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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
EN LA CLAUSURA DEL VII CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL

Domingo 13 de octubre de 1974

 

Venerables Hermanos y amadísimos hijos:

En ese gran parque del altar del Congreso, situado en el centro de la tradicionalmente cristiana ciudad de Salta, os habéis reunido esta mañana para el solemne acto de clausura del VII Congreso Eucarístico Nacional, celebrado bajo el lema: «Reconciliación en Cristo», que recoge los objetivos del Año Santo.

Han transcurrido cuarenta años desde aquel XXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, que vio como Legado Pontificio a un venerado Predecesor Nuestro, el entonces Cardenal Pacelli, que tan gratos recuerdos dejó entre vosotros, y de nuevo os habéis estrechado ahora, Pastores y fieles, junto a la Eucaristía, para renovar públicamente vuestro homenaje y vuestra fe en la presencia real de Cristo en el Sacramento del Altar. Y a la vez, para recoger la lección maravillosa de bondad y amor universales que brotan de la Eucaristía y que, como savia purificadora y fecunda, puede regenerar ideales nuevos y apagar la sed de verdad y justicia de cuantos se acercan con fe a Cristo, que nos amó «hasta el fin» (Io. 13, 1).

Ante El, que es el primogénito entre los hermanos (Cfr. Col. 1, 15; 18. Hebr. 2, 11-12), que nos inculcó como distintivo el mandato de amar como El nos ha amado (Io. 13, 34), y dar si es preciso la vida por los hermanos (1 Io. 3, 16); ante ese Cristo, que por medio de su cruz es nuestra paz y reconciliación (Cfr. Eph. 2, 15-18; Col. 1, 19), habréis sentido durante estos días la urgente llamada de la Iglesia, de modo particular en este Año Santo, a una renovación interior que restablezca en la conducta personal y social ese dinamismo orientador querido por Dios, que se manifiesta ante todo en la correspondencia al designio divino de llevar al hombre a la salvación, y en una comunión efectiva y fraterna entre los individuos, las familias, los miembros de la comunidad nacional e internacional. ¡Qué nueva y consoladora panorámica mundial ofrecería la humanidad si hiciera vivencia propia estos ideales! Sí, no nos cansaremos de repetirlo en beneficio de todos: ¡Debernos actuar una verdadera reconciliación fraterna dentro y fuera de la Iglesia! ¿No es esto lo que Cristo y la Iglesia esperan de nosotros en este Año del Jubileo? Sólo entonces podremos decir que ha sido de verdad un Año de gracia y salvación.

Conocemos bien los anhelos y esperanzas depositados por el Episcopado Argentino en este Congreso. La preparación y realización del mismo suponen ya una intensa tarea renovadora de vuestras comunidades cristianas, principalmente en lo referente a las consecuencias prácticas que brotan de la Fe y la Caridad, y habrá contribuido sin duda a crear un clima propicio para asegurar el imperio de la justicia, la libertad y el respeto recíproco en todo el ambiente de ese País (Cfr. La Pastoral Colectiva del Episcopado Argentino, mayo de 1973).

Por parte nuestra confirmamos esas aspiraciones y deseamos ardientemente que la fuerza, la luz y el amor que manan de la Eucaristía conviertan en una consoladora realidad esas esperanzas, con el fin de edificar, en los no fáciles momentos presentes, una verdadera pacificación, en Cristo, de toda la sociedad argentina.

Al enviaros nuestra paterna palabra de aliento, para que perseveréis siempre en el camino del amor y de la fraternidad, que hallan su eminente expresión en la Eucaristía, encomendamos al Señor tales intenciones por mediación de la Santísima Virgen del Milagro, para que Ella, la Madre común y Madre de la Iglesia, os conduzca a su Hijo y en El os haga sentiros verdaderos hermanos y solidarios los unos con los otros. Una solidaridad que sea el testimonio coherente entre la fe y el ejercicio de la caridad fraterna al servicio de las legitimas aspiraciones y realidades humanas.

Sobre ti, amadísimo Cardenal, nuestro Enviado Especial, sobre los venerables Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y religiosos, sobre las Autoridades, entre las que hemos sabido ha querido estar presente la Señora Presidente de la Nación, y sobre los fieles argentinos todos, invocamos la constante asistencia divina. En prenda de ella, os impartimos de corazón una especial Rendición Apostólica.

 

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