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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
CON OCASIÓN DE LA ENTREGA A LA UNESCO
DEL «PREMIO INTERNACIONAL DE LA PAZ JUAN XXIII»*

Sábado 30 de noviembre de 1974

 

Señores cardenales,
monseñores,
señoras y señores:

Nos sentimos tan feliz como honrado de vuestra presencia y estamos muy agradecido por el hecho de teneros aquí, no ya en calidad de espectadores sino como participantes en el acto que acabamos de realizar, tanto más que esta audiencia asume para nosotros un significado particular, a nuestro parecer mucho más valioso que el premio mismo, cuyo valor en realidad es más bien simbólico que económico. En recuerdo de nuestro venerado y llorado predecesor, Juan XXIII, y según su espíritu, entregamos este premio, dedicado a la promoción de la paz, a la UNESCO, es decir, a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en la persona de los dos ilustres Directores de ésta ya tan célebre y benemérita institución mundial: el Director saliente y su sucesor; conocemos bien al primero, el señor René Maheu, con quien durante los doce años de ejercicio en su alto cargo hemos tenido ocasión de encontrarnos personalmente, escucharlo en fructuosa conversación sobre temas de común interés y admirarlo por la amplitud y por la noble inspiración de su actividad; sea bienvenido el segundo, el señor M’Bow; como ex-Ministro de Instrucción Pública en su país, Senegal, él es, en el contexto de la civilización internacional, un testimonio elocuente y esperado de la característica originalidad y de la lograda madurez cultural del joven y gran continente africano.

El significado particular de la entrega de este premio tiene su origen, a nuestro parecer, en el encuentro de dos Entidades, que son la Sede Apostólica y la UNESCO, en el camino de la paz. Recorriendo cada una de ellas en su propio sendero, se encuentran como en un punto de convergencia, celebrando juntamente este altísimo ideal que aparece cada vez más como un faro orientador de la civilización: la paz.

El hecho de que esta Sede Apostólica esté orientada, de una manera original, connatural y constitucional, a la promoción de la paz en el mundo, no puede causar extrañeza a nadie; así lo creemos, sobre todo si se tiene presente de dónde recibe su impulso la iglesia católica y su centro, "principio y fundamento, perpetuo y visible" de su unidad: lo recibe de Cristo, cuya venida al mundo fue saludada con el anuncio celeste de la paz, de una paz nueva, vinculada, con relación fecunda e inagotable, a una trascendente Paternidad divina e instaurada sobre el principio mesiánico, paradójico pero invencible, de una fraternidad universal; una paz siempre en vía de consolidarse y regenerarse con la misteriosa e inefable, a la vez que humanísima, animación de un Espíritu que permite a las lenguas humanas mis diversas expresarse y comprenderse en una conversación amistosa y cordial. Como se sabe, ésta es la epifanía de la Iglesia católica en el mundo; realidad antigua y dinámica que siente dentro de si misma un doble estimulo para manifestarse viva y presente. El primer estímulo es el de su propia historia: la Iglesia durante el reciente Concilio Ecuménico ha tomado una nueva y más urgente conciencia de su vocación originaria de amaestrar de paz universal, que ha de ser proclamada sin tardanza entre los hombres, precisamente porque son hombres, es decir, miembros todos de una misma familia, la humanidad. El segundo papel es el del ansia que los hombres manifiestan por resolver el problema capital de su convivencia en el mundo, en armonía concorde y orgánica; convivencia tanto más necesitada de un infatigable esfuerzo de realización, cuanto que, por un lado, la madurez del progreso humano indica como lógica y necesaria la paz, y como criminal y absurda la guerra; mientras que por otro lado, la tranquillitas ordinis, que es precisamente la definición de la paz, resulta siempre inestable y frágil.

La paz, decíamos, es necesaria; la paz es posible; dogmas humanos éstos que finalmente resultan como una evidente derivación de aquella religión en la que la Iglesia encuentra su razón de ser.

Por esto, la paz, especialmente después de los Mensajes navideños del Papa Pío XII y después de la Pacem in terris del Papa Juan XXIII, se ha convertido en el programa de nuestra presencia apostólica en el mundo; y la voz con la que la anunciamos quisiera ser tanto más límpida y persuasiva, cuanto más libre y desinteresada está dicha presencia respecto a cualquier compromiso en sus relaciones con el mundo, incluso dentro del juego siempre renaciente, febril y contrastante de los intereses humanos. Nosotros somos ajeno, y debemos serlo, al orden temporal y político; por ello osarnos hacer de la paz, como profeta humilde y poeta persuasivo, nuestro habitual y cordial saludo dirigido a todos vosotros, hombres de la tierra: ¡Que la paz esté con vosotros!

Hablemos ahora del encuentro. Es un encuentro a un altísimo nivel ideal. Es precisamente en esta altura ideal en la que nos hemos encontrado con la UNESCO, mediante nuestra adhesión y nuestra admiración por el principio en el que se funda y que da origen a su multiforme y próvida actividad: el principio de que "la paz debe ser establecida sobre el fundamento de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad".

Pero digamos enseguida una cosa: cuando quedó fijado el encuentro de hoy, no estaba previsto el episodio que ha conmovido estos días a una parte tan considerable del mundo de la cultura: nos referimos a algunas deliberaciones de la reciente Conferencia General de la UNESCO.

He aquí que nos encontrarnos así, de sorpresa, ante un hecho que turba en la opinión pública la serenidad de este feliz momento. Por eso, expresamos el deseo de que el caso imprevisto pueda encontrar rápida solución, dada la esperanza que nutrimos en el común afán de justicia y de paz de las partes interesadas. Y expresamos este deseo esperando que los primeros en gozar con ello serán los ilustres huéspedes que hoy tenemos el honor de ver entre nosotros, los dirigentes y, por lo mismo, representantes de la UNESCO, dado el carácter universal y pacífico – como se ha dicho – , y el espíritu de tolerancia que caracterizan a esta Organización, que es ajena a las competiciones políticas y que se manifiesta siempre coherente con sus objetivos propios, pedagógicos, científicos y culturales, de los que son una prueba su interés por los valores históricos, artísticos y religiosos de un territorio, para todos nosotros tan querido y sagrado.

Y henos así, llevado en alas de este recuerdo – al que deberían asociarse con mención especial otros análogos, como por ejemplo, los de las intervenciones de la UNESCO a favor de Nubia y Venecia –, ante las pruebas beneméritas de la actividad pacificadora de la propia UNESCO, referentes no solo a lugares geográficos, sino también y sobre todo a situaciones morales en las que las necesidades de la humanidad reclaman y reconocen como sabia y providencial la obra de esta gran institución, dedicada, como bien sabemos, a la promoción de la educación, de la ciencia y de la cultura: baste recordar aquí la campaña mundial en favor de la alfabetización.

Pero de estos méritos de la UNESCO, que la enaltecen ante nuestra mirada, ávida de encontrar en el panorama humano los signos de los esfuerzos en favor de la paz, ha hablado ya ampliamente nuestro asiduo colaborador, mons. Giovanni Benelli, ex-Observador de la Santa Sede ante la UNESCO, quien se ha trasladado recientemente a París para dar el anuncio a la Conferencia General de la UNESCO, reunida en Asamblea plenaria, de la adjudicación del Premio de la Paz, que toma el nombre del Papa Juan XXIII, precisamente a la UNESCO, en reconocimiento por su obra. Todos vosotros habréis escuchado sus ecos.

Se podría, pues, pensar que queda ya dicho, al menos a grandes rasgos, lo que basta para justificar este nuestro gesto amistoso: lo que vosotros representáis en orden a la paz, ilustres e infatigables exponentes de la UNESCO, y lo que vosotros hacéis y habéis hecho ya en beneficio de su causa que merece por parte nuestra el reconocimiento y el que se os haya concedido el premio dedicado a nuestro eminente y venerado predecesor, el Papa Juan XXIII. Pero es precisamente su nombre el que nos autoriza no sólo a mirar vuestro pasado y vuestro presente, para encontrarlo digno de este significativo premio sino que, además este nombre bendito nos impulsa a mirar hacia adelante, a vuestro futuro, que constituye para nosotros y para cuantos os conocen una promesa tan merecedora de aplauso y aliento como lo ha sido en los años pasados.

Vosotros sois un motivo de esperanza para la paz futura de la humanidad y de la civilización: la Carta constitucional de vuestra Organización es un testimonio de ello. Estáis proyectados, como heraldos de paz, hacia la historia futura. Vosotros hacéis de la educación, de la ciencia y de la cultura coeficientes poderosos y estupendos para la fusión espiritual y universal de los pueblos. La política – cuya promoción vosotros dejáis en manos de otros organismos, especialmente la ONU, de la que tomáis inspiración y fuerza conseguirá, así lo esperamos, establecer una cohesión pacífica, una orgánica relación jurídica y económica, una convivencia equilibrada y ordenada entre las naciones; sí, pero vosotros intentáis crear una comunión, trabajáis por la hermandad de todos los pueblos de la tierra. Tratáis de dar un pensamiento común a la humanidad; promovéis una sociología uniforme de la cultura; hacéis posible un idéntico lenguaje civil entre los hombres. "La UNESCO – escribe el señor Maheu – es uña empresa de organización de relaciones internacionales, en lo que respecta a las actividades del espíritu, con vistas a promover los derechos del hombre y a cooperar al establecimiento de un régimen de paz justa y duradera (cf. Dans l’esprit des hommes, UNESCO, 1971, p. 313). Haciendo esto, vosotros desarrolláis una labor silenciosa, pero prodigiosa de sensibilización de los espíritus, los cuales, en cambio, por el progreso mismo de la civilización, parecen armarse sicológica y técnicamente, para una formidable y apocalíptica guerra, que no debería estallar nunca, pero que desgraciadamente sigue siendo posible y terriblemente más fácil. Con vuestra actuación quitáis la pesadilla de una fatalidad tan deprecable e impensable. Vosotros infundís serenidad en el horizonte de la historia futura; dais hoy de nuevo la paz al mundo, asegurándola para mañana.

¿Hay mérito mayor en el concierto de los pueblos? ¿Hay acaso título mejor que acerque vuestro Organismo al nuestro, que se llama asamblea de hombres hermanos? Tal es en efecto el significado etimológico del nombre mismo de Iglesia; y nosotros esperamos y trabajamos con todas nuestras fuerzas para que sea realidad. ¿Son paralelos nuestros caminos? Sí, en este momento, aunque en planes diversos, creemos que lo son. Paralelos en el sentido de la independencia recíproca, de la respectiva comunión de finalidades y, podríamos decir, que también en la posibilidad feliz de integrarse en ciertos momentos, sin confundirse el uno con el otro. La nuestra es una religión de la paz. La vuestra es una obra en favor de la paz.

Valga esta observación final para explicar la razón de este premio que quiere tener, aun dentro de su pequeñez en comparación con la causa a la que está destinado, un alto significado, casi como una reminiscencia bíblica, es decir, el de la celebración de una idea-luz, de una idea-fuerza: la paz; el de la proclamación de un deber imperioso y universal: la paz; el del anuncio de una esperanza positiva e inefable: la paz.

Permitidnos ahora ceder la palabra a aquel cuyo nombre bueno y profético lleva este premio: al Papa Juan XXIII, quien en su Encíclica Pacem in terris, como en un testamento suyo, nos recuerda: "Incumbe a todos los hombres de buena voluntad una misión inmensa: la de restablecer las relaciones de la convivencia en la verdad, en la justicia, en el amor, en la libertad: las relaciones de la convivencia entre los seres humanos en particular; entre los ciudadanos y las respectivas comunidades políticas; entre las mismas comunidades políticas; entre individuos, familias, cuerpos intermedios y comunidades políticas, de una parte, y la comunidad mundial, de otra. Misión nobilísima, como es la hacer reinar la verdadera paz según el orden establecido por Dios" (AAS, 1963, pp. 301-302).


 

*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n°49 p.1, 2.

 

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