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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LA FAMILIA SACERDOTAL
DE LA PONTIFICIA ACADEMIA ECLESIÁSTICA*

Sábado 1 de marzo de 1975

 

Nos alegra profundamente volver a recibir este año a la querida familia sacerdotal de la Pontificia. Academia Eclesiástica. Nos deseamos que sea un encuentro caracterizado por una gran sencillez, como de un padre con sus hijos, para estar con vosotros, alumnos que habéis comenzado o terminado los cursos que os preparan para el servicio de la Santa Sede en las Representaciones Pontificias; para expresaros Nuestras expectativas y esperanzas; para alentaros a las fatigas apostólicas que os esperan.

Porque se trata precisamente de esto: un apostolado realizado en el nombre de Cristo y de la Iglesia y que sólo el amor puede justificar y sostener; será un ministerio, una diakonía, orientada al bien de las comunidades eclesiales locales, en las que el Representante Pontificio y todos sus colaboradores son el punto visible de unión con la Sede de Pedro, Mater et Caput omnium Ecclesiarum: Madre y Cabeza de todas las iglesias, signo perceptible de la presencia del sucesor de Aquel a quien Jesús quiso como roca de la Iglesia, apoyo y elemento de cohesión, aliento de la fe de los hermanos: confirma fratres tuos: confirma a tus hermanos (Lc 22, 32). Como Nos dijimos en 1951, con ocasión del 250 aniversario de la fundación de vuestra institución, "la diplomacia se presenta como una forma de amor a los pueblos: y la escuela que les prepara es una escuela superior de caridad. Cuando Nos estábamos en el seminario nos enseñaban a amar a la parroquia, a amar a la diócesis. Aquí Nos enseñan a amar pueblos enteros, a extender el corazón, a ensancharlo con una magnanimidad verdaderamente romana, a abrir el espíritu considerando las naciones, los continentes, las historias más complejas, las formas más vastas de vida humana. Aquí la escuela dice al alumno: tú serás servidor de estas grandes, superiores, inmensas necesidades" (cf. Pablo VI a la Pontificia Academia Eclesiástica, 1965, pp. 49-50).

Esta es la amplitud de las tareas que os esperan; éste es el compromiso que hoy requiere de vosotros oración y estudio, para que vuestra mente se enriquezca con la sólida doctrina y con las ciencias necesarias, y para que tengáis el espíritu universal del apóstol que se hace todo a todos (cf. 1 Cor 9, 22), implorando especialmente de la divina gracia, mediante una profunda piedad eucarística, la ayuda que os sostenga en la perseverancia, hoy, de la preparación y, mañana, del sacrificio generoso y alegre de vosotros mismos por la Iglesia.

Que para esto os conforte la intercesión de María, "Madre de la Iglesia"; que a ello os aliente Nuestra benevolencia, que de nuevo Nos os expresamos de muy buen grado y de todo corazón, como la prenda de Nuestra bendición apostólica.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.10, p.9.

 

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