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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
ANTE LA SANTA SEDE*

Martes 3 de diciembre de 1974

 

Señor Embajador:

Con profundo aprecio y agradecimiento hemos escuchado las deferentes y devotas expresiones que Vuestra Excelencia acaba de dirigirnos al presentar las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Argentina ante la Santa Sede, Le damos nuestra cordial bienvenida y le manifestamos con íntima complacencia el gran afecto que sentimos por los amados hijos de su noble país.

Muchos y profundos son los vínculos que a lo largo de su secular historia han unido, en fructuosa y feliz intercomunicación, a la Nación Argentina con la Santa Sede. Ha sido como un fruto connatural del arraigado sentido cristiano del pueblo argentino, que ha sabido incorporar a sus reconocidos valores y virtudes, en lo humano, en lo cultural y social, la inspiración superior de los valores trascendentes que, teniendo su origen en Dios, constituyen una llamada perenne hacia metas más altas para el espíritu y para la misma convivencia humana (Cfr. Gaudium Spes, et 27).

Vuestra Excelencia ha aludido en su discurso a los esfuerzos que desplegamos en favor de la verdad, la justicia, la libertad y la paz en el mundo. Fieles al mandato de amor universal enseñada por Cristo, no podemos menos de sentir la solicitud por todas las Iglesias (Cfr. 2 Cor. 11, 28), más aún, por todos los hombres, a quienes deseamos servir en todo lo posible, ofreciéndoles la luz de lo alto que esclarece las mentes, guía las conciencias y fortalece los propósitos en la afanosa búsqueda del verdadero sentido y destino último de las cosas y de la humanidad (Cfr. Gaudium Spes, 3).

No es otro el deseo que ha animado y anima a la Iglesia en Argentina cuando ha tratado de inculcar siempre en sus fieles la necesidad de desarrollar las innumerables exigencias perfectivas que entraña el mensaje cristiano, invitándoles a esperar en una tierra y en un cielo nuevos, sin amortiguar por ello «la preocupación por perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana» (Gaudium Spes, 39).

La conciencia permanente y activa de esta fraternidad universal en Dios y de la consiguiente exigencia de una solidaridad dinámicamente vivida y constantemente renovada entre quienes caminan hacia una misma meta, podrá ser fuente inspiradora de sentimientos convergentes y de esfuerzos generosos para que todos y cada uno de los argentinos afiancen la paz en la concordia de los espíritus y la reconciliación en todo el ámbito de sus relaciones e instituciones.

Es esto lo que ardientemente deseamos para la Nación Argentina, especialmente en los delicados momentos presentes. Y es un voto que encuentra resonancias apremiantes en nuestro ánimo ante la llamada que brota de los objetivos propuestos para el Año Santo.

Señor Embajador: al iniciar la alta misión que le ha sido confiada por la señora Presidente de su país -cuyo saludo agradecemos, evocando todavía su reciente visita- le aseguramos nuestra benevolencia y apoyo para el feliz desarrollo de la misma. Asimismo invocamos para Vuestra Excelencia, para las autoridades y para todos los amadísimos hijos argentinos copiosas bendiciones del Altísimo.


*AAS 66 (1974), p.709-711.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. XII, p.1154-1155.

L’Attività della Santa Sede 1974, p.382-383.

L'Osservatore Romano, 4.12.1974, p.1, 4.

L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n°49, p.15.

 

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