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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMPERADOR DE ETIOPÍA*

Lunes 9 de noviembre de 1970

 

Nos os agradecemos sinceramente las palabras tan nobles y afectuosas que acabáis de pronunciar. Vuestra Majestad ha manifestado su satisfacción por encontrarse aquí, y Nos podemos asegurarle que también para nosotros constituye una gran alegría recibirlo en Nuestra casa. Hace mucho tiempo — Nos lo decimos con toda sinceridad— que Nos esperábamos vuestra visita. Por eso, el año pasado, durante Nuestra entrevista en Ginebra, Nos permitimos formular personalmente ante vos la esperanza de volveros a ver aquí.

En efecto, vuestra presencia es muy significativa desde diversos puntos de vista. Ante todo, porque Etiopía tiene vínculos muy antiguos y particulares con la Santa Sede. La fundación del monasterio y de la iglesia de San Esteban de los Abisinios, detrás del ábside de la basílica Vaticana, se remonta muy lejos en los anales de la Roma cristiana. Y por su fidelidad a una larga tradición, Etiopía es actualmente la única nación del mundo que posee un colegio eclesiástico en el territorio de la Ciudad del Vaticano.

Efectivamente, cuando se constituyó en Estado independiente el pequeño territorio delimitado por el tratado de Letrán, Pío XI quiso que esta comunidad tuviese un emplazamiento moderno y digno de vuestra patria en la colina vaticana: el Colegio Etiópico de hoy.

Su sucesor Pío XII tuvo la satisfacción de acoger a un representante permanente de vuestro país junto a la Santa Sede. Y envió un representante a Addis-Abeba en 1955, cuando se celebró el veinticinco aniversario de la coronación de Vuestra Majestad. Recientemente, el representante de Etiopía ante la Santa Sede asumía el rango de Embajador, mientras que la Internunciatura apostólica de Addis-Abeba era elevada al rango de Nunciatura.

Esto muestra suficientemente la antigüedad y la solidez de los vínculos que unen a vuestra patria con la Santa Sede. Pero Nos faltaríamos a la verdad si no mencionásemos aquí explícitamente lo que Vuestra Majestad ha hecho y continúa haciendo a favor de la Iglesia católica y de sus instituciones. Nos sabemos con qué generosidad se ha interesado por la suerte de la universidad de Asmara y de tantas otras fundaciones católicas con fines religiosos o educativos. Esta activa benevolencia de Vuestra Majestad suscita en Nos un sentimiento de viva gratitud que tenemos el gusto de expresar. Para Nos es la garantía valiosa de una cordialidad siempre creciente entre la autoridad civil y la jerarquía católica en Etiopía. Para los católicos etiópicos significa la seguridad de poder resolver los problemas que les preocupan, especialmente el acercamiento a la Iglesia etiópica.

La solicitud de Vuestra Majestad va mucho más allá de las fronteras de su país. Se une a la Nuestra en un ámbito que interesa hoy día de forma dramática a toda la humanidad: la gran causa de la paz entre las naciones y de la aceleración del desarrollo en los países del tercer mundo. Ya que se nos presenta la ocasión de ello, permítasenos dar aquí público testimonio de la contribución hecha por Vuestra Majestad en numerosas circunstancias a esta doble causa. Vuestra Majestad ha mostrado su gran sensibilidad por los valores morales y espirituales en un mundo en el que la fuerza bruta parece amenazar a veces con destruirlo todo.

Que Dios bendiga los esfuerzos de Vuestra Majestad en esta tarea y que le conceda en el cuarenta aniversario de su coronación la oportunidad de seguir desplegando durante mucho tiempo sus energías al servicio de su país, que encontrará los caminos del progreso y de la tranquilidad, mediante el respeto a los derechos del hombre y en la comprensión mutua entre los pueblos que lo componen. Es lo que Nos deseamos de todo corazón, agradeciendo de nuevo a Vuestra Majestad su visita que tanto Nos honra, e invocando sobre su Persona, sobre la familia imperial, sobre las autoridades religiosas y civiles de su país y sobre toda la querida nación de Etiopía, las más abundantes bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.46 p.2.

 

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