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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA FRANCESA
 ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 26 de septiembre de 1974

 

Señor Embajador:

Le agradecemos vivamente las amables palabras que nos acaba de dirigir, al presentarnos las Cartas que le acreditan ante nosotros como Embajador de la República francesa.

Vuestra Excelencia ha evocado con nobles palabras la perspectiva con que usted mira a la misión que le acaba de ser confiada por su Gobierno.

La Santa Sede, al servicio del Evangelio y de sus exigencias de salvación, tiene efectivamente conciencia, como usted se ha complacido en recordar, de contribuir también, por su parte, al establecimiento de la justicia, de la concordia y de la paz en las relaciones humanas. La Iglesia se alegra de encontrarse y de colaborar en este doble objetivo con cualquier Estado que se preocupe por asegurar, al nivel que le compete y dentro del respeto de los principios que fundamentan la ética personal y social, condiciones dignas para la existencia material y espiritual de todos sus ciudadanos. Es lo que deseamos de parte de las altas autoridades que usted representa desde ahora ante nosotros. En ello vemos la garantía de la búsqueda de relaciones armoniosas entre los responsables del bien común de su nación y la Iglesia, encargada de encauzar hacia Dios los esfuerzos de los hombres.

Su país, señor Embajador, tiene una justificada fama internacional de cultura, de preocupaciones humanitarias y espirituales, que le valen la estima y la atracción de personas y de pueblos procedentes de todos los horizontes. En lo que afecta a la Iglesia, más concretamente, tenemos presente en la memoria a tantos compatriotas suyos, brillantes por su cultura, distinguidos por su profunda investigación teológica, preocupados por una pastoral adecuada, deseosos de realizar una renovación religiosa con un espíritu de santidad, trazando así nuevos caminos espirituales para beneficio de todos. Por esta razón, los votos que formulamos para su nación están repletos de nuestra estima, de nuestro afecto y de nuestra confianza. Y rogamos a Dios que bendiga y fortalezca a este pueblo que nos es tan querido.

A usted personalmente, señor Embajador, le aseguramos los cordiales deseos que tenemos por el feliz cumplimiento de su importante misión, y nos complacemos en presentar nuestros saludos al señor Presidente de la República, que ha querido confiarle dicha misión.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.40, p.4.

 

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