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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL PRESIDENTE DE VENEZUELA*

Sábado 20 de noviembre de 1976

 

Señor Presidente,

Con verdadero placer damos hoy a Usted nuestra más cordial bienvenida, en esta ocasión de la primera visita oficial de un Presidente de Venezuela a la Santa Sede.

En esta circunstancia memorable querríamos ante todo rendir, a través de vuestra Persona, como Supremo Magistrado de la Nación, nuestro tributo de deferente homenaje, de profunda admiración y de particular estima a un País, al que la Santa Sede se siente tan íntimamente unida por lazos especiales.

Se trata de una vinculación que toca las esferas más entrañables de un pueblo, que se adentra dinámicamente en su historia, en su configuración peculiar, en las manifestaciones de ese umbral recóndito en el que el ser humano se supera a sí mismo, invitado a metas superiores.

Sabemos muy bien que Venezuela, país de honda huella cristiana, de rica tradición y grandes esperanzas, en vías de alcanzar una madurez de gran Nación moderna, está empeñada generosamente en el esfuerzo de hacer fructificar, como lo exigen los nuevos tiempos, todas las riquezas de que con largueza le dotó el Creador. Y vemos con satisfacción cómo el País, coherente con sus tradiciones históricas y espirituales, trata de inspirar su acción en un programa de bienestar civil integral, que colme plenamente las legítimas y más hondas aspiraciones de la persona y de la comunidad.

En este sentido merecen justo reconocimiento los esfuerzos encaminados a extender el progreso, no sólo técnico o económico, sino moral, cultural y social a todos los grupos humanos y, en particular, a aquellos que tienen mayor necesidad de ayuda y asistencia, como los indígenas y los inmigrantes, a quienes Venezuela quiere tratar siempre con una generosidad digna del mejor agradecimiento.

Ese esfuerzo ennoblecedor, que plantea a los responsables de la cosa pública problemas difíciles por su amplitud e incidencia en la convivencia ciudadana, y que busca alargarse sin discriminación alguna a todos los sectores comunitarios, es justo que no se agote en la obligada y solícita búsqueda de unos niveles superiores de vida social, sino que se abra a esos horizontes amplios en los que el hombre, verdadera y plenamente tal, libre de condicionamientos y lastres que impiden su dignificación progresiva, dilate sus facultades espirituales y se eleve hacia Dios.

Sólo de esta manera podrá el ser humano, potenciado por un impulso religioso perennemente válido, realizarse integralmente como individuo y contribuir, de manera verdaderamente cónsona con su dignidad, al bien de la sociedad en la que discurre su existencia concreta.

Por otra parte, es claro que cuando la Iglesia y Nos mismo reiteramos la adhesión a estos principios que brotan de una sana concepción de la antropología humana y cristiana, no hacemos sino poner bases sobre las que se construye la superación de los individualismos egoístas, de la insolidaridad esterilizante, de esas actitudes que impiden al ciudadano entregarse eficazmente al bien común, sintiéndose miembro responsable y libre de la sociedad. Porque sólo en ese justo clima de libertad responsable adquiere el hombre su dimensión total, ya que «la verdadera libertad es signo eminente de la Imagen divina en el hombre» (Gaudium et Spes, 17).

Este esfuerzo convergente, humano y cristiano, es el que ha de conducir, así lo esperamos y por ello hacemos votos, a un afianzamiento del sentido moral, privado y público, en Venezuela; a una elevación prioritaria de los más necesitados, a una consolidación y unión de la familia, pieza clave de una sociedad estable, a un ordenamiento general en el que la justicia y la solidaridad estén a la base de toda la vida cívica.

Señor Presidente: acepte, desde este momento, la expresión de nuestra complacencia y gratitud más sinceras por su visita, de la que esperamos frutos permanentes para la sociedad y la Iglesia en su País, mientras invocamos para Usted, para las Autoridades y pueblo venezolanos la luz y asistencia del Todopoderoso.


*AAS 68 (1976), p.724-726.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. XIV, p.956-958.

L’Attività della Santa Sede 1976, p.319-320.

L'Osservatore Romano 21.11.1976, p.1.

L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.48 p.9.

                           

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