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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL CONGRESO EUCARÍSTICO BOLIVARIANO

 Domingo 16 de junio de 1974

 

Señor Cardenal Enviado Especial,
venerables hermanos en el Episcopado y amadísimos hijos,

Al finalizar las solemnes jornadas del Congreso Eucarístico Bolivariano, que han tenido como escenario la ciudad de Quito y en las que hemos querido hacernos presente en la persona de nuestro Enviado Especial, el señor cardenal Sebastiano Baggio, deseamos asociarnos a vuestro homenaje de fe y adoración al Señor en el Sacramento, a través de nuestra palabra, que confirme vuestros anhelos y aliente vuestros propósitos de hacer de la Eucaristía el centro de la comunión eclesial.

Es consolador contemplar a hombres y pueblos enteros, unidos por la misma fe, acercarse al Príncipe de la Paz, que en la Eucaristía alimenta las esperanzas del mundo con el fuego de la caridad que vino a traer a la tierra (Cfr. Luc. 12, 49).

Estos días que os han sumergido en un clima de presencia palpitante del Salvador, deben dejar en vuestras vidas la dimensión comunitaria y fraterna que entraña el Sacramento, signo de unidad y vínculo de caridad. En efecto, tras el velo sacramental, la fe nos descubre a la Palabra, hecha Camino, Verdad y Vida, que se da en alimento para aligerar nuestro peregrinar; que nos muestra el manantial donde podemos saciar nuestras ansias de verdad, de concordia, de justicia; que nos llama a edificar progresivamente, en un espíritu de servicio mutuo, la gran familia del pueblo de Dios.

Esta llamada abre un espacio inmenso al dinamismo de la acción comunitaria, en la que el hombre, aun en medio de las más difíciles vicisitudes personales y sociales, debe sentir de manera vital el designio de salvación, al saberse íntimamente vinculado a Jesús, que sufrió y murió, pero que también resucitó y volvió al Padre, habiendo reconciliado todas las cosas con Dios (Cfr. Col. 1, 20).

Renovación y reconciliación : he ahí los objetivos del Año Santo que constituyen una nueva llamada urgente a nuestras conciencias, para que operemos un cambio en nuestras actitudes prácticas y nos acerquemos cada vez más a Dios y a los hermanos, haciendo objeto de nuestra particular preferencia a quienes están más necesitados: los pobres, los enfermos, los que sufren injusticias, los marginados, los que no tienen el consuelo de una mano amiga que los ayude y comprenda (Cfr. 1 Io. 3, 17; Iac. 2, 15-16; 2 Cor. 8, 13-14; Populorum Progressio, 45; Gaudium et Spes, 42, 69, 83). Esa será la prueba verdadera de la autenticidad de nuestro amor (Cfr. 1 Io. 3, 18-19). Porque, quien no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve (1 Io. 4. 20).

Amadísimos hijos: sean estos sentimientos de devoción renovada hacia la presencia divina en la Eucaristía, de amor verdadero, de paz, de solidaridad y colaboración mutuas, los frutos perdurables de este Congreso Eucarístico Bolivariano.

Encomendando al Señor tales propósitos, impartimos de corazón a todos cuantos han participado en estas memorables jornadas, y especialmente al señor cardenal Pablo Muñoz Vega, arzobispo de Quito, a los amados hijos de cada una de las naciones bolivarianas y de todo ese continente, una especial bendición apostólica.

 

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