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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL EPISCOPADO Y AL CLERO DE ESPAÑA

Lunes 1 de junio de 1970

 

Hermanos en el Episcopado,
Queridos sacerdotes:

Con gran alegría recibimos hoy vuestra visita, encuadrada en los actos conmemorativos de la Canonización de San Juan de Ávila, Patrono del Clero secular español. Bienvenidos seáis, sacerdotes de nuestra querida España, émulos del nuevo Santo y empeñados en encarnar su figura ejemplar en vuestras vidas sacerdotales. Pensamos que vuestra presencia rinda especialmente propicio este encuentro para una meditación de vuestra entrega a Cristo y a la Iglesia, partiendo de una realización tan congenial a vosotros como la de este Santo español, Maestro de vida sacerdotal.

Amadísimos hijos: permitidnos reflexionar ahora, siquiera por breves instantes, con vosotros. Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia y con ella la Jerarquía, los sacerdotes y el pueblo fiel está en trance de ejercicio espiritual. Nos invita a definir, a comprender mejor nuestro sacerdocio. Este acto de reflexión sobre nuestra vida sacerdotal, sugerido por el Santo que hemos canonizado, y por el reciente Concilio, se refiere a dos aspectos de esta nuestra misión.

El primero es el de la naturaleza del sacerdocio ministerial. Todos vosotros sabéis cuántas cuestiones han sido planteadas en estos últimos años sobre el concepto de nuestro sacerdocio, hasta el punto de que es frecuente oír decir que hoy el sacerdocio sufre una crisis en la conciencia misma de quienes lo han escogido como estado de vida y al que han tenido la suerte de haber sido admitidos sacramentalmente. Es este uno de los puntos que turban hoy notablemente la vida de la Iglesia y que procuran a Nos - os lo confiamos fraternalmente - mayor preocupación y mayor dolor. Vosotros lo sabéis: hay algunos que abandonan las santas filas del sacerdocio, por decaimiento moral, por cansancio espiritual, por temor de haberse equivocado en la elección del sagrado ministerio. Por añadidura algunos profetas de la duda y de la crítica negativa contestan la existencia misma del sacerdocio ministerial, su existencia y su razón de ser, y no dudan en atacarlo con radicales contestaciones. Y ciertamente no os son desconocidas las tendencias que propenden a asimilar el estado clerical al estado seglar, y que quisieran «desclericalizar» el sacerdocio, sumergiendo a los que se preparan, o a los que ya lo han recibido, en la vida profana, en las experiencias mundanas, y en las profesiones laicas. Sabemos que, a veces el motivo de estas inquietudes tiene su origen incluso en legítimas y nobles aspiraciones del clero y particulares necesidades de revisión de ciertas incómodas condiciones de la vida eclesiástica; aspiraciones y necesidades, a las cuales los Pastores de la Iglesia tratan sabia y solícitamente de dedicar su atención y poner remedio. Pero la cuestión fundamental es la que se refiere a la conciencia que el sacerdote debe tener de sí mismo, según la mente de la Santa Iglesia. Nos quisiéramos que tal cuestión fuese superada mediante la palabra, el ejemplo y la intercesión de San Juan de Ávila.

Superada en primer lugar entre el Clero Español, que puede dar gracias al Señor por la magnífica riqueza de fe, de fidelidad, de virtud, de ejemplaridad, que distingue no sólo su tradición secular, sino en general su misma actitud moderna, con grandísimo consuelo de la Iglesia, para honor de la generosa Nación Española, y también para beneficio espiritual del mundo profano. Escuchemos entre otras unas palabras del nuevo Santo. El escribe:

«No sé otra cosa más eficaz con que a vuestras mercedes persuada lo que les conviene hacer que con traerles a la memoria la alteza del beneficio que Dios nos ha hecho en llamarnos para la alteza del oficio sacerdotal; pues que, habiendo tantos a quien lo pudiera encomendar, elegit nos ob omni vivente» (Eccli. 45, 4; Pláticas a Sacerdotes, Obras Completas del Beato Juan de Ávila, T. 2, BAC, pág.. 1284).

¿Será acaso necesario recordaros que San Juan de Ávila acompaña este repetido llamamiento a una auténtica conciencia sacerdotal haciéndose maestro de vida interior, y especialmente sosteniendo la necesidad de la oración, de la mental en particular, sin la cual el sacerdote sufriría pobreza espiritual y el predicador carecería de palabra convincente? (Epistolario: Carta a un Predicador. Ibíd.., T. I, Pág.. 283)

El segundo aspecto se refiere a la eficacia de la misión sacerdotal. No se nos oculta la dificultad que encuentra el sacerdote cuando trata de buscar el modo de transmitir el mensaje de salvación al hombre moderno. Siente el agobio de una sociedad que reclama como propios los principios cristianos: la justicia, el respeto a la persona humana, el deseo de paz y de unidad; pero quizá profundamente desviada del sentido de Dios, del sentido de Cristo.

Para que el Concilio logre su objetivo es necesario tomar conciencia exacta del mundo concreto en que se desarrolla nuestra experiencia sacerdotal particular. Ello requiere una atención constante a los fallos, a las miserias y sobre todo a las esperanzas que brotan en nuestro derredor, y una prontitud de ánimo para salir al encuentro. He ahí cómo, mediante vuestro servicio, la Iglesia puede entablar un diálogo vivo con el mundo.

Ello exige también vuestra entrega total, sin reminiscencias profanas, de modo que el anuncio del mensaje evangélico pueda ser contemplado, comprendido e imitado por los hermanos a través de vuestro testimonio personal.

La figura de San Juan de Ávila surge ahora casi podríamos decir con una finalidad profética, para marcaros una pauta. El supo captar los problemas de vuestra Patria, que en aquel entonces abría su seno al Mundo Nuevo recientemente descubierto; supo asimilar con espíritu de Iglesia las nuevas corrientes humanistas; supo reaccionar con visión certera ante los problemas del sacerdote, sintiendo la necesidad de purificarse, de reformarse para reemprender con nuevas energías el camino.

Las características de su sacerdocio no es difícil descubrirlas tanto en sus escritos como en su vida. El sacerdote es el ministro de la palabra y de los sacramentos. Esta responsabilidad le exige una santidad de vida nada común, un celo apostólico sin límites, una fidelidad sin engaños a la Iglesia. Os exhortamos a seguir su ejemplo y a llevar sus enseñanzas a vuestras vidas y a vuestro estilo sacerdotal. Permaneced unidos a vuestros Pastores para que seáis fieles a la Iglesia. Es un esfuerzo común el que os exige el mundo, condición indispensable para que llegue puro y sin mancha el mensaje salvador.

Confiamos, queridos sacerdotes españoles, que estas breves reflexiones lleven a vuestro corazón un anhelo constante de perfección religiosa y sacerdotal. Albergamos la esperanza de que crecerá cada vez más en vosotros el entusiasmo por el sacerdocio y la preocupación por hacerlo vida cada día. Que San Juan de Ávila os ilumine y os ayude en estos propósitos. Con estos deseos, recibid, Hermanos en el Episcopado y vosotros, queridos sacerdotes, una especial Bendición Apostólica que muy gustosamente extendemos a todos los sacerdotes españoles.

 

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