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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
ANTE LA SANTA SEDE*

Viernes 23 de septiembre de 1966

 

Señor Embajador:

Las nobles y devotas expresiones con que ha querido acompañar la presentación de las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Dominicana ante la Santa Sede, son un reflejo de la bien conocida adhesión de Vuestra Excelencia a la Cátedra de San Pedro y se encuentran en armónica consonancia con el espíritu de vuestra amada Nación que se gloría de ser la primogénita del cristianismo en el Nuevo Mundo.

Al agradeceros, Señor Embajador, estos sentimientos, le damos Nuestra más cordial bienvenida, le decimos que constituye para Nos motivo de satisfacción ver que a su digna persona a la que hace años tuvimos el placer de conocer se le ha confiado, por tercera vez, el alto encargo de representar a su País cerca de la Santa Sede.

La experiencia que Vuestra Excelencia posee de la misión que ahora reanuda, su preparación jurídica y larga vida diplomática, su acendrado catolicismo y amor hacia cuanto significa bien verdadero para su Patria, ofrecen garantías de éxito en el desempeño de sus funciones y contribuirán, sin duda, a estrechar las relaciones existentes entre el Gobierno de la República Dominicana y esta Santa Sede. Por ello formulamos ardientes votos.

Ha querido aludir Vuestra Excelencia a los recientes sucesos que tuvieron lugar en su País y a la constante preocupación con que, en aquellos delicados momentos, acompañamos al Pueblo Dominicano dirigiendo Nuestras exhortaciones y elevando Nuestras plegarias por la concordia de sus ciudadanos fundamentada en la justicia, en la verdad, en el respeto de los legítimos derechos. De esta forma dimos satisfacción a un impulso de Nuestro corazón, tan cerca siempre de esa hidalga Nación, y a un deber de Nuestro ministerio de Padre y de Pastor Universal.

A este respecto, puede tenerse la seguridad de que la Iglesia, la cual se esforzó a lo largo de los siglos, con sus enseñanzas y realizaciones, por la elevación moral de los pueblos, sigue interesándose con solicitud y amor de madre para contribuir eficazmente a la sana formación individual, familiar y social, de la que dependen con influjo determinante la probidad de las conciencias, el progreso auténtico y ordenado de las instituciones, el bienestar estable de los hombres.

Pedimos a Dios que los principios cristianos, que la gloriosa República Dominicana ha incorporado a su historia, guíen las actividades de cuantos tienen la delicada responsabilidad y la fundada esperanza de hacer una Patria cada vez más próspera y segura en el sector del trabajo, más sagrada en sus costumbres, más unida en la convivencia fraternal de sus hijos. Estos son Nuestros deseos que sabemos corresponden a vuestro sentir de fiel católico y de preclaro Dominicano.

Al confirmarle, Señor Embajador, Nuestra benevolencia para el cumplimiento de su misión, invocamos sobre Vuestra Excelencia, sobre el Excelentísimo Señor Presidente de la República cuyo saludo agradecemos profundamente, sobre el Gobierno y dilectísimo pueblo Dominicanos, escogidas y abundantes bendiciones divinas.                  


*AAS 58 (1966), p.881-883.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. IV, p.419-420.

L’Attività della Santa Sede 1966, p.603-604.

L'Osservatore Romano 24.9.1966, p.1.

 

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