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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS MIEMBROS DE LA SECCIÓN SOCIAL
DEL COMITÉ ECONÓMICO Y SOCIAL
DE LAS COMUNIDADES EUROPEAS*

Viernes 17 de octubre de 1975

 

Nos alegra recibir esta mañana a los miembros de la sección social del Comité Económico y Social de las Comunidades Europeas y os damos, señoras y señores, una cordial bienvenida.

Con interés nos hemos informado del tema de vuestra actual reunión. ¿Cómo no congratularse, ante todo, al ver que una sección de vuestro Comité se consagra enteramente al estudio de los problemas sociales de la comunidad? ¿No consiste vuestra tarea, que es de gran importancia, en favorecer paulatinamente la integración de perspectivas plenamente humanas en unos problemas que tienen el peligro de ser tratados desde un punto de vista exclusivamente económico? En la organización de la sociedad, en efecto, no hay que contentarse con paliar posteriormente las dificultades que derivan de la manera demasiado estrecha de abordar y tratar los problemas de las comunidades europeas. Sólo una preocupación directamente social permitirá realizar poco a poco el ideal que se encuentra inscrito en el título mismo de la comunidad.

En particular nos agrada comprobar que las autoridades que vosotros representáis buscan los mejores caminos para mejorar la suerte de los trabajadores emigrados y de sus familias. También nosotros, no lo ignoráis, nos hemos referido en varias ocasiones a estos graves problemas, originados por el desarrollo de unos en búsqueda de mano de obra, y el subdesarrollo industrial de otros que no disponen suficientemente de trabajo que ofrecer. Os felicitamos de la contribución que aportáis en este campo.

El punto más importante de vuestro programa nos parece el que se relaciona con la familia. Aunque esta última no entre directamente en las previsiones puramente económicas sino como una carga improductiva, estáis sin embargo persuadidos, por vuestra parte, de su urgencia tanto en el plano personal como en el colectivo. He aquí una tarea importante: asegurar de modo adecuado a los emigrantes la posibilidad de tener una vida familiar; permitirles, a ellos y a sus familias, como ya lo recordamos en nuestro mensaje de la Jornada de la Alfabetización, que entren en el mundo cultural del país que les acoge dejándoles, en todo caso, conservar su propia identidad cultural, sobre todo si al fin deben regresar a sus países de origen. Hoy muchos organismos, felizmente, se preocupan de todo esto: pensamos en las obras católicas para la emigración. Vosotros también tenéis una responsabilidad particular en el cuadro más general de las comunidades europeas. Os estimulamos de todo corazón y pedimos al Señor que bendiga cuanto hacéis por los que llegan a trabajar en vuestros respectivos países: que éstos encuentren allí una acogida digna de la comunidad de los hombres. Nosotros imploramos a la vez la bendición de Dios sobre todas vuestras familias.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.45 p.8.

 

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