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DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A UN GRUPO DE PEREGRINOS ARGENTINOS


30 de marzo de 1939

 

Bienvenidos, amados hijos e hijas, a la casa del Padre de la Cristiandad tan distante de vuestra lejana Patria Argentina. Aunque, a decir verdad —y prescindiendo ahora de las maravillas de los modernos medios de comunicación que van suprimiendo las barreras del tiempo y del espacio, diríase que obedientes a la gran idea de la unidad de la Iglesia—, para el amor del Padre común, no hay más lejos ni más cerca; todos los hijos le quedan igualmente cerca. Vosotros, además, Nos sois ya conocidos. Hemos de agradecer a la divina Providencia el que tuviera a bien llevarnos a vuestra Patria, a ser testigos de vuestra fe, de fervor ardiente y claridad y expresión verdaderamente argentinas. Lo que más llega a consolarnos es el hecho, a Nosotros por varias partes referido, de que aquella imponente e inolvidable explosión religiosa que se llama ya El Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires no se redujera a una mera fulguración fugaz, sino que fue brasa que se mantiene viva, y mejor, germen que, en tierras tan proverbialmente fértiles como son las vuestras, está produciendo año tras año nuevos y abundantes frutos —siempre bajo los desvelos pastorales de los Señores Obispos, al primero de los cuales, que hoy celebra el vigésimo aniversario de su consagración episcopal, Le tenemos aquí presente: Verdadero «pastor animarum vestrarum», y según el corazón del divino Buen Pastor.

¡Señor Cardenal Primado! Sed portador de nuestros saludos y Nuestra afección más íntima a vuestros hermanos en el Episcopado, a los nobles Gobernantes que laboran por el bien de la Patria, al Pueblo Argentino todo. En señal de la unión íntima de vuestro Pueblo con el Vicario de Jesucristo, y en prenda de las gracias copiosas y del amor ubérrimo de Jesús, os damos a vosotros, y en vosotros a vuestros seres más queridos y a todo el Pueblo Argentino, muy de corazón, la Bendición Apostólica.

 

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