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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
EN EL 25° ANIVERSARIO DE LA FAO*

Lunes 16 de noviembre de 1970

 

Señor Presidente,
Señor Director General,
Señores:

Es una gran alegría y también un honor para Nos venir a traerle a esta tribuna la deuda de gratitud y el grito de angustia y de esperanza de millones de hombres en este 25 aniversario de la FAO.

¡Qué camino recorrido desde aquel lejano 16 de octubre de 1945, cuando los representantes de 44 Estados fueron invitados a firmar el acta constitucional de la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura! Los historiadores pondrán de relieve las notables realizaciones llevadas a cabo por la FAO, su irradiación progresiva, su dinamismo constante, la audacia de sus miras, la variedad y la amplitud de su acción —porque « ella es ante todo una institución para la acción »[1]—, el coraje de sus pioneros, el amor, en fin, del hombre y el sentido de la fraternidad universal que son los motores de sus empresas. Subrayarán también el extraordinario desafío que vosotros habéis lanzado hoy: a medida que progresan y se organizan vuestros esfuerzos, los hombres se multiplican, aumenta la miseria de muchos y, mientras un pequeño número sobreabunda en siempre crecientes y variados recursos, una porción cada vez más considerable de la humanidad continúa teniendo hambre de pan y de educación, y sed de dignidad.

El primer decenio de desarrollo, sería vano disimularlo, ha estado marcado por un cierto desencanto de la opinión pública ante las esperanzas frustradas: ¿habrá pues que fatigarse, como Sísifo, en hacer rodar la roca y abandonarse a la desesperanza?

Una palabra tal no debería ser pronunciada en este recinto, en esta reunión de hombres proyectados hacia el futuro para ponerlo al servicio de los hombres, cualesquiera sean los obstáculos que se presenten en el camino.

Por lo demás, Nuestro predecesor, el Papa Pío XII, desde su primer encuentro con la FAO alabó altamente la amplitud de miras « de vuestra institución especializada en la alimentación y la agricultura, la esplendidez de alma que caracteriza la economía y la aplicación, en fin, la sabiduría y el método perspicaz que presiden su realización »[2].

Su sucesor, el buen Papa Juan XXIII aprovechó a su vez cualquier ocasión para expresaros su sincera estima [3].

En cuanto a Nos, hemos conocido el Instituto internacional de agricultura en su modesta residencia de la Villa Borghese, antes de ver a la FAO « recorrer todo el camino que la ha conducido al magnífico desarrollo que hoy día conoce » [4]. Nos no hemos dejado de seguir desde entonces con simpatía vuestras generosas y desinteresadas iniciativas, en particular la campaña contra el hambre, de rendir homenaje a vuestra actividad polivalente y de llamar a los católicos del mundo entero a colaborar generosamente en unión con todos los hombres de buena voluntad[5]. Hoy Nos sentimos feliz de venir a la sede de vuestra Organización, en el propio territorio de Nuestra diócesis de Roma, y devolver así a la FAO las numerosas visitas hechas al Vaticano por los participantes en vuestras sesiones de trabajo.

¿Cómo podría en efecto la Iglesia, deseosa del verdadero bien de los hombres, desinteresarse de una acción tan visiblemente dirigida, como la vuestra, al alivio de las más grandes angustias y empeñada en una lucha sin recompensa para dar a cada hombre de qué comer para vivir, para vivir una auténtica vida de hombre, capaz de asegurar la subsistencia de los suyos por su trabajo y apto por su inteligencia para participar al bien común de la sociedad mediante un compromiso libremente aceptado y una actividad voluntariamente asumida?[6].

Es en este plano superior donde la Iglesia intenta aportar su adhesión desinteresada a la obra grandiosa y compleja que vosotros realizáis: estimular una acción internacional para procurar a cada uno los alimentos necesarios, tanto en cantidad como en calidad, y hacer detener así progresivamente junto con la carestía, la subalimentación y la desnutrición[7], eliminar la causa de tantas epidemias, preparar una mano de obra cualificada y procurar el empleo necesario a fin de que el crecimiento económico vaya acompañado de ese progreso social sin el cual no existe verdadero desarrollo.

Estos fines que Nos aprobamos de todo corazón, ¿con qué métodos pensáis vosotros alcanzarlos? El estudio apasionante, Nos podemos decirlo muy bien, de los numerosos “dossiers” que Nos han sido remitidos sobre vuestra multiforme actividad nos ha revelado la prodigiosa y creciente complejidad de vuestro esfuerzo organizado a escala mundial. Una utilización más racional de los recursos físicos de base, una explotación mejor concebida de las tierras y de las aguas, de los bosques y de los océanos, una productividad acrecentada de los cultivos, de la ganadería, de la pesca proporcionarían provisiones en mayor cantidad y mejor calidad. Pero, con todo, aumentan las necesidades alimenticias, bajo la doble presión de un crecimiento demográfico, a veces rápido, y de un consumo cuya curva sigue la progresión de lo producido. La mejora de la fertilidad de los suelos, la regulación racional de los riegos, la parcelación del terreno, la valorización de las tierras pantanosas, el esfuerzo de selección vegetal, la introducción de variedad de cereales de alto rendimiento parece casi dar cumplimiento a la previsión del profeta de los tiempos agrícolas: « el desierto volverá a florecer »[8].

Pero la puesta en marcha de estas posibilidades técnicas a un ritmo acelerado no se realiza sin repercutir peligrosamente en el equilibrio de nuestro medio natural, y el deterioro progresivo de lo que se ha convenido en llamar ambiente natural amenaza conducir a una verdadera catástrofe ecológica bajo el efecto de la explosión de la civilización industrial. Nos estamos viendo ya viciarse el aire que respiramos, degradarse el agua que bebemos, contaminarse los ríos, los lagos, y también los océanos hasta hacer temer una verdadera “muerte biológica” en un futuro próximo, si no se toman pronto enérgicas medidas, valientemente adoptadas y severamente ejecutadas. Tremenda perspectiva que os toca a vosotros examinar con diligencia para evitar la aniquilación de los frutos de millones de años de selección natural y humana[9]. En resumen, todo está relacionado, y os obliga a estar atentos a las consecuencias que a gran escala entraña toda intervención del hombre en el equilibrio de la naturaleza puesta en su armoniosa riqueza a disposición del hombre según el deseo amoroso del Creador[10].

Estos problemas os son ciertamente familiares y Nos no hemos querido sino evocarlos brevemente ante vosotros para subrayar mejor la urgencia y la necesidad de un cambio radical en el .comportamiento de la humanidad, si se quiere asegurar su supervivencia. El hombre ha necesitado milenios para aprender a dominar la naturaleza, « a someter la tierra » según la palabra inspirada del primer Libro de la Biblia[11]. Ha llegado entretanto para él la hora de dominar su propio dominio y esta empresa necesaria no le exige menos coraje e intrepidez que la conquista de la naturaleza.

El prodigioso dominio progresivo de la vida vegetal, animal, humana, el descubrimiento de los secretos mismos de la materia, ¿terminarán en la antimateria y en la explosión de la muerte? En esta hora decisiva de su historia, la humanidad oscila incierta entre el temor y la esperanza. ¿Quién no lo ve hoy día? Los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento. económico más prodigioso si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral se vuelven en definitiva contra el hombre.

La felicidad está en nuestras manos, pero es necesario querer construirla juntos, los unos para los otros, los unos con los otros y nunca más los unos contra los otros.

Por lo demás las magníficas realizaciones de estos veinticinco años de actividades, ¿no constituyen la adquisición esencial de vuestra Organización: la toma de conciencia, por los pueblos y sus gobiernos, de la solidaridad internacional? ¿No sois vosotros, a veces sin saberlo, los herederos de la compasión de Cristo ante la humanidad angustiada: « siento compasión de esta muchedumbre »?[12]. ¿No constituís vosotros con vuestra sola existencia una poderosa refutación del pensamiento desengañado de la sabiduría antigua: « homo homini lupus »?[13] . No, el hombre no es lobo para el hombre, es su hermano, su hermano solidario y bienhechor.

Jamás a lo largo de los milenios de la conmovedora aventura humana, tantos pueblos, tantos hombres habían delegado tantos representantes con una sola misión: ayudar a los hombres, en medio de tantas amenazas que se ciernen sobre el mundo, uno de los mejores motivos de esperanza.

Los que en el año dos mil tengan la responsabilidad de los destinos de la gran familia humana, nacen en un mundo que en cierto modo ha descubierto su interdependencia, su solidaridad en el bien y en el mal, su deber de unirse para no perecer, su deber, en una palabra, de obrar juntos para edificar el futuro común de la humanidad[14]. Que vuestro círculo familiar pueda un día próximo ampliarse y los pueblos que faltan todavía a la cita puedan sentarse también en vuestra mesa para que los hombres contribuyan, finalmente todos juntos, a este mismo objetivo desinteresado.

Ciertamente, ante las dificultades que hay que superar, existe la gran tentación de usar de la autoridad para disminuir el número de los comensales más que de multiplicar el pan a repartir. Nos no ignoramos ninguna de las opiniones que en los organismos internacionales proponen un control planificado de los nacimientos, capaz —así se cree— de aportar una solución radical a los problemas de los países en vías de desarrollo.

« Nos volvemos a repetirlo hoy: La Iglesia por su parte invita al progreso científico y técnico en todo el campo de la actividad humana, pero reivindicando siempre el respeto de los derechos inviolables de la persona humana, cuyos garantes son en primer término los poderes públicos. Firmemente opuesta a un control de los nacimientos que, según la justa expresión de nuestro venerado predecesor, el Papa Juan XXIII, se llevaría a cabo por « métodos y medios indignos del hombre »[15], la Iglesia hace un llamamiento a todos los responsables para que obren con audacia y generosidad por un desarrollo integral y solidario, el cual entre otros efectos favorecerá, sin ninguna duda, una dominación razonable de la natalidad por parte de las parejas humanas que habrán sido capaces de asumir libremente su destino[16]. Por vuestra parte, es el hombre a quien vosotros aseguráis, es el hombre a quien sostenéis. ¿Cómo podréis jamás obrar contra él, si no existís más que para él y por él, y no podéis seguir adelante más que con él?

Es ésta, efectivamente, una de las constantes más seguras de vuestra acción: las más bellas realizaciones técnicas como los mayores progresos económicos son impotentes para provocar por sí mismos el desarrollo de un pueblo. Por necesarios que sean, la planificación y el dinero no son suficientes. Su aportación indispensable así como la de las técnicas que los ponen en obra quedaría estéril si no estuviese fecundada por la confianza de los hombres y su convicción progresivamente estable de que ellos puedan salir poco a poco de su condición miserable mediante un trabajo cuya posibilidad les es proporcionada con los medios a su alcance; la evidencia inmediata de los resultados suscita con legítima satisfacción el compromiso decisivo en la gran obra del desarrollo. En definitiva, si no se puede hacer nada a largo plazo sin el hombre, sin embargo se puede, contando con él, emprender todo y conseguir todo. Porque ciertamente el espíritu y el corazón son ante todo los que consiguen las auténticas victorias. Cuando los interesados tienen voluntad de mejorar su suerte, cuando no dudan de su capacidad de conseguirlo, se entregan a esta gran causa con todos los tesoros de inteligencia .y coraje, todas las virtudes de abnegación y sacrificio, todos los esfuerzos de perseverancia y de entrega de que son capaces.

Los jóvenes en particular son los primeros en entregarse con todo el entusiasmo y el ardor de su edad a una empresa a la medida de sus fuerzas y de su generosidad. Jóvenes de países ricos que se hastían a falta de un ideal digno de suscitar su adhesión y de galvanizar sus energías; jóvenes de países pobres que se desesperan por no poder obrar de una manera útil, a falta de conocimientos adaptados y de la formación profesional requerida: nadie duda que la conjunción de estas fuerzas juveniles pueda cambiar el futuro del mundo, si nosotros los adultos sabemos prepararlos a esta gran obra , mostrándoles el camino, proporcionándoles los medios para consagrarse con éxito. ¿No hay un proyecto capaz de suscitar la adhesión unánime de todos los jóvenes, ricos y pobres, de transformar sus mentalidades, de superar los antagonismos entre los pueblos, de remediar las divisiones estériles, de realizar en fin la instauración de un mundo nuevo, fraternal, solidario en el esfuerzo porque va unido en la persecución de un mismo ideal: una tierra fecunda para todos los hombres?

Se necesitará, ciertamente, mucho dinero. Pero ¿comprenderá el mundo finalmente que se juega su futuro? « Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren miseria, cuando tantos hombres siguen abandonados a su ignorancia, cuando faltan por construir tantas escuelas, hospitales, casas dignas de tal nombre, todo despilfarro público o privado, todo gasto de ostentación nacional o personal, toda carrera desenfrenada de armamentos resulta un escándalo intolerable. Nos debemos denunciarla. Que los responsables Nos oigan antes de que sea demasiado tarde »[17].

¿Cómo defenderse, en efecto, de un sentimiento de profunda tristeza ante el trágico absurdo que impulsa a los hombres – a naciones enteras – a dedicar sumas fabulosas a los armamentos, a alimentar los hogares de discordia y de rivalidad, a realizar operaciones de puro prestigio, cuando las sumas prodigiosas de dinero así despilfarradas, podrían, bien empleadas, ser suficientes para sacar a muchos países de la miseria? ¡Triste realidad que pesa tan desgraciadamente sobre la raza humana, pobres y ricos por una vez comprometidos en un mismo camino! Nacionalismo exacerbado, racismo engendrador de odio, apetito de poder ilimitado, sed de dominio prepotente. ¿Quién convencerá a los hombres a salir de semejantes errores? ¿Quién será el primero que osará romper el círculo de la carrera a las armas, cada vez más ruinosa, cada vez más inútil? ¿Quién tendrá la sabiduría de poner término a prácticas tan aberrantes como el freno puesto muchas veces a ciertas producciones agrícolas a causa de falta de organización de los transportes y de los mercados? El hombre, que ha sabido domesticar el átomo y vencer el espacio ¿será, por fin, capaz de dominar su egoísmo? ¿La UNCTAD —así lo queremos esperar— llegará a hacer cesar el escándalo de la compra a precios mínimos de la producción de los pueblos pobres por los países ricos que venden ellos mismos más caros sus productos a esos mismos pueblos pobres? Es toda una economía, demasiado frecuentemente marcada por el poder, el despilfarro y el miedo, la que hay que convertir en una economía de servicio y de fraternidad.

Ante las dimensiones mundiales del problema no puede haber otra solución adecuada que un plan internacional. Al decir esto, Nos no queremos despreciar, antes al contrario, las numerosas y generosas iniciativas privadas- y públicas —sería suficiente citar nuestra incansable Caritas Internationalis— cuyo nacimiento espontáneo tiene en guardia y estimula tantas buenas voluntades desinteresadas. Pero, lo dijimos ya en Nueva York, con la misma convicción que nuestro venerado predecesor Juan XXIII en su Encíclica Pacem in terris: « ¿Quién no ve la necesidad de llegar progresivamente a la instauración de una autoridad mundial capaz de obrar eficazmente sobre el plano jurídico y político? »[18]. Por lo demás, vosotros lo habéis comprendido al comprometeros en este Plan indicativo mundial para el desarrollo agrícola (PIM) cuyo proyecto integral reúne en este campo perspectivas con una proyección de dimensiones mundiales[19] . Nadie duda de que los acuerdos libremente tomados entre Estados favorecen su realización. Nadie duda igualmente de que el paso de economías de provecho egoísticamente cerradas a una economía solidaria de necesidades voluntariamente asumidas, requiera la adopción de un derecho internacional de justicia y de equidad al servicio de un orden universal verdaderamente humano[20].

Es pues necesario osar con audacia y perseverancia, coraje e intrepidez.

Existen todavía tantas tierras baldías, tantas posibilidades inexploradas, tantos brazos desocupados, tantos jóvenes sin trabajo, tantas energías gastadas inútilmente.

Vuestra tarea, vuestra responsabilidad, vuestro honor, será de fecundar estas fuerzas latentes, de despertar su dinamismo y orientarlo al servicio del bien común. Esta es la amplitud de vuestra labor y su grandeza, ésta es su urgencia y su necesidad. Entre los hombres de Estado responsables, los publicistas, educadores, hombres de ciencia, funcionarios, entre todos, vosotros debéis promover incansablemente el estudio y la acción a escala mundial, mientras todos los creyentes ayudan con la oración dirigida a « Aquel que da el crecimiento, Dios »[21].

Aparecen ya importantes resultados, ayer todavía inesperados, pero que hoy garantizan una sólida esperanza: ¿Quién no ha saludado en estos últimos días como un símbolo la adjudicación del premio Nóbel de la paz a Norman Borlaug, « el padre de la revolución verde », como es llamado? Ciertamente, si todas las buenas voluntades se movilizasen en todo el mundo en una conspiración pacífica, la trágica tentación de la violencia podría ser, entonces, superada.

Más de uno, posiblemente, cabeceará ante semejantes perspectivas. Permitidnos, por tanto, decirlo, sin rodeos, en el plano humano. moral y espiritual que es el nuestro: ninguna estrategia de orden mercantil o ideológico apagará el gemido que sale de todos aquellos que sufren « una miseria inmerecida »[22], como los jóvenes cuya « protesta resuena como una señal de sufrimiento y cómo una llamada de justicia »[23]. Si la necesidad, si el interés son para los hombres móviles de acción poderosos, a veces determinantes, la crisis actual no podría ser superada más que por el amor. Porque, si « la justicia social nos hace respetar el bien común, la caridad social nos lo hace amar »[24].

« La caridad; es decir, el amor fraterno, es el motor de todo progreso social »[25].

Nunca jamás las preocupaciones de orden militar ni las motivaciones de orden económico permitirán satisfacer las graves exigencias de los hombres de nuestro tiempo. Es necesario el amor del hombre: el hombre se consagra al hombre porque le reconoce como su hermano, como al hijo de un mismo padre, —el cristiano añade: como una imagen de Cristo que sufre cuya palabra sacude al hombre en sus más secretas entrañas: « Tuve hambre y me distéis de comer... »[26].

Esta palabra de amor es la Nuestra. Nos os la dejarnos humildemente como nuestro tesoro más querido, la lámpara de la caridad cuyo fuego brillante devora los corazones, cuya llama ardiente ilumina el camino de la fraternidad y guía nuestros pasos por los senderos de la justicia y de la paz[27].


Notas

*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.47 p.1, 9-10-11.

[1] FAO, son rôle, sa structure, ses activités, Rome, Pub. FAO, 1970.

[2] Alocución del 21 febrero 1948, Discorsi e Radiomessaggi di S.S. Pio XII, t. IX, Tipografía Poliglotta Vaticana, p. 461.

[3] Cf., en particular, la Encíclica Mater et Magistra, 15 mayo 1961, A.A.S. 53 (1961), p. 439.

[4] Alocución del 23 noviembre 1963 a la XII Conferencia Internacional de la FAO; Insegna­menti di Paolo VI. t. I, Tip. Pol. Vaticana, 1963, p. 343.

[5] Cf., en particular, la Encíclica Populorum Progressio, 26 marzo 1967, n. 46 A.A.S. 59 (1967), p. 280.

[6] Cf., por ejemplo, R.P.L. - J. Lebret, O.P., Développement-Révolution solidaire, Paris, Editions Ouvrières, 1967.

[7] Cf., por ejemplo, Josué de Castro, Le livre noir de la faim., Paris, Ed. Ouvrières, 1961.

[8] Cf. Is 35, 1.

[9] Cf. Cérés, Revista de la FAO, vol. 3, n. 3, Roma, mayo-junio 1970: Environnement: les raisons de l’alarme.

[10] Cf., por ejemplo, Ps 64, 10-14.

[11] Gen 1, 28.

[12] Mat 15, 32.

[13] Plauto, Asinaria, II, 4, 88.

[14] Cf. Llamamiento de Bombay, 3 diciembre 1964, A.A.S. 57 (1965), p. 132; citado en la Populorum Progressio, n. 43, A.A.S. 59 (1967) pp. 278-279.

[15] Mater et Magistra, A.A.S. 53 (1961), p. 447.

[16] Cf., por ejemplo, J.-M. Albertini, Famine, "Contrôle des naissances et responsabilités internationales", en Economie et Humanisme, n. 171, Lyon, 1966, p. 1-10; P. Praverdand, "Les pays nantis et la limitation des naissances dans le Tiers- Monde", en Développement et Civilisation, n. 39-40, Paris, 1970, p. 1-40.

[17] Populorum Progressio, n. 53, A.AS. 59 (1967), p. 283.

[18] Alocución a la Asamblea General de la ONU, 4 octubre 1965, A.A.S. 57 (1965), p. 880.

[19] Cf. Une stratégie de l’abondance, Colección de la FAO, L’alimentation mondiale, Cuaderno n. 11, Roma 1970.

[20] Cf. M.F. Perroux, De l’avarice des nations à une économie du genre humain, en Actas de la XXXIX Semana Social de Francia, Richesse et Misère, Paris, Gabalda, 1952, p. 195-212.

[21] 1 Cor 3, 6-7.

[22] Populorum Progressio, n. 9, A.A.S. 59 (1967), p. 261.

[23] Discurso pronunciado en Ginebra, con motivo del 50° aniversario de la OIT, 10 junio 1969, A.A.S. 61 (1969), n. 502. L’Osservatore Romano, Edición Semanal en Lengua Española, n. 24 (15 de junio 1969), p. 4.

[24] R.P. J.-T. Delos, O.P., Le bien commun international, en Actas de la XXIV Semana Social de Francia, Le désordre de l’économie internationale et la pensée chrétienne, Paris, Gabalda, 1932, p. 210.

[25] Cardenal P.E. Leger, en Le pauvre Lazare est à notre porte, Paris-Montréal, SOS-Fides, 1967, p. 13.

[26] Mat 25, 35.

[27] Ps 85, 11-14.

 

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