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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE AUSTRIA
 ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 16 de diciembre de 1974

 

Excelentísimo señor Embajador:

Le damos nuestra cordial bienvenida en esta primera visita suya al Vaticano, en la que nos presenta las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Austria cerca de la Santa Sede. Le agradecemos también las amables palabras que en esta ocasión ha querido dirigirnos. Le felicitamos por esta nueva tarea llena de responsabilidad, que le vuelve a traer a la Ciudad Eterna después del desempeño concienzudo y laudable de otras misiones más altas y de una prolongada actividad diplomática, anterior, en Roma.

La solemne presentación de las Cartas Credenciales confirma las buenas relaciones que existen entre la Santa Sede y el Gobierno austriaco y que, en algunas líneas fundamentales, están formalmente reguladas por el Concordato. La rica y bien conocida historia de su patria, como usted mismo ha dicho brevemente en su saludo, está fuertemente marcada por una secular colaboración confiada y fructuosa entre el Estado y la Iglesia. Entre los campos importantes de los comunes esfuerzos de la Iglesia y del Estadio usted ha mencionado ante todo la preocupación y el compromiso incansable por una paz duradera entre los pueblos, y la aportación, propia de cada uno, a la realización de una mayor justicia social en el mundo.

La Iglesia, de acuerdo con la misión que le ha sido confiada por su Fundador, no ha limitado nunca su actividad al campo puramente espiritual y sobrenatural, sino que ha ofrecido siempre a los hombres su sincera colaboración en orden a establecer entre ellos la comunión fraterna que corresponde a su auténtica vocación. En esto la Iglesia no está llevada, como lo ha confirmado repetidamente el Concilio, «por ninguna ambición terrena de poder. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servicio» (Gaudium et spes, 3).

La Iglesia es hoy más consciente que nunca de esta misión suya de anunciar al mundo la verdad que hace libres (cf. Jn 8, 32), de recordar ininterrumpidamente al hombre la grandeza de su dignidad, cuya fuente y garantía es en último término Dios mismo, y de ser levadura de una renovación saludable en todo el cuerpo doy la sociedad y cultura humanas. El servicio de la iglesia al mundo se hace más acuciante aún en este momento, en que un angustioso y creciente trastorno de los valores fundamentales humanos mina, tanto en la convivencia nacional corno internacional, los fundamentos del orden social y político, y amenaza al hombre en su más íntima dignidad.

Por esta razón, los cristianos están llamados, en esta sociedad pluralista y también en los Estados tradicionalmente cristianos, a fomentar renovadamente el reconocimiento y la estima de la concepción cristiana del hombre en la vida social y política de sus países, comprometiéndose decididamente «a promover el genuino bien común y en hacer valer así el peso de su opinión, para que el poder político se ejerza con justicia y las leyes respondan a los preceptos de la moral y al bien común» (Apostolicam actuositatem, 14). Como hemos acentuado en nuestro reciente mensaje al Katholikentag austriaco de este año, la reconciliación de los corazones, con Dios en obediencia a sus mandamientos, especialmente en lo tocante a los más elementales valores morales de la vida personal y pública, es la condición necesaria para alcanzar la auténtica reconciliación entre los hombres y una paz justa y duradera en la sociedad.

Excelentísimo Embajador: confiamos en su valiosa colaboración con este esfuerzo nuestro por conseguir esa reconciliación en la justicia y en la verdad, tanto a nivel nacional como internacional. Este es nuestro más profundo deseo para el Año Santo que pronto comenzará. Esté seguro de que acompañamos con particular estima y con nuestras oraciones su importantísima actividad en servicio de su pueblo austriaco, tan apreciado por nosotros, y de la Iglesia.

Le agradecemos los respetuosos deseos que usted nos ha transmitido de parte de su Excelentísimo Presidente y se los devolvemos de corazón. Y como expresión de nuestra sincera benevolencia impartimos a usted y a su estimada familia, así como a todos sus colaboradores, nuestra bendición apostólica.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1975, n.1, p.8,

 

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