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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LA COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL
Miércoles 11 de octubre de 1972
Nos sentimos feliz al encontrarnos con vosotros, siquiera sea muy brevemente,
antes de la clausura de vuestra reunión anual. Deseamos saludaros personalmente
a todos, mientras que estáis cumpliendo el cometido que la Iglesia, a través del
mandato nuestro, os ha confiado. Este cometido consiste en presentarle las
conclusiones de vuestros estudios y de vuestras discusiones sobre los problemas
actuales relativos a la fe, lo que es propio de vuestra alta cualificación de
teólogos.
Pretendemos, de este modo, reconocer la utilidad y la dignidad de vuestra
actividad, que se ejerce en el seno de la Iglesia y de la Curia romana;
pretendemos daros las gracias por vuestra preciosa colaboración y queremos
aseguraros nuestra estima, haciéndoos llegar al mismo tiempo, en vuestra labor
paciente y sabia, el consuelo de nuestro aliento y de nuestra bendición. Nos
alegramos por ver así puesto en honor y confirmado el lazo espiritual y
eficiente que os une a esta Sede Apostólica, y saboreamos con vosotros la
experiencia vivida de la unidad de la fe y de la caridad, propia de nuestra
pertenencia a la Iglesia católica; es precisamente hacia esta unidad hacia la
que, mediante la misma diversidad de nuestros ministerios respectivos, y la
legítima pluralidad de las expresiones culturales y pastorales contingentes de
la teología, todos deben converger para la unificación del Cuerpo de Cristo,
como enseña el apóstol san Pablo (cf. Ef 4,7-13).
Pensáis, y con razón, que tendríamos muchas cosas que decir: en primer lugar, en
lo concerniente al ministerio que ejercemos respecto a vosotros, como heredero
cualificado, guardián responsable e intérprete autorizado de la fe auténtica que
es el centro de vuestros estudios; y después, en lo que respecta a las
necesidades particulares que la Iglesia os manifiesta hoy, a vosotros, que sois
los especialistas de la ciencia y de la inteligencia de la fe, tal como
corresponde precisamente a teólogos católicos. Pero no es éste el momento de
extenderse por estos campos inmensos.
Sin embargo, no queremos dejar pasar la oportunidad que se nos ofrece en este
breve encuentro de daros una prueba de nuestra confianza, recordándoos
plenamente la necesidad, que, por otra parte, conocéis perfectamente, de
estudiar el problema de la receptividad de la fe por el hombre moderno, cuya
capacidad para acoger el mensaje de la fe parece muy debilitada.
Este hombre, en efecto, permanece encerrado en su propia mentalidad, que está
totalmente orientada hacia el conocimiento fenomenológico de las cosas, y no
está ya educada para la inteligencia metafísica de la Verdad, para la percepción
profunda de la palabra de Dios, que lleva al hombre el anuncio de las realidades
misteriosas del Reino de Dios.
Corresponde a vosotros, al igual que a los que cultivan el arte de bien pensar,
es decir, a los filósofos, el hacer comprender al hombre moderno la necesidad de
poseer estos «prolegomena fidei», que son las normas fundamentales del
pensamiento, y sin las cuales la acogida de la fe degenera en las formas
imperfectas y caducas del nominalismo, del pragmatismo o del sentimentalismo. Es
necesario restituir al espíritu del hombre, a su pensamiento y a su corazón,
esta aptitud fundamental que hace de él como una pantalla sobre la que puede
proyectarse la luz de la fe, dando, de este modo, origen, tanto en la certeza
como en la alegría o incluso en la ansiedad de una investigación vigilante, a
esta relación original y salvífica, que es propia de nuestra religión, centrada
en Cristo, Maestro y Señor.
De momento, dejemos todo lo demás. Esto debería ser suficiente para estimular
vuestros esfuerzos en el estudio de los problemas religiosos múltiples y nuevos
con los que se enfrenta el hombre de nuestra época e incluso el fiel de nuestra
generación, a quienes la Iglesia debe dar una respuesta. Vuestra ayuda en este
campo se revela indispensable. Ella merece, por parte de la autoridad misma de
nuestro magisterio, gratitud, aliento y bendición.
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