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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DEL ZAIRE
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 7 de enero de 1974

 

Señor Embajador:

En este día en que comienza vuestra misión ante la Santa Sede, nuestras primeras palabras son para datos la bienvenida. Bienvenida franca, cordial, que simboliza las excelentes relaciones que nosotros y nuestros colaboradores deseamos mantener con usted a lo largo de vuestra estancia en Roma.

Agradecemos también vuestros deferentes sentimientos y vuestra voluntad de trabajar por la consolidación de relaciones entre la Santa Sede y vuestro país, vuestro gran país. Porque el Zaire es, en efecto, uno de los más vastos territorios de África, cuenta con riquezas humanas innegables y es de los primeros países cristianos de ese continente. Razones suficientes para dar un valor especial a la solución de los problemas comunes, a la calidad de las relaciones mutuas, o mejor dicho, al fortalecimiento de la comprensión basada en el respeto y la confianza. La seguridad que nos ofrecéis de perseguir este objetivo, conforme a las instrucciones de Su Excelencia el General Mobutu Sese Seko, constituye hoy para nosotros un motivo de satisfacción y nos permite augurar lo mejor para todos vuestros compatriotas. Al transmitir nuestros sentimientos de agradecimiento al Presidente de la República del Zaire por sus votos, tened a bien participarle también nuestra viva esperanza.

Hace unos instantes hemos mostrado la estima en que tenemos a la cristiandad del Zaire. Nuestro pensamiento va más concretamente a nuestros queridos hijos católicos del país, cuyo celo y dinamismo suscitan admiración. Como buenos ciudadanos, están comprometidos en la colaboración leal en el proyecto nacional de desarrollo, en todos sus campos. Alentados por sus obispos, a quienes rendimos aquí homenaje, son plenamente conscientes del testimonio que pueden dar testimonio de una fe que no les es impuesta como una cultura extraña, ya que es un don de Dios que toca lo más profundo de su ser; testimonio de una comunidad de creyentes, unida a la Iglesia universal, pero que lejos de renegar del patrimonio humano y civil de sus miembros, se siente, por el contrario, orgullosa de promoverlo con todos los medios a su alcance. En la libertad, en el diálogo con los responsables del Estado, será posible progresar todavía en esta dirección.

Nuestros votos acompañan, pues, a Vuestra Excelencia para el ejercicio de sus altas funciones. Y los hacemos extensivos a vuestra familia, a las autoridades y a todos los habitantes de vuestro país. Sobre todos y cada uno, invocamos los beneficios de Dios, sus gracias y su protección.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.3, p.8.

 

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