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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI AL
NUEVO EMBAJADOR DE HONDURAS*
Lunes 22 de noviembre de
1965
Señor Embajador:
Gracias vivísimas por las amables
palabras que Nos habéis dirigido al presentarnos las Cartas Credenciales que
os acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Honduras ante la Santa Sede.
Habéis querido bondadosamente
haceros eco de Nuestros recientes viajes que, bien sabéis, han sido
inspirados en sentimientos de paz y amor para todos los pueblos. ¡Ojalá que
los hombres todos, las naciones, reciban este Nuestro mensaje, que es mensaje
del Evangelio de Jesucristo, Príncipe de la paz! Que esta paz brille
abundante sobre vuestra noble Tierra para que, en la concordia de todos sus
ciudadanos y en la sabia aplicación de los principios cristianos de la
justicia social, camine siempre hacia su mayor prosperidad y grandeza.
No
podemos ocultar en estos momentos el consuelo que Nos produce la visión del
católico pueblo hondureño, laborioso, activo e inteligente: quiera el Señor
que, en la santidad del hogar y el respeto sacro del instituto familiar según
la ley de Cristo, en la difusión de la enseñanza y formación religiosa,
principalmente en la niñez y juventud, su vida se desarrolle con frutos
copiosos especialmente en el campo vocacional.
Señor Embajador: La alegría
que habéis manifestado por vuestra venida a Roma esperamos se verá
aumentada por la coincidencia con este periodo conciliar, tan intenso en la
vida de la Iglesia, tan rico en acontecimientos para la obra que tiene
confiada por su Fundador a lo largo de la historia de la humanidad. Recibid la
expresión de Nuestros cordiales votos por vuestra feliz estancia en la Ciudad
Eterna; tened la seguridad de que de parte de la Santa Sede hallaréis la
mejor colaboración en orden al cumplimiento de vuestra misión. Os rogamos
que trasmitáis al Señor Presidente de la República los deseos que
formulamos por la mayor prosperidad de la querida Nación Hondureña a la que
de corazón bendecimos.
*AAS 57 (1965), p.989-990.
Insegnamenti di Paolo VI, vol. III, p.651-652.
L'Osservatore Romano 24.11.1965, p.1.
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