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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE JAPÓN ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 3 de febrero de 1975

 

Señor Embajador:

Con una nobleza de sentimientos y una cortesía, que nos han impresionado profundamente, acabáis de definir, al presentar vuestras Cartas Credenciales, la misión que os proponéis desempeñar en el ejercicio de vuestras nuevas funciones de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Japón: favorecer un entendimiento cada vez más estrecho y amistoso entre la Santa Sede y vuestro país, precisamente en un momento en que la Iglesia católica insiste, con renovado vigor, en la necesidad de la reconciliación y fraternidad entre los hombres.

Nos alegramos de escuchar este programa. Pone de manifiesto el elevado concepto que tenéis de vuestro cargo y autoriza a esperar toda clase de bienes para la misión diplomática de su Excelencia. En un mundo en el que el crecimiento económico y el progreso material parecen con mucha frecuencia ser el principal y único anhelo, es realmente importante que los esfuerzos de los responsables se unan para orientar esta búsqueda, en cierto sentido legitima, hacia la verdadera felicidad de las personas y de las colectividades, es decir, hacia el desarrollo en ellas de los más profundos valores humanos y espirituales. Nuestra sociedad necesita hoy día no sólo producir medios para vivir, sino descubrir de nuevo las razones por las que vivir.

Estamos seguro de que durante vuestra permanencia en Roma os sentiréis alentado para seguir por este camino. Recibid, pues, nuestros fervientes votos y estad seguro de nuestras oraciones por vuestras responsabilidades. Dignaos también transmitir a Su Majestad el Emperador Hiro Hito nuestra gratitud por sus tan apreciados votos, y hacerle saber la estima y simpatía que sentimos hacia el pueblo japonés sobre el que invocamos la asistencia de Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.6 p.11.

 

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