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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
ANTE LA SANTA SEDE*

Sábado 1 de octubre de 1966

 

Señor Embajador:

Agradecemos vivamente las hermosas palabras que Vuestra Excelencia Nos ha dirigido al hacernos entrega de las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Argentina ante la Santa Sede.

Vemos en ellas ante todo la vibración de los sentimientos católicos que en alto grado distinguen a Vuestra Excelencia y que sintonizan indudablemente con el alma del noble pueblo argentino, el cual ha tejido su historia en íntima trabazón con el cristianismo. Son ellas además las que en el cuadro de este acto hacen converger Nuestra mirada y Nuestro pensamiento en la grande Nación que representáis. Y no es posible pensar en ella sin que vengan apretadas a la mente las grandes figuras que presiden los jalones de su historia, las bellezas incomparables de sus extensas sabanas y caudalosos ríos, la promesa en fin de tanta riqueza como las entrañas de su suelo atesoran.

En Nuestra calidad de Vicario de Aquél que vino a traer al mundo misericordia y amor, Nos inclinamos con comprensión y afecto ante esa noble Tierra deseando infundir en sus hijos confianza y espíritu de creciente colaboración, y la solidaridad entre todas las fuerzas que el presente momento reclama aun cuando ella imponga renuncias personales en aras de un porvenir mejor y más seguro.

La Iglesia, colocada por su Divino Fundador en el campo religioso, no es ajena por eso a la promoción de los valores humanos y al desarrollo de los intereses materiales en favor de un mayor bienestar económico y social sobre todo de los más humildes. Siendo los valores espirituales y morales el cimiento más sólido para la edificación de la ciudad terrena y para el saludable desenvolvimiento de la vida pública, el cristiano consciente da su aporte a la Comunidad mediante el cumplimiento ejemplar de sus deberes cívicos sin que por esto la Iglesia asuma responsabilidades que no le tocan por quedar fuera de su esfera sobrenatural.

Os rogamos, Señor Embajador, que trasmitáis a todo el País el testimonio de Nuestro más vivo afecto, de Nuestro constante recuerdo: por su pacífica convivencia, por su mayor prosperidad se elevan ahora Nuestros votos y suben a diario al Cielo Nuestras plegarias.

Al daros Nuestra cordial bienvenida, no queremos ocultar la esperanza que tenemos de que mediante la acertada labor de Vuestra Excelencia, cuyas dotes y capacidad son bien conocidas, las felices relaciones ya existentes entre la Santa Sede y la República Argentina se verán cada día más reforzadas y consolidadas. Finalmente os agradeceremos presentéis al Excelentísimo Señor Presidente de la República, junto con un deferente saludo, la Bendición Apostólica que a él, lo mismo que a su Gobierno y a todo el dilectísimo pueblo argentino, en este aniversario de su independencia patria, con ánimo conmovido les otorgamos.


*AAS 58 (1966), p.896-897.

Insegnamenti di Paolo VI, vol.IV, p.439-440.

L'Osservatore Romano 2.10.1966, p.1.

L’Attività della Santa Sede 1966, p.623-624.

             

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