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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS, RICHARD NIXON*

Lunes 28 de septiembre de 1970

 

Señor Presidente:

Con ocasión de su viaje a Europa se ha dignado hacernos una nueva visita. Nos hemos aprovechado la oportunidad para tener otro contacto personal con usted y expresarle una vez más, con mayor insistencia, Nuestro profundo y paternal sentimiento por la causa de la paz: a usted, líder de una nación que tiene una enorme responsabilidad relativa sobre presente y el futuro del mundo.

Los recientes acontecimientos han demostrado una especial necesidad de trabajar por la paz. El sufrimiento que la guerra proporciona no sólo a los combatientes, sino también a los inocentes, e incluso a los niños que ni siquiera entienden el significado de la palabra guerra, está presente con gran viveza ante Nuestros ojos que, a pesar de lo distantes que puedan darse, se sienten como clavados en el corazón del conflicto. Nuestro corazón ha sufrido con estas víctimas de la misma manera que ha compartido y continúa compartiendo el sufrimiento de las víctimas ocasionadas por todas las guerras que afligen a la humanidad.

Nuestra ansiedad crece estos días por el peligro del conflicto que envuelve cada vez más a las naciones y asume proporciones de una vasta y espantosa conflagración.

Esta especial situación pide un esfuerzo también especial, sin reservas de ningún género y sin otra intención que la de una justa y honrosa paz. La inteligencia con la cual Dios ha dotado al hombre, de la misma manera que le hace capaz de destruir, así también le hace capaz de encontrar la forma de combatir los peligros y de asegurar, en cuanto humanamente es posible, que se realicen sus deseos.

Este deber incumbe principalmente a aquellos que tienen mayor poder en el mundo. Nos estamos contento de poder transmitirle, Señor Presidente, Nuestros afanes de restablecer la paz donde ha sido destruida y a fortalecerla donde aún existe, sirviéndonos para ello de medios, como son los de favorecer la amistad y las fructíferas relaciones entre los pueblos así como el progreso para el desarrollo de las naciones, como lo pide la justicia y la solidaridad humana.

Nos gustaría alentarle, Señor Presidente, a realizar esta tarea que aunque difícil, es digna de ser llevada a cabo con generosidad y decisión.

Que Dios os guíe a todos los que tenéis la responsabilidad de conservar la paz de las naciones, que los sinceros deseos se sobrepongan a la hostilidad.

Aprovecho la ocasión para asegurarles Nuestros mejores deseos, invocando la bendición del Todopoderoso para Vd., su familia y para todo el Pueblo de los Estados Unidos de América.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.40 p.4.

 

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