores de
vuestro Gobierno y a las demás ilustres personalidades que os acompañan en
vuestro viaje por Europa. A todos damos la mas cordial bienvenida.
Al saludo
con que nos habéis querido presentar el homenaje del pueblo chileno
gustosamente correspondemos con la expresión de nuestros sentimientos de
agradecimiento, que brotan de un amor hondo a vuestro País y de aprecio de sus
virtudes, de su firme adhesión a esta Cátedra de Pedro y a la Santa Iglesia.
La vitalidad de tantas instituciones e iniciativas que surgen en vuestro suelo
son una radiosa esperanza para el mañana de Chile y, para Nos motivo de
complacencia y consuelo ver el puesto tan destacado que las obras de elevación espiritual y cultural, caritativas y
sociales
de la Iglesia tienen en este momento de singular importancia para la vida de
vuestro País.
Sería ocioso declarar una vez más el interés afectuoso con que
seguimos el católico pueblo Chileno en su noble fatiga cuotidiana, sus
acontecimientos prósperos o adversos. Mas no podemos menos de aludir al
reciente cataclismo que la fuerte sacudida de la cordillera andina causó
destruyendo riquezas acumuladas pacientemente, segando vidas. Los votos que
entonces formulamos, queremos reiterarlos ahora a fin de que al lugar de la
desolación torne el. bienestar, la certeza de un porvenir esperanzado.
La
voluntad del pueblo, Señor Presidente, os llevó hace casi un año a la suprema
magistratura de la Nación, y depositó su confianza en vuestras dotes de
inteligencia, en la tenacidad y eficacia de vuestras decisiones, en vuestro amor
a las clases humildes. Las promesas que encierra vuestra patria, sus ingentes
posibilidades, sus graves problemas, considerados en el cuadro general y ante
la encrucijada en que se encuentran muchos pueblos hermanos de América, hacen
converger en ella las miradas de tantos.
Nos confiamos que la capacidad de sus
hombres, abiertos a las exigencias del bien común y al respeto de los valores
esenciales de la persona humana, su fina sensibilidad al reclamo de lo social,
la atinada aplicación de los postulados de la justicia con la promoción del
bienestar de los necesitados, la sabia regulación de las trasformaciones
estructurales que el ritmo de los tiempos pidan o aconsejen, unido todo ello a
la colaboración constructiva de todas las fuerzas de la Nación prepararán un
venturoso porvenir a Chile. Son estos nuestros votos, los que os rogamos
trasmitáis al querido pueblo chileno.
El Cristo Redentor de los Andes, cuya
imagen mira desde las cumbres en señal de protección, conserve siempre la paz
y armonía de la Nación; obtenga El los dones que la hagan cada vez más
próspera y feliz, espejo de naciones fuertes y justicieras, modelo de países
cultos y civilizados. De sus manos queremos recoger las más escogidas
bendiciones sobre Vuestra Excelencia, sobre los colaboradores vuestros en las
tareas del gobierno, sobre la nación entera.
*AAS 57 (1965), p.650-651.
Insegnamenti
di Paolo VI, vol. III, p.394-395.
L' Osservatore Romano 7.7.1965, p.1.
|