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DISCURSO
DEL PAPA PABLO VI A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA PARLAMENTARIA DE LA ASOCIACIÓN
DE LA COMUNIDAD ECONÓMICA EUROPEA Y DE LOS ESTADOS AFRICANOS Y MALGACHE
(CEE-SAMA)*
Jueves 9 de diciembre de 1965
Estimados señores:
Somos felices de recibir en Nuestra morada a los miembros de la Conferencia
Parlamentaria de la Asociación de la Comunidad Económica Europea y de los
Estados Africanos y Malgache, asociados a esta Comunidad. A cada uno de vosotros
va Nuestro saludo de bienvenida; a cada uno abrimos las puertas de Nuestra casa.
Quisiéramos decir lo que el visitante de la ciudad de Siena puede leer sobre el
arco de una de sus puertas: «Cor magis tibi Sena pandit». Más que Nuestra puerta,
es Nuestro corazón el que deseamos abriros.
Es un solo y único saludo que dirigimos a tactos, a los unos y a los otros,
que formáis ese nuevo Parlamento, esa original Asamblea, en el seno de la cual
resuena la voz de países y continentes diferentes.
¡Europa y África! Dos continentes, uno como el otro ricos de historia y
cultura, uno como el otro agobiados de graves problemas. La solución de éstos
será facilitada por la búsqueda continua de una armonía fraterna y por una
activa cooperación que respete la libertad y la dignidad de todos. No obstante
el pasado, es el porvenir el que hay que construir con firmeza. También conviene
estudiar con atención lo que hay que hacer, hoy y mañana, por el bien de los
pueblos de Europa y África. ¿Por qué medir el dar y el tener cuando lo
importante es unir los lazos, no solamente de vecindad, sino de fecunda
cooperación?
Los esfuerzos realizados y el éxito obtenido en la obra de colaboración entre
la Comunidad Económica Europea y los Estados asociados de África y Madagascar,
confirman la oportunidad y la exactitud de la gran iniciativa que vosotros
habéis emprendido. La Iglesia, como vosotros bien sabéis, ha siempre fomentado
todo lo que puede contribuir al refuerzo de la paz y a la cooperación entre los
pueblos. Cuando naciones europeas, especialmente aquellas cuyas relaciones
fueron anteriormente señaladas por luchas y guerras fratricidas, comprendieron
que era necesario, a toda costa, poner fin a la violencia y al odio y promover
el progreso y el bien común, por el acuerdo y la armonía recíproca, la Iglesia
aprobó esta nueva orientación con regocijo. El porvenir de Europa y África se
había inscrito en el desarrollo de lo que ya había sido emprendido.
Las dificultades no faltan, ciertamente, pero lejos de provocar desaliento,
suscitan un renovado coraje para vencerlas. Es necesario por lo tanto, avanzar
con valentía hacia el futuro y tenemos el placer de repetiros las palabras que
dijimos a los representantes de las Naciones Unidas en nuestro viaje a Nueva
York: «El edificio que habéis construido no deberá jamás caer en ruinas; deberá
ser perfeccionado y adaptado a las exigencias que la historia del mundo
presentará».
Esas exigencias son la unión, sin tregua, entre naciones y continentes.
Vosotros lo habéis comprendido bien: es la razón de vuestra común presencia esta
mañana. Permitidnos deciros: somos sensibles a vuestra iniciativa; muchos lazos
han sido establecidos entre vuestros pueblos, vínculos a los cuales la Iglesia
Católica, como sabéis, no es ajena. Entre vosotros y nosotros hay reciprocidad
de dones y marcha hacia la paz. La Iglesia aprueba todo lo que contribuye al
progreso civil y social y también Ella trabaja, a su manera, en este campo. Su
mensaje de amor y de paz, lo decíamos hace dos días a los representantes de más
de ochenta naciones que asistían a la clausura del Concilio Ecuménico, es al
servicio del verdadero bien de los hombres. Estimula todo lo que acerca los
corazones y une las voluntades para construir un mundo pacífico donde cada
pueblo puede encontrar el lugar que le corresponde en el conjunto de las
naciones.
En la vía del desarrollo progresivo y orgánico que vosotros habéis escogido,
cada uno debe dar y recibir en una solidaridad siempre creciente. Puedan
vuestros generosos esfuerzos, Señores, despertar una fecunda colaboración entre
todos los hombres de corazón y encontrar el éxito que merecen. Es Nuestro deseo
más ardiente. Presentándoos Nuestro especial saludo, apelamos sobre todos
aquellos que trabajan por el desarrollo africano y la unión europea, por la
colaboración desinteresada y recíproca entre África y Europa y por la paz del
mundo, la abundancia de la ayuda divina, en nombre de la cual os damos Nuestra
especial Bendición Apostólica.
*ORe (Buenos Aires), año XVI, n°692 p.4.
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