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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE
NUEVA ZELANDA

 ANTE LA SANTA SEDE
*

Viernes 11 de julio de 1975

 

Señor Embajador:

El envío de Vuestra Excelencia como Embajador de Nueva Zelanda demuestra una vez más el deseo mutuo de su Gobierno y de la Santa. Sede por trabajar juntos para mejorar las, situaciones que requieren nuestro interés y preocupación comunes. Nos agrada oír de usted la confirmación del compromiso de Nueva Zelanda en favor del reconocimiento de los derechos humanos de todos los pueblos y de la tarea de responder a las urgentes necesidades de las naciones en vías de desarrollo. Desde actitudes complementarias tanto su Gobierno como la Santa Sede, tratamos de cumplir los deberes que nacen de nuestras responsabilidades con principios y objetivos comunes, como Vuestra Excelencia acaba de decir. Apreciamos igualmente el reconocimiento que usted ha expresado no sólo por nuestros esfuerzos personales en favor de la paz internacional, sino también por la especial contribución de la Iglesia a la solución del problema de la paz, al ofrecer a los hombres una comprensión de los imperativos morales que deben guiarles en su búsqueda. Sólo esta actitud, creemos, puede garantizar la paz en un modo que nunca podría conseguirlo una consideración puramente pragmática de intereses temporales y políticos de corto alcance.

Sus referencias a la presencia de la Iglesia en su país son una fuente de satisfacción para nosotros. Nuestra garantía y nuestro único deseo son que la Iglesia esté siempre presente para servir, que se preocupe por los auténticos intereses de todos y que encuentre su motivación en ese amor desinteresado a todos que es el amor del Creador hacia la humanidad. Constituye, por tanto, nuestra esperanza sincera que, mientras Nueva Zelanda avanza hacia nuevos estadios de prosperidad y bienestar, su crecimiento en cuanto nación esté enriquecido y realzado por la presencia de la Iglesia.

Extendemos nuestros respetuosos saludos a las autoridades civiles de Nueva Zelanda e invocamos sobre ellos así como sobre todos los nuevo zelandeses las abundantes bendiciones de Dios Omnipotente.

Finalmente, deseamos a vuestra Excelencia éxito y felicidad en el cumplimiento de su misión.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.30, p.8.

 

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