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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS MIEMBROS DE LA MISIÓN EXTRAORDINARIA
ENVIADA POR EL GOBIERNO ESPAÑOL

Lunes 28 de septiembre  de 1970

 

Con paternal afecto recibimos vuestra visita, distinguidos Miembros de la Misión Extraordinaria enviada por el Gobierno Español a la ceremonia de la proclamación de Santa Teresa de Ávila como Doctora de la Iglesia.

Con razón España se siente orgullosa de haber sido la cuna de esta Santa excepcional, cuya figura y cuyos escritos no han quedado encerrados en las fronteras de una nación o de un momento histórico, sino que han pasado a ser desde hace siglos, como ayer hemos ratificado solemnemente, valioso patrimonio de la Iglesia Universal.

La espiritualidad de Santa Teresa, su clarividente impulso renovador, su fidelidad a la Iglesia y su profundo humanismo no deben ser solamente una singular gloria del pasado, sino un mensaje actual y vivo, que se proyecte sobre este mundo nuestro, tan lleno a la vez de turbación y de esperanzas. Nos estamos seguro de que este mensaje ha de tener una especial resonancia en España.

Vosotros, que en calidad de personalidades de gobierno seguiréis con interés el trabajo de la Iglesia en vuestra Patria, habréis apreciado ya el empeño de renovación conciliar en que están unidos los Pastores, el Clero y los fieles, con el común propósito de irla llevando serenamente a término.

Cada día nos llegan más indicios consoladores de que la Iglesia en España va encontrando, en esta época de cambios, su propia identidad, no contentándose con la sola herencia de las glorias pasadas, sino tratando de insertarse valientemente en un presente y un futuro cargado de promesas.
Una Iglesia fiel a sus valores de auténtica espiritualidad y a la vez con una profunda proyección social; una Iglesia pobre y consciente de su misión de servir, sin deseos y sin vinculaciones de poder; una Iglesia madre y maestra, dispuesta a prodigar a manos llenas la luz de su doctrina, la serenidad de su consejo, el fermento renovador de sus enseñanzas, y el trabajo decidido y fraterno de sus hijos.

Con la alegría y el optimismo de quien se siente íntimamente unido a esta importante tarea os decimos estas cosas, pensando que ésta es la manera en que la Iglesia puede prestar su mejor servicio a España y responder a las legítimas y apremiantes aspiraciones del Pueblo de Dios.
Invocamos confiado la intercesión de Santa Teresa, Doctora de la Iglesia, para que vuestro noble País, a Nos tan querido, sepa emular en estos momentos las épocas más gloriosas de su historia.
En prenda de escogidos dones celestiales y como muestra de paternal benevolencia, os otorgamos de corazón a vosotros, a vuestras familias y a España entera una especial Bendición Apostólica.

 

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