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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE AUSTRALIA ANTE LA SANTA SEDE
*

Martes 27 de agosto de 1974

 

Señor Embajador:

Nos sentimos realmente satisfecho de dar una sincera bienvenida a Su Excelencia al recibir las Cartas que le acreditan como Embajador extraordinario y plenipotenciario de Australia ante la Santa Sede.

Le agradecemos las deferentes palabras con que se ha referido a nuestras acciones para la promoción de la paz mundial. Estamos convencido, señor Embajador, que también los esfuerzos de su Gobierno, a los que Ud. ha aludido, para aumentar la confianza entre las naciones y para afianzar el respeto universal por la dignidad de todos los hombres y de todos los pueblos, constituyen una colaboración muy valiosa para el establecimiento de la paz. Las relaciones diplomáticas existentes entre la Santa Sede y Australia nos permiten ayudarnos mutuamente en este campo de mutuo interés.

Nosotros estamos siempre interesado en recordar a todos los hombres la necesidad de ayudarse unos a otros con espíritu de amor fraterno, promoviendo de esta forma la auténtica paz en 1a tierra. Este esfuerzo no va dirigido a algo puramente material, sino que forma parte del plan de Dios sobre el hombre. Actuando llevados por este espíritu de caridad, damos gloria a Dios y contribuimos a la paz entre los hombres.

Fue en Australia – un país del que conservamos tau agradables recuerdos – donde dijimos: «El corazón del hombre está hecho para Dios, y el humanismo pleno sólo puede hallarse en su servicio» (Misa en conmemoración del bicentenario del descubrimiento del continente australiano, 1 diciembre 1970; cf. también Populorum progressio, 42). El servicio de Dios mediante el amor de nuestros semejantes, ésta es la bendición que pedimos a Dios quiera conceder al mundo.

Le rogamos que presente a las autoridades civiles de Australia la promesa de nuestra cordial consideración. Sobre todo el pueblo de Australia invocamos la abundancia de las divinas bendiciones. A Ud. personalmente, señor Embajador, le damos seguridades de la cooperación de la Santa Sede en el cumplimiento de su misión, una misión que esperamos pueda proporcionarle felicidad y satisfacción espiritual y cultural.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.37, p.4.

 

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