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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE PABLO VI CON MOTIVO DE LA PROCLAMACIÓN DE
NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ PATRONA DEL ESTADO DE EL SALVADOR
Lunes 21 de noviembre
de 1966
Amadísimos Hijos:
Reunido en torno al altar de María, el queridísimo pueblo de
El Salvador se siente penetrado del más vivo amor a Nuestra Señora de la Paz que
acabamos de declarar Patrona de toda la Nación.
Las páginas de su historia están llenas de testimonios de la
protección y ayuda de la Virgen Santísima: deja sentir su presencia ante
vuestros antepasados apagando el odio y la división fratricida; al invocarla, el
altivo volcán San Miguel suspende su amenaza destructora sobre la ciudad
amedrentada; ¡cuántas angustias, cuántas lágrimas, cuántas confidencias ha
recogido la dulcísima Reina del Cielo venerada desde tiempo inmemorial en la
Catedral, hoy Basílica de San Miguel!
Podéis estar contentos y ufanaros de la riqueza, de la
belleza, de la plenitud que vuestro País reserva desde los albores de su
existencia a la Madre del Señor en sus monumentos, en la liturgia, en la piedad
de los corazones. Felices vosotros, sí, amadísimos Hijos, que habéis sido
formados y educados en esta veneración a Ella, y que experimentáis cómo este
culto, siendo íntimo y personal, humano y verdaderamente piadoso no os separa de
la única fuente de verdad, de justicia y de gracia que es Cristo Jesús, sino que
más bien a El os conduce, con El os une, en El como único Señor, Maestro y
Redentor, os aglutina y os funde. La perseverancia en la fe, que, superando
dificultades y obstáculos, distingue vuestra profesión católica, ¿no es acaso un
don de María que vuestra historia atestigua y confirma?
La fiesta de hoy constituye un nuevo jalón en la vida
religiosa de El Salvador. Si por parte de María, este homenaje significa un
nuevo título para manifestaros su cariño y protección, el venerarla como Patrona
de todo el País, encierra por vuestra parte un compromiso que debéis meditar.
Nos esperamos que este acrecentamiento del culto mariano se verá favorecido y
conservará su más pura fragancia, a medida que profundicéis vosotros mayormente
en la comprensión de los misterios de María y deis siempre a vuestra piedad para
con Ella, tan espontánea y popular en sus manifestaciones, aquella dirección
cristocéntrica y eclesiológica que el Concilio Vaticano Segundo ha indicado y
propuesto a la doctrina y devoción marianas.
¡Amadísimos Hijos de El Salvador!
La advocación de Nuestra Señora de la Paz, con que honráis a
vuestra Patrona, lleva Nuestro pensamiento y como fuerza Nuestra palabra en una
dirección bien determinada que hace trepidar el alma: la paz, palabra tan
repetida, realidad ausente en tantas almas, bien no gozado actualmente por
algunos pueblos, don el mas precioso para el bienestar de la humanidad. No hemos
dejado de pasar ocasión alguna - y así lo seguiremos haciendo al menos mientras
hablen las armas - para exhortar a ella, para defenderla, para orar y pedir
oraciones y sacrificios en su favor.
Bien sabemos que en este día habéis puesto en las manos de la
Virgen, junto a las alegrías y muestras de gratitud, todas las necesidades y
deseos, de orden personal, familiar y público. Nos os pedimos - seguramente
vuestro corazón os lo ha sugerido ya - que en lugar muy principal pongáis la
intención de la paz universal. María dándonos a Cristo «Pax nostra» (Eph.
2, 14), nos obtenga esta gracia; Ella asista a los responsables inspirándoles el
deseo eficaz, la decisión certera en orden a la concordia de las naciones.
Descienda ahora porta dora de estos y de todos los favores celestes, que para
vosotros invocamos, mensajera de Nuestro especial afecto sobre la República de
El Salvador, sobre su celoso Episcopado y Altas Autoridades, sobre el Clero,
Religiosos v fieles, Nuestra particular Bendición Apostólica.
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