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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA FESTIVIDAD
DEL APÓSTOL SANTIAGO, PATRONO DE ESPAÑA

Domingo 25 de julio de 1976

 

Queridísimos hijos españoles,

La celebración de la festividad del Apóstol Santiago, Patrono de España, punto culminante del Año Santo Compostelano, despierta en nuestro corazón un deseo incontenible de hacernos presente en medio de vosotros, para compartir vuestro gozo, alentar vuestras esperanzas y haceros sentir nuestra cercanía afectuosa, sobre todo en este día memorable.

Quisiéramos que al penetrar en vuestras casas la palabra y la imagen del Papa, se convirtieran en un saludo singular para cada hogar y cada persona, en un encuentro de familia que en Cristo halla el fundamento de una sublime permanencia, en un intercambio de sentimientos que testimonian una íntima comunión. Y si a todos se extiende nuestra paterna benevolencia, queremos asegurar a quienes experimentan la enfermedad, el dolor, la tristeza o la necesidad, que a ellos reserva el Papa su primer recuerdo, su oración y su palabra de conforto.

Durante los meses pasados hemos ido siguiendo con viva atención las noticias referentes al desarrollo del Año Santo Jacobeo. Sabemos pues bien que, siguiendo las huellas del Jubileo romano, y haciendo honor a su tradición plurisecular, Compostela está siendo -como lo fuera desde antiguo- meta de un multiplicado aflujo de fieles, peregrinos a la búsqueda de Dios y del amor avivado para con los hermanos.

Dejádnoslo decir: esto nos está produciendo una profunda alegría. ¡Cuántas veces nuestra vista se ha extendido, vivamente complacida, al espectáculo de tantas almas que buscan la fuente renovadora de su juventud interior, anhelantes de reconfirmar su impulso hacia lo noble, testimonios vivos del culto a valores que no trasnochan y que subliman la existencia del hombre, le infunden nuevas energías y se trasforman en reservas enriquecedoras para toda la sociedad.

Habéis llegado ahora, amados hijos, al punto central del Jubileo, ciertamente con realizaciones concretas de abundantes frutos de gracia. Esto es hermoso, es digno de encomio; pero nuestra palabra no puede menos de resonar a la vez con acentos de ilusionado empuje hacia adelante, hacia la actualización más completa de las esperanzas depositadas en este Año de renovación de los espíritus. El debe dar paso a una pléyade de hombres trasformados en la novedad de Cristo, comprometidos eficazmente en la vida cristiana, decididos a aplicar el Evangelio a la tarea de cada día, en una animación inteligente y previsora del importante momento histórico que estáis viviendo y que exige grandes reservas de visión solidaria, fraterna, y de generoso entendimiento de cara al futuro. Se trata de una empresa común, que debe hallar inspiración y aliento en vuestro rico y secular patrimonio religioso. Es todo un programa que se abre a vuestra iniciativa de ciudadanos y de cristianos.

Permitidnos ahora que, antes de concluir este íntimo coloquio, dirijamos un cordialísimo recuerdo a todos nuestros Hermanos en el Episcopado, en especial al Señor Arzobispo de Santiago de Compostela Monseñor Ángel Suquía, a los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y miembros de las asociaciones de apostolado de España, secciones privilegiadas del Pueblo de Dios y a Nos, por ello, especialmente queridas.

Reservamos también nuestro deferente saludo a Su Majestad el Rey y a su Familia, así como a las Autoridades nacionales, provinciales y locales, que han querido rendir con su presencia un tributo de devoción al Patrono de España.

Al mismo Apóstol Santiago encomendamos todas vuestras intenciones, junto con nuestros mejores votos de fidelidad constante al espíritu cristiano, de serena y fraterna convivencia superadora de toda división, de verdadero desarrollo en la paz y libertad de Cristo. Con estos sentimientos, que hacemos plegaria por vosotros, bendecimos de corazón a España entera, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

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