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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE CHILE
ANTE LA SANTA SEDE*

Sábado 6 de abril de 1974

 

Señor Embajador,

Hemos escuchado con gran atención las deferentes expresiones que Vuestra Excelencia acaba de dirigirnos en este acto de presentación de sus Cartas Credenciales, como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Chile ante la Santa Sede.

Las palabras de Vuestra Excelencia nos han hecho sentir más cercano en estos momentos a su País, por Nos tan querido y recordado, del que conocemos bien sus profundos valores religiosos y morales y su vasto patrimonio histórico-cultural, vinculado también sin duda alguna en su contextura y expansión a la secular presencia de la Iglesia.

Este País, que puede preciarse de una larga tradición civil y cultural, orientada a realizar una convivencia libre y justa, siempre caracterizada por un marcado sentido de respeto y de tolerancia humana, ha experimentado recientemente una crisis -la más dramática de su historia, como Vuestra Excelencia ha indicado- con sufrimientos que han conmovido la opinión pública mundial. Precisamente porque es un pueblo que ha sufrido y sufre, nuestro sentimiento de entrañable afecto se ha dirigido y se dirige a él más viva y solícitamente. Esta crisis ha sido seguida por Nos con angustia paterna cuando se perfilaba amenazadora; ha repercutido en nuestro corazón con la piedad que invocaba la sangre de los hijos esparcida.

No hemos cesado ni cesaremos de seguir con la misma solicitud viva y paterna los problemas y las dificultades todavía existentes.

¿Qué podría desear para el pueblo chileno -como también para los demás pueblos- quien, como Nos, tiene la misión de una paternidad universal tan amorosa y a la vez comprometida? Dos bienes primordiales e inestimables para toda clase de convivencia humana y cristiana: la fraternidad y la paz. Una fraternidad que, venciendo animosidades y resentimientos, excluyendo revanchas o venganzas, mire a restablecer una auténtica y recíproca comprensión por medio de una reconciliación efectiva y sincera; una paz sólidamente construida sobre la salvaguardia de la vida, de los bienes morales y materiales, de los derechos fundamentales de todas las personas, condición esta indispensable para promover un verdadero progreso social que sea beneficioso para todos, -en especial para los más pobres- y al que todos puedan dar una contribución libre y consciente.

En este sentido la Iglesia pone un renovado empeño, ofreciendo su desinteresado y sincero servicio en el ámbito de la comunidad local, porque sabe que todo lo que contribuye a la convivencia serena, a la justicia y a la promoción de la solidaridad operante es una ayuda preciosa que se presta al ser humano, de quien nunca debe olvidarse que lleva dentro de sí la impronta divina.

En cumplimiento de su misión, ella seguirá inculcando en las conciencias estos ideales de promoción con absoluta fidelidad a los principios del evangelio, prodigando particular solicitud en favor de los más necesitados. A este respecto queremos dejar constancia de la fructuosa labor llevada a cabo, con interés y generosidad auténticamente eclesiales, por el Episcopado chileno para fomentar la profesión responsable de la fe y reflejarla con todos sus postulados en el ámbito de la vida personal, familiar y social, desplegando al mismo tiempo una amplia labor asistencial en favor de cuantos se han encontrado en la necesidad.

Señor Embajador: Al expresarle nuestra cordial bienvenida, deseamos asegurarle nuestra benevolencia para el desarrollo de la alta misión que le ha sido confiada. Rogándole que transmita a las supremas Autoridades chilenas nuestro aprecio por su deferente saludo, invocamos sobre Vuestra Excelencia y sobre toda su querida Nación las mejores bendiciones divinas.


*AAS 66 (1974), p.260-261.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. XII, p.318-319.

L’Attività della Santa Sede 1974, p.106-107.

L'Osservatore Romano, 7.4.1974, p.1.

L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.15, p.11.

 

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