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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ÁRABE DE EGIPTO
 ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 13 de febrero de 1975

 

Señor Embajador:

Agradecemos a vuestra Excelencia las expresivas palabras que nos acaba de dirigir, al entregarnos las Cartas Credenciales. No dudamos que su misión de Embajador contribuirá a estrechar los lazos entre la Santa Sede y su país, y le damos de corazón nuestra bienvenida. Nuestro pensamiento se dirige al Presidente Mohamed Anouar El Sadat, a quien le rogamos transmita nuestros deferentes votos.

Al recibirle aquí, señor Embajador, recibimos también a todo el pueblo de la República Árabe de Egipto, al que miramos con simpatía y cuyas aspiraciones a una paz justa y durable escuchamos. Hemos sufrido y seguimos sufriendo por las dificultades que se han acumulado en el Oriente Medio desde hace ya tantos años, con sus consecuencias de dolor y violencia. ¿No estará quizá hoy el camino abierto a una superación razonable de los conflictos? Junto con vosotros, también nosotros estamos esperando sin cesar la aurora de la paz, que traerá a esas regiones el bienestar y la prosperidad.

Deseamos también al pueblo de Egipto que desarrolle los valores culturales y espirituales que constituyen la gloria de su larguísima historia. Vuestra Excelencia sabe hasta qué punto nuestros hijos católicos están dispuestos a continuar su colaboración en este terreno, con los medios a su disposición, contentos de poder aportar su contribución específica al bien de todo el país.

Y así como la Santa Sede desea que Egipto resuelva felizmente sus problemas, así también se interesa para que entre todas las naciones se instaure un clima de comprensión, de diálogo y, digámoslo, de cooperación en la búsqueda del auténtico progreso de la humanidad, que tiene tantos problemas capitales que resolver para su desarrollo. Mientras la paz sea precaria en el Mediterráneo, que ha sido desde hace tanto tiempo un crisol de civilización y de vitalidad religiosa, seguirá siendo también precaria en el mundo entero. Pero si logra establecerse, será una gran suerte para todos. ¿Quién no lo desea? En lo que nos toca, no ahorraremos ningún esfuerzo para contribuir a ella.

Rogamos al Dios Todopoderoso que escuche nuestra oración y nuestros votos, y que derrame sobre su país y sus dirigentes sus fecundas bendiciones.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.8, p.11.

 

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