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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE FRANCIA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 30 de septiembre de 1976

 

Señor Embajador:

La cordialidad de sus palabras, el optimismo del que ellas hacen gala y la alta consideración que Vd. tiene para con la misión de la Santa Sede y de la Iglesia, nos producen viva satisfacción. De todo corazón le damos las gracias por este su testimonio y le confiamos el encargo de manifestar al Presidente de la República Francesa nuestro agradecimiento por los nobles sentimientos de los que Vd. se ha hecho intérprete.

Sus palabras encuentran en nosotros un eco tanto más profundo cuanto que nuestra mirada se ha fijado siempre con simpatía y confianza en el país al que Vd. representa. Pues no sólo veneramos la irradiación de tantos de sus hijos en el pasado, sino que además nos interesa muchísimo la aportación actual de su pueblo tanto a la comunidad mundial como a la vitalidad de la Iglesia. Todo lo que contribuye o contribuya en el futuro a hacer progresar el espíritu humano en su búsqueda de la cultura, y aún con mayor razón, de la sabiduría y de los valores supremos; todo cuanto contribuya a hacer respetar la vida y la dignidad humanas bajo todas sus formas, a moderar la carrera hacia el bienestar mediante una solidaridad efectiva con los más desposeídos, y a solucionar los nudos conflictivos allí donde se hallan peligrosamente en tensión, a substituir por perspectivas de desarrollo la proliferación de las armas, a favorecer el esfuerzo de las naciones jóvenes, a promover la ayuda mutua en vez del replegamiento sobre uno mismo, la comprensión, la distensión, y en una palabra, la verdadera paz, todo esta honra a un país, se granjea la aquiescencia y el aliento de la Iglesia y alimenta la esperanza de los hombres. Hemos apreciado en gran medida la forma como Su Excelencia acaba de calificar esta esperanza: "substituir las causas de división entre los hombres con las razones de su encuentro". Esto vale para las naciones que están sentadas en la mesa de las conferencias internacionales y el aún más válido para los pueblos de Europa, que tienen que ofrecer un testimonio específico en estos campos, y tenemos la satisfacción de conocer las preocupaciones que siente en éste punto Francia y su Gobierno.

Deseamos para vuestros compatriotas aquella calidad de vida, aquella calidad de bienestar a la que ellos aspiran, y que serán fruto de su creatividad, de su solidaridad nacional y de su adhesión a los valores humanos y espirituales. Una civilización sólo es grande por su alma. Y en este punto, estamos seguro de que los católicos convencidos pueden ofrecer una aportación de primera categoría. Hechos recientes han demostrado el interés e incluso la pasión de un amplio porcentaje de la opinión pública por los problemas de la Iglesia. Ojala que nuestros hijos de Francia, que conocen nuestro afecto, puedan responder dignamente a estas esperanzas, mediante la profundidad de su fe, su rectitud moral, su generosidad evangélica, su coherencia con la Tradición viviente de la Iglesia, en comunión con sus obispos y con esta Santa Sede Apostólica, garantía y signo de la unidad para todos los discípulos de Cristo.

De esta vitalidad de la Iglesia y de los esfuerzos particulares de la Santa Sede, Vd. será a partir de ahora un testigo atento, de la misma manera que será el portavoz de su Gobierno. Formulamos nuestros mejores deseos a favor de esta su misión. También a favor de su querido país y de sus responsables, imploramos los beneficios y la asistencia de Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.42, p.8.

 

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