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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
ANTE LA SANTA SEDE*
Sábado 26 de septiembre de 1970
Señor Embajador,
Agradecemos vivamente a Vuestra Excelencia las deferentes y devotas
expresiones que Nos ha dirigido al presentar las Cartas, que le acreditan como
Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Argentina ante la
Santa Sede. Al darle nuestra cordial bienvenida, Nos complacemos en saludar en
su digna persona a todos nuestros amadísimos hijos de su noble País, del que nos
sentimos tan cerca con nuestro paternal afecto y nuestras plegarias.
Nos resulta particularmente grato el aprecio que nos ha manifestado por el
trabajo de la Santa Sede ante los grandes problemas del mundo actual, siempre al
servicio de los más altos valores espirituales y morales, de la paz y del
progreso.
Esos problemas van asumiendo una amplitud y una complejidad, que exigen hoy a la
Iglesia una especial atención para saber captar toda la gama de aspiraciones de
sus hijos, y poder ofrecer, de la manera más adecuada, a ellos y a todos los
hombres de buena voluntad la luz del Mensaje Divino. Concretamente las
aspiraciones de los Pueblos en vía de desarrollo nos llegan cada día más
apremiantes, y Nos mismo, durante Nuestros diversos viajes, hemos querido
escucharlas directamente de labios de los interesados, especialmente de los más
humildes.
En este diálogo entrañable ocupa un lugar destacado el inolvidable encuentro
mantenido con nuestros amadísimos hijos del Continente Latinoamericano, que nos
hicieron cobrar una especial fortaleza para seguir haciéndonos intérprete de los
anhelos de la Humanidad, confiando en que la fraterna colaboración y la mutua
comprensión puedan hacer realidad el amor, la justicia y el progreso de los
individuos y de las Naciones.
La Iglesia, por otra parte, Señor Embajador, no puede menos de ser optimista y
portadora de esperanza. Aunque ciertos hechos y situaciones son causa de
preocupación, nosotros queremos ver en los fenómenos del mundo actual muchos
signos positivos. Escrutando el corazón de los hombres, encontramos sobre todo
huellas de unas ansias nobles e incolmables, que no podemos menos de considerar
como una auténtica, aunque a veces no consciente, hambre de Dios. En los deseos
de superación y en los anhelos de un mundo nuevo hallamos esa luz misteriosa,
prendida por el Creador en la naturaleza humana, que con el anuncio del
Evangelio alcanza una total claridad salvadora y una más plena posibilidad de
expansión. Esperamos, eso sí, que esas señales de esperanza se vayan concretando
cada vez de una manera más amplia y profunda en realidades de progreso, de
solidaridad y de paz, a cuyo servicio la Iglesia desea seguir ofreciendo lo
mejor de sus energías.
Con este espíritu de esperanza pensamos hoy en la Argentina. Su honda tradición
cristiana, su gloriosa historia patria y los altos valores morales y culturales,
que le son universalmente reconocidos, nos hacen confiar en un aporte cada vez
más decidido de vuestro País para llegar a escribir esa página nueva de la
historia del mundo, que todos anhelamos y a la que todos debemos prestar nuestra
más decidida colaboración.
Al explicarnos vuestra presencia aquí como un hecho que supera las meras
formalidades protocolarias, reforzáis nuestra convicción de la sincera adhesión
del Pueblo Argentino al Vicario de Cristo y la común solidaridad en torno a los
mismos ideales.
Mientras formulamos votos y le aseguramos, Señor Embajador, nuestra benevolencia
para el feliz cumplimiento de su alta misión, accedemos complacido a su súplica
impartiendo de corazón a Vuestra Excelencia y a todos nuestros amadísimos hijos
de la noble Nación Argentina Nuestra paternal Bendición Apostólica.
*AAS 62 (1970), p.624-625. Insegnamenti di Paolo VI,
vol.VIII, p.932-933. L’Attività della Santa Sede 1970, p.416-417.
L'Osservatore Romano 27.9.1970, p.1.
ORe n.40 p.11. |