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DISCURSO
DEL SANTO PADRE PABLO VI CON MOTIVO DEL XX ANIVERSARIO DE LA FAO*
Domingo 28 de noviembre de 1965
Estimados Señores,
miembros de la XIII Sesión de la Conferencia de la
Organización para la Alimentación y la Agricultura:
Os habéis reunido en Roma, estos días, para celebrar el vigésimo aniversario
de la fundación de vuestra Organización. Esta Organización –que el mundo entero,
se puede decir, se ha ya habituado a llamarla con sus siglas iniciales: la FAO–
se presenta a Nos como una de las más benéficas iniciativas del período sucesivo
al fin de la última guerra mundial.
Sin hablar de sus otros méritos, su preocupación por los valores religiosos y
espirituales se ve suficientemente demostrada por vuestra presencia en esta Misa,
en la cual habéis expresado el deseo de participar. Y puede ser que alguno de
entre vosotros, como Nos mismos, haya evocado en esta ocasión el recuerdo de
otra Misa que, a petición de vuestros antecesores, Nos celebramos en las grutas
vaticanas en 1951, poco después de haber fijado vuestra Organización su sede en
Roma.
Nos éramos entonces colaboradores del Papa Pío XII; que tan pródigamente
apoyó a la Institución naciente, como lo haría seguidamente su sucesor Juan
XXIII. Existe por tanto, como veis, entre la Santa Sede y la FAO, una especie de
tradición de estima y de amistad que se ha creado así, a lo largo de los años, y
de la cual Nos sentimos felices de ver hoy un nuevo y elocuente testimonio.
Si la Iglesia aporta el peso de su autoridad moral a una Organización como la
vuestra, cuyos objetivos son en apariencia de orden puramente temporal y parecen,
por el mismo hecho, ajenos a su competencia, es porque ella tiene plena
conciencia de que el destino de la humanidad entera está aquí en juego. Nada es
ajeno a la Iglesia de lo que se relaciona con el destino de los hombres.
En veinte años habéis realizado mucho en el orden técnico y material. Nos os
felicitamos de corazón y los pueblos beneficiados por vuestras intervenciones os
están agradecidos. ¿Podría haberse hecho más y mejor? Es posible. Por nobles que
sean sus finalidades, ninguna institución es perfecta en este mundo. Habéis
hecho, en todo caso, en el orden psicológico y moral algo de gran importancia:
habéis contribuido a despertar la conciencia del mundo ante uno de los problemas
más graves de nuestra época, el que constituye quizá también la mayor amenaza a
la paz del mundo: el problema del hambre.
Nos lo ha recordado con autoridad en vuestras sesiones estos últimos días:
más de mitad de la población del mundo no tiene suficientemente comida; pueblos
enteros están todavía subalimentados por el juego de los mecanismos económicos
del mundo moderno, al parecer la separación, entre pueblos ricos y pueblos
pobres aumenta en lugar de disminuir.
Vuestra misión primordial: librar al hombre del hambre, aparece desde
entonces condicionada por un problema más vasto todavía y del cual vosotros
tenéis plena conciencia: el del desarrollo. Vuestra tarea se vuelve educativa;
se trata de establecer en los países menos favorecidos la forma de crear las
condiciones económicas y técnicas que les permitan asegurar por sí mismos la
alimentación de sus poblaciones. Solamente así se puede esperar encontrar una
solución definitiva al problema del hambre y de la miseria del mundo.
La inmensidad de esta tarea exige, para quienes se consagran a ella, un acto
de fe. Esta supone que no se admita de ninguna manera, un determinismo fatalista
en la evolución económica del mundo y que se crea en el éxito posible de una
acción fuerte y coordinada para dominar y dirigir esta evolución.
Vosotros tenéis esta fe, estimados Señores. Vosotros tenéis confianza en el
hombre, en la sociedad, en las posibilidades de producción, de distribución y de
utilización racional de los inmensos recursos que el Creador ha puesto a
disposición del género humano. Veinte años de intensa actividad, marcados por
toda suerte de felices iniciativas y particularmente por una resonante Campaña
mundial contra el hambre, demuestran que creéis en la eficacia de la acción
emprendida y que tenéis la voluntad de llevarla a buen término. Vosotros poseéis
también los medios para ello y sois los únicos que los poseéis en tan vasta
escala. Y por esto, siguiendo a Nuestros predecesores, Nos os alentamos con
todas Nuestras fuerzas a proseguir y a intensificar vuestros esfuerzos, dando
con gusto a estos esfuerzos el apoyo moral que pedís a la iglesia católica. Nos
sabemos por otra parte, que la Jerarquía y los fieles consideran a la FAO como
el organismo necesario y eficaz en este dominio y que continuarán colaborando,
como lo han hecho con la Campaña mundial contra el hambre, en vuestras
actividades en el mundo entero.
Nos confiamos que gracias a este apopo y al que os darán cada vez más todos
los hombres de buena voluntad, la FAO conocerá, después de su celebración del
vigésimo aniversario, un nuevo impulso que la acercará al objetivo tan deseado
que Nos propusimos, el mes de octubre pasado, ante la imponente Asamblea de las
Naciones Unidas: «Que el pan sea suficientemente abundante en la mesa de la
humanidad».
Con este deseo y esperanza en el corazón y en prenda de Nuestra benevolencia,
Nos invocamos sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros trabajos y
sobre toda la Organización de las Naciones Unidas para Alimentación y la
Agricultura, las más abundantes bendiciones del Cielo.
*ORe (Buenos Aires), año XV, n°665, p.4.
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