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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE NICARAGUA
ANTE LA SANTA SEDE*

Viernes 20 de junio de 1975

 

Señor Embajador:

En este acto solemne, en que Vuestra Excelencia nos presenta las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Nicaragua ante la Santa Sede, queremos ante todo agradecerle sus deferentes expresiones y darle nuestra cordial bienvenida, que, a través de su Persona, se alarga en una manifestación de paterno afecto para con todos los hijos de su noble País.

Desde el momento de este primer encuentro con Vuestra Excelencia, deseamos asegurarle que, por encima de las distancias geográficas, seguimos con interés y con esperanza las legítimas aspiraciones y las realizaciones del pueblo nicaragüense, justamente orgulloso de sus ricas tradiciones cívico-religiosas, que quiere mantener y desarrollar, con miras a un futuro mejor.

Vuestra Excelencia ha hecho alusión en su discurso a nuestros desvelos en favor de la paz y de la solidaridad para lograr el bien común de la humanidad. Ciertamente Nos hemos querido reservar a esta tarea un puesto importante en nuestras solicitudes y trabajos, a fin de favorecer ese «espíritu nuevo», que ha de animar la convivencia de los pueblos y que se funda en una nueva mentalidad acerca del hombre, de sus deberes y destinos (Cfr. nuestro Mensaje para la celebración de una «Jornada internacional de la Paz», 8 de diciembre 1967).

Y esta es la línea seguida por la Iglesia. Por eso ella, en el respeto profundo de las competencias propias del Estado y en fidelidad a su propia misión, recibida de Cristo, no dejará de poner todas sus energías al servicio de la constante promoción espiritual y humana (Cfr. Popolurum Progressio, 13), a la que también el pueblo de Nicaragua aspira con razón. Porque esa promoción integral en la justicia, y el disfrute tranquilo de los derechos inalienables que competen a la persona humana, son la base d’el orden estable, de la ,serena convivencia, de la creciente dignificación del hombre, sujeto de deseos superadores en lo humano y candidato a metas sublimes en lo divino (Cfr. Gaudium et Spes, 12; Octogesima Adveniens, 40).

Señor Embajador:

Al iniciar su alta misión ante la Santa Sede, deseamos asegurarle nuestra benevolencia para el feliz y fecundo desempeño de la misma. Le rogamos transmita al Señor Presidente de su País nuestro agradecimiento sincero por el saludo que ha tenido a bien enviarnos, y le pedimos, al mismo tiempo, que se haga intérprete de nuestro particular recuerdo hacia los amadísimos hijos de Nicaragua, sobre quienes invocamos del Altísimo la abundancia de sus dones.


*AAS 67 (1975), p.446-447.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. XIII, p.659-660.

L’Attività della Santa Sede 1975, p.15.

L'Osservatore Romano, 21.6.1975, p.1.

L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.26, p.8.

 

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