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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LOS MIEMBROS DE LA SEGUNDA SESIÓN
DEL CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN DEL «PROGRAMA DE LAS NACIONES UNIDAS
PARA EL DESARROLLO»*

Sábado 25 de junio de 1966

 

Quisiéramos expresar, en primer término, Señores, Nuestro agradecimiento a vuestro ilustre intérprete por las palabras –tan amables para Nos– que acaba de pronunciar; ha querido recordar Nuestro interés por las actividades de las Naciones Unidas: nos sentimos felices porque hoy tenemos la ocasión de brindar una nueva prueba de ello, al acoger aquí, al finalizar sus tareas, a los miembros de la Segunda Sesión del Consejo de Administración del «Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo».

A través de la prensa, hemos seguido el desarrollo de estos trabajos. Al abrir las sesiones en el Palacio de las Naciones, de Milán, en su carácter de Presidente de la vigésima Sesión de las Naciones Unidas, Su Excelencia el señor Amintore Fanfani tuvo la amabilidad de establecer una relación entre vuestras iniciativas y el llamamiento que Nos dirigiéramos desde Bombay, en diciembre de 1964, a todas las naciones. Nos invitamos entonces a los gobiernos a que reservaran una parte de las sumas previstas para los armamentos a acrecentar los fondos destinados al desarrollo de las zonas menos favorecidas.

Nos es dable pensar, entonces, que Nuestra humilde voz –que reforzaba, es cierto, el silencioso lamento de tantas poblaciones agobiadas por el hambre y por la falta de cultura– no ha resonado en vano; ha encontrado un eco en vosotros, un eco particularmente autorizado y lleno de promesas. Como comprenderéis, esto constituye para Nos un motivo de íntima y profunda satisfacción.

Esta satisfacción se acrecienta más aún cuando Nos constatamos que la «ayuda» a las naciones en vías de desarrollo se ha convertido en un «Programa» ¡y en un Programa de las Naciones Unidas! Pocos gestos nos parecen tan merecedores de elogios y de estímulos, como este gran gesto de fraternidad mundial. Tenemos aquí un ejemplo típico de superación de las visiones políticas estrechas; a Nos place ver en esto el signo de una civilización que desea ser verdaderamente humana y universal. Nos aplaudimos este acto de coraje intelectual y práctico, que enfrenta sin temor numerosos y evidentes obstáculos, tanto en la organización y en la realización del programa, cuanto – también con frecuencia – entre aquellos mismos que recibirán sus beneficios.

Nos preguntaréis sin duda, Señores, cuál es Nuestro punto de vista sobre estas realizaciones. Vuestra pregunta es perfectamente legítima. Es evidente para todos que una sociedad de carácter religioso, como la Iglesia Católica, no está basada en planes económicos y no persigue ningún interés propio. Su punto de vista no puede ser, entonces, el de una sociedad con finalidades temporales. Sin embargo, ella observa y favorece, en la medida que sus medios se lo permiten, el progreso y el bienestar de la humanidad. Y cuando Nos consideramos desde el punto de vista de la Iglesia esfuerzos como los vuestros, nos sentimos llevados a hacer una doble reflexión.

La primera concierne a Nuestros deberes. ¿Qué debemos hacer para favorecer un esfuerzo colectivo como el vuestro, tan digno de apoyo y de colaboración? La respuesta a esta primera pregunta hace nacer en Nos el deseo y el gusto de la generosidad. Pero, desgraciadamente, esta respuesta no nos ofrece para ello más que medios muy modestos y que no están en proporción con la amplitud de las necesidades.

La segunda reflexión nos invita, por el contrario, a considerar la obra en vías de ejecución, a descubrir los principios que la inspiran y las finalidades hacia las cuales tiende. Y cuando Nos la consideramos desde este punto de vista, vemos que Nuestra pobreza económica cede el lugar a la riqueza espiritual de la cual, sin ningún mérito de Nuestra parte, Nos somos el depositario y el distribuidor. En efecto, cuando se trata de los principios y de las finalidades de la actividad humana –incluso de la que nos es ajena, por ser profana y temporal– Nos tenemos siempre algo importante que decir.

Por otra parte, Señores, ¿no sois acaso vosotros mismos los primeros en daros cuenta de que cuando habláis de «programa» ya no sois más solamente los hombres de la política y de la economía – es decir, los hombres de los "medios" que hay que estudiar y administrar –, sino los hombres del pensamiento, de la ideología, de la filosofía y, sentiríamos casi la tentación de decir, los hombres de la religión? ¿No sois, acaso, a vuestro modo, maestros que establecen los principios y las finalidades que rigen los programas prácticos? En efecto, solamente esta visión de los principios y de las finalidades es lo que da cuenta del verdadero sentido y del valor completo de vuestras actividades. Solamente ella responde a las preguntas que es legítimo plantear: ¿cuál es el por qué de estos programas? ¿Para qué tantos desvelos? ¿Dónde encontrar el impulso y la fuerza para tener esperanzas, que no sólo justifiquen e idealicen la ardua e inmensa obra, sino que la hagan posible, moral y prácticamente?

Y es en este punto en el que Nos estamos en condiciones de añadir a vuestro "programa" una contribución que no creemos inútil: la de las potentes energías espirituales que tomamos del Evangelio y que nos hacen tener por el hombre, por todo hombre, un inmenso respeto y un inmenso interés, que hacen que reconozcamos en él a un hermano, que nos hacen tomar a pecho todos los grandes problemas que debe afrontar y, si es desdichado y sufre, nos hacen descubrir en él un derecho más especial aún a nuestro amor y a nuestra ayuda.

Allí radica todo el significado del gran documento del reciente Concilio Ecuménico sobre "la Iglesia y el mundo contemporáneo", en el cual está expuesta, con una luz muy viva, la ayuda que la Iglesia quiere ofrecer a la sociedad humana de hoy.

Si este texto –como Nos lo esperamos– ha llamado vuestra atención, os habréis percatado que las cuestiones del desarrollo tienen allí su lugar. Habréis notado que la gran cuestión de la paz entre los hombres está también estudiada en él, con cierta amplitud. Y si Nos no temiéramos abusar de vuestra paciencia, os confiaríamos algunos pensamientos sobre este bien –supremo en cierto sentido– de la humanidad. Pues, en definitiva, vuestras actividades rinden testimonio a la paz. Ellas construyen la paz. Ellas son la paz en acto. Así lo decimos en Nuestra reciente carta a Su Excelencia el señor Thant, Secretario General de las Naciones Unidas : hoy en día, "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz".

Ahora bien: esta hermosa palabra, la paz, ha tenido siempre, y tiene hoy más que nunca, una pluralidad de significados. La paz se ha convertido, es necesario decirlo, en el lema de una propaganda que no siempre, es sincera, ni leal; en ciertas situaciones políticas y sociales, es el resultado de la privación de la libertad, se ha vuelto sinónimo de un orden impuesto y opresor. La paz es también un título para definir el equilibrio o la tregua entre fuerzas opuestas, contenidas por frágiles convenios o por la acumulación, de una y otra parte, de armamentos cada vez más temibles. Y la paz es, finalmente y sobre todo, Gracias a Dios, vuestra asociación de pueblos, resueltos a promover entre sí relaciones ordenadas y provechosas para todos, sin recurrir a medidas de fuerza y sin hacer correr sangre. Es a esta paz a la que Nos rendimos homenaje, es ésta la paz que Nuestros votos invocan.

Ahora bien, si se quiere que esta paz sea firme y que dé pruebas de su fuerza de expansión, es absolutamente necesario encontrar un remedio a las grandes deficiencias que todavía aquejan a una parte tan vasta de la humanidad; es menester reabsorber los desequilibrios demasiado evidentes en el goce de los bienes de la civilización; es menester poner un freno a los sistemas económicos que están en vigor quizá desde siempre, en virtud de los cuales los pueblos pobres permanecen siempre pobres y los ricos se vuelven cada vez más ricos.

Vuestro "Programa" se ocupa de la aplicación de este remedio y por eso Nos, sin ser competentes para emitir un juicio sobre su realización práctica, reconocemos vuestro trabajo como bueno, como útil para la civilización y para la paz, y como digno de suscitar una solidaridad universal. Nos lo aplaudimos y lo alentamos de todo corazón.

Estas son, Señores, las pocas palabras que deseábamos dirigidos. Nos es grato pensar que las acogeréis como las palabras de un amigo, de un consejero, de un "experto en humanidad", como lo dijimos en Nuestro discurso en las Naciones Unidas. Sobre todo, Nos quisiéramos que reconocieseis en Nuestra voz el eco de la de Cristo, el gran abogado de los pobres y de los desheredados, Aquel que Nos representamos, aunque no somos dignos de hacerlo, y cuyo mensaje Nos interpretamos: este Cristo que nos juzgará en base a los vínculos de amor que nos hayan ligado con nuestros hermanos; este Cristo que ha prometido recompensas no pequeñas ni vanas a aquellos que hayan dado pruebas de inteligencia y de corazón frente al hombre que sufre.

Que sus bendiciones, de las cuales la Nuestra es una prenda, desciendan sobre vosotros, Señores, sobre vuestras familias y sobre vuestras patrias, y que ellas fecunden vuestras actividades, tan generosamente consagradas al bien de la humanidad.


*ORe (Buenos Aires), año XVI, n°713, p.1.

 

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