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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
ANTE LA SANTA SEDE*
Lunes 27 de septiembre de 1976
Señor Embajador:
En estos momentos en los que nos presenta las Cartas que lo acreditan como
Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Argentina ante la
Santa Sede, nuestra primera palabra quiere ser para dar a Vuestra Excelencia
nuestra cordial bienvenida, desearle un feliz desarrollo de la alta misión que
hoy inicia y asegurarle nuestra benévola colaboración en el cumplimiento de la
misma.
La presencia de Vuestra Excelencia en esta sede, nos hace pensar, con
renovada viveza, en un País lejano geográficamente, pero entrañablemente cercano
a Nos: Argentina, parte señalada de nuestra constante premura y objeto
permanente de nuestro afectuoso recuerdo.
Si «la preocupación por todas las iglesias» (Cfr. 2 Cor. 11, 28) es un
deber de nuestro ministerio, no podía menos de dirigirse hacia una importante
porción del Pueblo de Dios que requiere, en las delicadas vicisitudes que
atraviesa, atención creciente y cuidado ininterrumpido. Es la respuesta que Nos,
la Santa Sede y la Iglesia debemos dar a la llamada expectante del pueblo
argentino que -como Vuestra Excelencia ha indicado- siente a la Iglesia como
algo consustancial a su vida, a su patrimonio nacional, a sus valores más
caracterizantes.
En efecto, la fe individual y colectivamente vivida por los argentinos, así
como la actividad secular de la Iglesia en Argentina han dejado huellas pro un f
das, cuyo benéfico influjo social es vivamente sentido, no sólo como plasmación
histórica concreta, sino como latido de presente e impulso elevador de cara al
futuro.
Hoy como ayer, la Iglesia, fiel a su misión y en el ámbito de su competencia,
seguirá prestando su ayuda desinteresada al pueblo argentino, solidaria con sus
aspiraciones de superación, colaboradora en cuantas iniciativas promuevan una
mayor dignidad de las personas o favorezcan su marcha hacia metas más altas,
temporales o espirituales. En este cometido evangelizador y humanizante la
Iglesia en Argentina no desea privilegio alguno; se contenta con poder servir a
los fieles y a la comunidad civil en un clima de serenidad, de respeto y de
seguridad para todos.
A este respecto, como Padre común, no podemos dejar de participar
intensamente en la pena de todos aquellos que han quedado consternados ante los
recientes episodios, que han costado la pérdida de valiosas vidas humanas,
incluidas las de diversas personas eclesiásticas. Hechos estos, acaecidos en circunstancias que todavía esperan una explicación
adecuada. Al mismo tiempo, deploramos vivamente este aumento de ciega violencia
que en los últimos tiempos ha turbado de manera grave la vida del pueblo
argentino, con razón anhelante de paz y de concordia.
Señor Embajador: En esta ocasión solemne queremos formular nuestros mejores
votos -que se hacen plegaria ferviente- por Argentina. Pueda este noble País, de tan hermosa tradición y tan rico de energías,
encontrar el camino de la concordia y de la paz interna. Pueda así avanzar -como
de todo corazón lo deseamos- por las sendas del progreso en la justicia, en el
constante respeto de los derechos básicos de las personas, en fidelidad efectiva
a sus valores cristianos. Y pueda ello conducirlo a ocupar el puesto de relieve
que le corresponde en el concierto mundial de las Naciones y del continente
americano.
Rogamos, finalmente, a Vuestra Excelencia que se haga intérprete de estos votos
y sentimientos nuestros ante las Autoridades y todo el querido pueblo de
Argentina, sobre el que imploramos sin cesar copiosas bendiciones del cielo.
*AAS 68 (1976), p.615-617. Insegnamenti di Paolo VI, vol.
XIV, p.751-752. L’Attività della Santa Sede 1976, p.249-250. L'Osservatore Romano
27-28.9.1976, p.1.
ORe. n.40 p.2. |