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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN LA CONFERENCIA DE LA FAO*

Viernes 14 de noviembre de 1975

 

Señor Presidente,
Señor Director general,
señoras, señores:

Como Siempre recibimos con particular alegría a los miembros de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. ¡Tenemos una clara conciencia de la importancia de estos trabajos que reúnen a los responsables políticos y a los expertos del mundo entero, en torno a los problemas cruciales que condicionan la vida de los hombres! Esta sesión coincide además con el XXX aniversario de la FAO: nos sentimos feliz de renovar a esta Organización los votos fervientes y las confiadas esperanzas que personalmente le expresamos en su propia sede, hace cinco años.

La idea de un reajuste agrícola internacional, tema central de esta XVIII sesión, cae precisamente dentro de la intuición que presidió el nacimiento de vuestra Organización. Si en la actualidad trabaja al servicio de muchos con la fuerza tranquila de una necesidad y de una evidencia, ¿no es esto el más hermoso reconocimiento que puede tributarse a la calidad de la tarea ya realizada? ¿Y no es éste también el mejor estímulo para vosotros, en un momento en que las dramáticas y sucesivas señales de alerta, el sentimiento de la precariedad de la situación alimenticia mundial y del equilibrio económico general os confieren una nueva responsabilidad?

En el espacio de poco tiempo, toda una serie de Conferencias internacionales, al más alto nivel, han insistido sobre la necesidad de unas relaciones económicas internacionales más equitativas. Vosotros habéis contribuido a esta toma de conciencia. Os toca ahora desarrollarla y ayudar a que desemboque en realizaciones concretas coherentes en el campo de vuestra incumbencia. Vuestros estatutos y la experiencia, adquirida os sitúan en condiciones de primer orden para trabajar en esta tarea.

Efectivamente, con las investigaciones que estáis llevando a cabo, os interesáis directamente a la parte más numerosa y, con frecuencia, más despreciada y olvidada de la humanidad: el mundo rural, particularmente el del Tercer Mundo. Por lo demás, y esto puede parecer paradójico, la tarea económica elemental, que consiste en alimentar a los hombres, constituye un valioso regulador para toda la vida económica: ella pone el acento en el escándalo de los despilfarros, cuyo carácter intolerable perciben mejor las conciencias, cuando innumerables seres humanos mueren de hambre; orienta los esfuerzos hacia las necesidades verdaderas, allí donde muchas veces la economía está estimulada y desviada por las necesidades ficticias; invita a instaurar nuevas relaciones en la perspectiva de un verdadero servicio al hombre, de todos los hombres y de todo el hombre, en orden a su desarrollo integral.

Nos alegramos sinceramente de estas nuevas perspectivas que se abren ante vosotros. Os felicitamos por el trabajo ya realizado. La historia de las relaciones de confianza que no han cesado de desarrollarse entre vuestra Organización y la Santa Sede manifiesta de manera significativa el deseo de la Iglesia de reconocer con alegría y gratitud todo servicio hecho a los hombres, sobre todo en un campo tan fundamental como es el del pan cotidiano.

A su vez, la Iglesia aporta a toda actividad humana las luces y las energías del Evangelio. Sus enseñanzas acerca de la unidad de la familia humana, cuyos miembros, en. su totalidad, proceden de Dios, creados a su imagen y llamados a un solo y mismo fin que es el mismo Dios (cf. Gaudium et spes, 24), esclarece y corrobora lo que vuestra experiencia os hace descubrir cada vez con más evidencia: los problemas humanos, como el reajuste agrícola internacional y, más ampliamente, la creación de relaciones más equitativas entre las naciones, no pueden tener solución más que colocándolos en el marco de la solidaridad efectiva de toda la familia humana.

Esto no significa que deba imponerse un marco universal negando las solidaridades más particulares y buscando encerrar el esfuerzo humano en un modelo único de desarrollo. La solidaridad universal viviente se construye progresivamente partiendo de las solidaridades más inmediatas, en que los hombres y los pueblos desarrollan su personalidad según su creatividad propia, en un medio ambiente del que son responsables más directamente, en el movimiento de una historia que les permite recoger la herencia cultural de las generaciones pasadas y emplearla en construcciones nuevas. Vosotros sois muy particularmente sensibles a este enraizamiento en un territorio y en una historia: el respeto de los hombres y el deseo de eficacia se dan la mano para exigir que los pueblos vean reconocida la responsabilidad primera de su desarrollo y ante todo una autonomía creciente de sus productos alimenticios. Pero es importante abrir incansablemente los grupos particulares al horizonte de solidaridades más amplias, con el fin de liberar todas sus energías, multiplicar los intercambios de todo tipo, asegurar a los esfuerzos de todos coherencia y eficacia. Las poblaciones agrícolas ganarán insertándose dinámicamente en el movimiento general de la economía y de la cultura.

El "cuadro conceptual mundial'', del que hablan vuestros documentos, es pues en primer lugar una cuestión de mentalidad, un dinamismo interior de los hombres y los pueblos que ensancha el horizonte y les hace concebir y realizar sus objetivos en el medio portador de la solidaridad universal. Este movimiento que viene de dentro exige una verdadera conversión de los espíritus y la Iglesia trabaja por su parte en tal sentido. Pero se aprovisiona de energías nuevas para desarrollarse, cuando la solidaridad universal logra tomar cuerpo en las instituciones comunes, con orientaciones comunes. Vosotros sois una de esas instituciones que expresa ya algo de la unidad de la familia humana. Deseamos que los trabajos de vuestra XVIII sesión os permitan deducir orientaciones capaces de hacer progresar la solidaridad humana en la lucha común contra el hambre y para el desarrollo. Esa será vuestra valiosa colaboración a la edificación de la comunidad humana. Ella exige que la búsqueda de estructuras más justas se encuadre dentro de una voluntad política de paz y de fraternidad, ambas alimentadas y guiadas por convicciones consolidadas sobre la inconmensurable dignidad de la persona humana, ya que ésta merece nuestros esfuerzos tenaces y encubre, cuando se la respeta en su libertad, una creatividad capaz de dominar los grandes problemas de nuestro tiempo.

Por nuestra parte, os ofrecemos para esta gran obra humana los recursos inagotables del Evangelio, los cuales, durante el Año Santo han desplegado nuevas fuerzas de reconciliación: enraizando más a los cristianos en Dios y haciéndoles probar una experiencia renovada de su fraternidad en Dios, la experiencia espiritual que se vive aquí y que, proyectándose sobre el mundo, hace a los hombres más aptos para situar sus esfuerzos en la perspectiva de la unidad de la familia humana reconciliada en nuestro Señor Jesucristo.

Tal es la contribución de la Iglesia, tal es el sentido de nuestra oración. Al Dios y Padre de todos los hombres pedimos que os asista en la ardua tarea que os incumbe al servicio de la humanidad: para que la tierra produzca sus frutos en abundancia y para que estos frutos lleguen a todos.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.48, p.9, 10.

 

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