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DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A LOS MIEMBROS DEL SACRO COLEGIO Y DE LA PRELATURA ROMANA CON MOTIVO DE LAS FELICITACIONES DE NAVIDAD


24 diciembre de 19
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Bases indispensables del nuevo orden

1. Gracias venerables hermanos y queridos hijos, gracias os decimos, con toda la efusión de nuestro corazón, por el caro don de vuestra presencia en esta vigilia de la santa Navidad; gracias con conmovido e íntimo reconocimiento, por vuestras nobles felicitaciones y por vuestras fervorosas oraciones pro Ecclesia et Pontifice, felicitaciones y oraciones cuyo interprete, tan autorizado como elocuente, ha sido el venerado decano del Sacro Colegio, tan próximo a nuestro corazón y tan digno de nuestra estima y de nuestro afecto Esta riqueza de los dones navideños desciende a nuestro ánimo tanto más suave cuanto más dolorosos son los tiempos que vivimos.

2. Que os respondan nuestros sentimientos paternos, nuestros deseos, acompañados y avivados con fervorosas preces a Dios, por las próximas fiestas de Navidad y Año Nuevo; a vosotros, a quienes el Señor, en su benigna providencia, ha llamado para ser a nuestro lado consejeros sabios y fieles, probados y prestos al servicio del dominicus grex; a vosotros, que, miembros de la Curia romana, sentís y comprendéis profundamente la alta misión de colaborar y participar, cada uno en su propio oficio y en su propia esfera, en la universal solicitud pastoral del Vicario de Jesucristo.

3. Sobre todos juntos y sobre cada uno de vosotros en particular, ministros y custodios de la civitas supra montem posita (Mt 5, 14), sobre todos vosotros, a quienes más que a otros corresponde apropiarse y practicar el aviso del Señor: Luceat lux vestra coram hominibus (Mt 5, 16), Nos imploramos del eterno y supremo Sacerdote, en una época tan grave en acontecimientos para la Iglesia y para las almas a ella confiadas, lo que El mismo pedía al Padre para sus apóstoles en una hora tan solemne como santa: «Padre Santo, guárdalos en tu nombre...; no ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal...; santifícalos en la verdad» (Jn 17, 11,15,17 ).

4. Esta mañana, venerables hermanos y queridos hijos, la admirable liturgia de la santa Iglesia ha levantado los ánimos de sus sacerdotes con las grandiosas palabras del martirologio romano: «En el año setecientos cincuenta y dos de la fundación de Roma, en el año cuarenta y dos del imperio de Octaviano Augusto, puesto todo el orbe en paz..., Jesucristo, Dios eterno e Hijo del Padre Eterno, queriendo consagrar el mundo con su venida de piedad, concebido del Espíritu Santo..., nace, en Belén de Judá, de la Virgen María, hecho hombre» (Martirologio Romano, día 25 de diciembre.).

5. Cuando el tono solemne de este alegre mensaje que une a Roma con Belén y el piadoso nacimiento del Salvador del mundo con el recuerdo del nacimiento de aquella excelsa Roma que, en su más alto y sacro destino, no por la gloria de las armas, sino por las victorias de la gracia divina, «igualará el imperio con la tierra, y las almas con el Olimpo (Virgilio, Eneida VI 782-783); cuando este anuncio solemne de la venida del Rey celestial, en la edad en que todo el orbe estaba puesto en paz, resuena de nuevo en los oídos de los fieles de Cristo, despierta y suscita en millones de almas, de todos los pueblos y naciones, la memoria de la redención del pecado. Como una divina sinfonía universal, de todas las lenguas sube al cielo un himno de júbilo, un canto de adoración de corazones humildes y agradecidos: Cristo nos ha nacido; venid, adorémosle (Canto litúrgico navideño: Adeste fideles). ¡Himno inmortal de libertad de los desterrados hijos de Eva! Los cuales casi llegan a olvidar el dolor del paraíso perdido por la culpa de los primeros padres; las espinas y zarzas que en la tierra, profanada por el pecado, germinan desde la caída de Adán; y en el pesebre de Belén, ante el celeste Niño y ante la Virgen Madre del recién nacido Emmanuel, se postran en el polvo, conmovidos y llenos de santo estupor por los admirables designios de la Providencia divina.

6. La santa alegría por el nacimiento del Señor, el intimo gozo que surge como propio latido de los fieles de Cristo, no dependen ni pueden quedar disminuidos o turbados por los acontecimientos exteriores; el gozo navideño, que los colma plenamente de felicidad y de paz, tiene raíces tan profundas y alcanza cimas tan altas, que no puede ser anulado por la tormenta de ningún acontecimiento terreno, ya se mueva el mundo en paz, ya esté en guerra. La consoladora verdad de las palabras del Señor: «Vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará vuestro gozo» (Jn 16,22), ¿quién la podrá sentir y experimentar mejor que aquel que, con el corazón sincero, con la voluntad purificada y el alma abierta, escucha el himno de paz a los hombres de buena voluntad, dirigido a la tierra desde el pesebre, primera cátedra del Verbo divino encarnado?

7. Quien penetra el sentido de este himno, quien ha gustado una gota al menos del suave néctar de verdad y de amor que encierra, sabe dónde encontrar refugio en medio del desordenado desarrollo de los acontecimientos, de las penas y de las angustias de la presente época, tan tempestuosa; y se mantendrá igualmente alejado tanto de un inconsciente optimismo, que prescinda de la realidad, como de la tendencia todavía menos apostólica, que inclina a un pesimismo perezoso y deprimente. ¿No sabe acaso que la vida y la actividad de la Iglesia, al igual que la vida y la actividad del Redentor, están siempre acechadas por los satélites del celoso y temeroso poder herodiano? Pero tampoco olvidará que la misteriosa estrella de la gracia brilla desde el cielo y tornará a brillar en las almas, anhelantes junto a la cuna de Dios, para conducirlas del error a la verdad, del desvarío a la fe en Cristo Salvador.

El cristiano ante la situación del mundo

8. Consciente de la tenebrosa audacia del mal desbordado en esta vida, el verdadero seguidor de Cristo experimenta en sí vivo estímulo para mayor vigilancia tanto sobre sí mismo como sobre sus hermanos en peligro. Seguro como está de la promesa de Dios y del triunfo final de Cristo sobre sus enemigos y los de su reino, se siente interiormente robustecido contra las desilusiones y fracasos, derrotas y humillaciones, y puede comunicar igual confianza a todos aquellos a quienes se acerca en su ministerio apostólico, convirtiéndose de esta manera en su baluarte espiritual, mientras da ánimo y ejemplo a cuantos se hallan tentados a ceder o a desanimarse frente al número y la potencia de los adversarios. Y ¡sean dadas gracias infinitas al Señor! Porque también hoy la Iglesia no anda escasa de semejantes almas santas y fuertes —ya provengan del círculo del clero, ya de los núcleos de seglares—, las cuales, con un gran heroísmo, ignorado las más de las veces por el mundo, con una fidelidad que jamás vacila en medio de otros que caen en la pusilanimidad y debilidad, ponen en práctica la exhortación del profeta: «Fortaleced las manos desfallecidas, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los tímidos de corazón: Esforzaos y no temáis. He aquí que vuestro Dios traerá venganza, expiación de Dios; Dios mismo vendrá y os redimirá» (Is 35, 3-4)..

9. Pero entre los cristianos no faltan algunos que, bajo el peso cotidiano de los sacrificios y las pruebas de toda clase, en un mundo que se aleja de la fe y de la moral, o al menos del fervor de la fe y de la moral cristiana, van perdiendo aquel vigor espiritual, aquella alegría y seguridad —así en la práctica interior de la fe como m la profesión pública de ésta— sin las que no puede sostenerse ni durar largo tiempo un verdadero y vital sentire cum Ecclesia. Los veis quizás a veces, aun sin que ellos lo adviertan, caer víctimas y hacerse intermediarios de concepciones y teorías, de pensamientos y prejuicios que, nacidos en círculos extraños y hostiles al cristianismo, vienen a acechar a las almas de los creyentes. Los caracteres de esta clase hasta sufren al ver a la Madre Iglesia —a la que en el fondo querrían permanecer fieles— incomprendida ante el pretorio de Pilatos o vestida de burla entre los esbirros de Herodes. Creen en el misterio de la cruz, pero se olvidan de aplicarlo a nuestros días. En las fúlgidas y consoladoras horas del Tabor se sienten cercanos a Cristo; en las tristes y oscuras horas de Getsemaní se convierten con harta facilidad en imitadores de los discípulos durmientes. Y cuando las autoridades de la tierra recurren a su poder externo, a semejanza de lo que los ministros del sanedrín hicieron con Jesús, los veis substraerse con tímida fuga o, lo que es igual, rehuir de las resoluciones francas y valerosas.

10. Todo este inconsistente vacilar, venerables hermanos y queridos hijos, no puede ni debe maravillarnos o turbarnos; mucho menos puede llevarnos a olvidar la ejemplar fortaleza de alma y la conmovedora fidelidad con que innumerables hijos nuestros, gracias al auxilio divino, se mantienen adheridos y unidos, más tenaces que todas las tempestades, a la firme piedra de su fe y a la Iglesia de Dios, tutora, depositaria e infalible maestra de la verdad. Y por esto, con conmovida gratitud al Altísimo y con paterna satisfacción por la corona de tantos y tan nobles hijos de toda condición y clase, no dudamos en afirmar que la conciencia, el fervor, la entrega incondicional y sincera a Cristo y a su reino son virtudes que crecen visiblemente en tantos y tantos, precisamente allí donde la profesión cuesta sacrificios, nunca antes reconocidos.

11. Pero, cualquiera que haya de ser la relación, sólo de Dios conocida, entre victorias y derrotas, entre almas que se ganan y almas que se pierden, no es menos verdadero e indudable que la condición exterior e interior de la época presente origina y presenta al apostolado exigencias gigantescas, no sólo durante el transcurso de esta formidable guerra, sino todavía más en aquél día en que terminadas las hostilidades, los pueblos deberán dedicarse a sanar las profundas llagas de una amarga herencia, social y económica cuando las naciones envueltas en la guerra salgan de ésta con heridas espirituales, necesitadas como nunca de un cuidado asiduo y vigilante, que sirva para evitar y disminuir sus perniciosos efectos.

12. Con trágica y casi fatal persistencia, el conflicto, una vez desencadenado, prosigue por su camino ensangrentado, acumula ruinas, no perdona templos venerables, monumentos insignes, hospitales de caridad, y, en el fácil olvido de las normas de humanidad, en el desprecio de las costumbres y convenciones bélicas, llega a veces a tales extremos, que una época menos perturbada y agitada que la nuestra pondrá un día estas vicisitudes entre las páginas más dolorosas y oscuras de la historia del mundo27.

13. Nuestro pensamiento corre con angustia al momento en que la tristísima crónica de tantos sufrimientos —de cuerpos desgarrados, hambrientos, enfermos, dispersos—, crónica hoy ignorada o sólo en parte conocida, será publicada íntegramente. ¡Pero lo que sabemos ahora basta ya para oprimir y desgarrar el corazón! Con referencia a las mujeres y a las madres de más de una nación, nos parece oír resonar el angustioso grito del profeta que la sagrada liturgia recuerda durante la octava de la santa Navidad: «En Rama se oyó una Voz, llanto y gran lamentación: era Raquel, que lloraba a sus hijos, y no quería ser consolada, porque ya no existen» (Mt 2, 18).

14. Pero entre tantas desgracias derivadas del cruel conflicto, una especialmente ha pesado desde el primer momento y pesa todavía sobre nuestro corazón: la de los prisioneros de guerra, que nos resulta tanto más aguda cuanto menor ha sido la posibilidad, consentida a nuestra paternal solicitud, de correr en su ayuda allí donde mayor es el número y más conmovedora la miseria de los que invocan eficaz socorro y consuelo. Acordándonos de cuanto Nos mismo, en el augusto nombre del Sumo Pontífice Benedicto XV, de feliz memoria, pudimos hacer durante la guerra anterior para aliviar las penas materiales y morales de numerosos prisioneros, esperábamos que también esta vez quedase abierto el camino a las iniciativas religiosas y caritativas de la Iglesia.

15. Sin embargo, si en algunos países se ha visto frustrado nuestro intento, no siempre ha sido vano nuestro esfuerzo, puesto que hemos podido hacer llegar, al menos a una parte de prisioneros polacos, no pocas pruebas materiales y espirituales de nuestro interés; otras, y más frecuentes, a los prisioneros e internados italianos, especialmente en Egipto, en Australia y en el Canadá.

16. Ni hemos querido que este santo día de Navidad alborease alegre sobre el mundo sin hacer llegar, por medio de nuestros representantes, a los prisioneros ingleses y franceses en Italia, alemanes en Inglaterra, griegos en Albania e italianos esparcidos por las diversas tierras del Imperio británico, principalmente en Egipto, en Palestina y en la India, algunas pruebas que les sirviesen como testimonio de nuestro recuerdo consolador y de nuestra bendición.

17. Deseosos, además, de hacer nuestra el ansia de las familias preocupadas por la suerte de sus familiares alejados e infelices, hemos iniciado un trabajo de no pequeña importancia, que estamos desarrollando con toda actividad, para pedir y transmitir noticias, donde mayores sean las dificultades, no sólo de muchísimos prisioneros, sino también de los prófugos y de cuantos se hallan tristemente separados de su patria y de su hogar por las calamidades presentes. De este modo hemos podido sentir palpitar millares de corazones junto al nuestro, con el conmovido tumulto de sus más íntimos afectos en la anhelante tensión y en la grave pesadilla de la incertidumbre, en la gozosa alegría de la seguridad recuperada, en la profunda pena y sufrida resignación por la suerte de sus seres queridos.

18. Ni menor consuelo nos ha sido haber podido confortar, con la asistencia moral y espiritual de nuestros representantes o con la limosna de nuestros recursos, a un gran número de prófugos, de expatriados, de emigrados, aun entre los «no arios»: a los polacos ha podido llegar especialmente generoso nuestro socorro, así como a aquellos para los que la ayuda caritativa de nuestros hijos de los Estados Unidos de América nos facilitaba grandemente nuestro paterno interés.

Proceso de transformación

19. Hace ahora un año, venerables hermanos y queridos hijos, hicimos Nos, desde este lugar, algunas declaraciones de principios sobre los presupuestos esenciales de una paz conforme a los principios de justicia, de equidad y de honor, tal que pudiera ser duradera. Y si el sucesivo desarrollo de los acontecimientos ha retrasado para tiempo más lejano su realización, los pensamientos expuestos entonces nada han perdido de su intrínseca verdad y de su exacto ajuste a la realidad, ni de su valor como obligación moral.

20. Hoy nos encontramos en presencia de un hecho que tiene una notable importancia sintomática. De las polémicas apasionadas de las partes beligerantes sobre los fines de la guerra y sobre la regulación de la paz, surge cada vez más clara una especie de communis opinio, que afirma que tanto la Europa anterior a la guerra como sus públicas instituciones se encuentran en un proceso de transformación tal, que parece señalar el comienzo de una nueva época. Europa y el orden de los Estados, se afirma, no serán lo que fueron antes; algo nuevo, mejor, más desarrollado, orgánicamente más sano y libre y fuerte es lo que debe sustituir al pasado, para evitar los defectos, la debilidad, las deficiencias, que se dicen haber aparecido manifiestamente a la luz de los recientes acontecimientos.

21. Es verdad que las diversas partes discrepan en las ideas y en los fines; concuerdan, sin embargo, en la aspiración a un nuevo orden y no consideran posible o deseable una pura y simple vuelta a las condiciones anteriores.

22. Ni vale para explicar suficientemente semejantes corrientes y sentimientos la mera rerum novarum cupiditas, el mero afán de novedades. A 1a luz de las experiencias de esta época de agobio, bajo la abrumadora presión de los sacrificios que requiere e impone, nuevas ideas y nuevas aspiraciones nacientes se apoderan de las mentes y de las almas. Un reconocimiento luminoso de las deficiencias actuales. Una aspiración resuelta hacia un ordenamiento que ponga en seguro las normas jurídicas de la vida estatal e internacional. Que esta ansia acuciante se haga sentir con mayor agudeza entre los dilatados grupos de quienes viven con el trabajo de sus manos, obligados siempre, tanto en paz como en guerra, a gustar más que nadie la amargura de los desacuerdos económicos, estatales o internacionales, nadie podrá maravillarse de ello; menos todavía se sorprenderá la Iglesia, que, madre común de todos, siente y comprende mejor el grito que se escapa espontáneo del alma atormentada de la humanidad.

23. Entre los opuestos sistemas, vinculados a los tiempos y dependientes de éstos, la Iglesia no puede ser llamada a declararse partidaria de una tendencia más que de otra. En el ámbito del valor universal de la ley divina, cuya autoridad tiene fuerza no sólo para los individuos, sino también para los pueblos, hay amplio campo y libertad de movimiento para las más variadas formas de concepciones políticas; mientras que la práctica afirmación de un sistema político o de otro depende en amplia medida, y a veces decisiva, de circunstancias y de causas que, en si mismas consideradas, son extrañas al fin y a la actividad de la Iglesia. Tutora y abanderada de los principios de la fe y de la moral, la Iglesia tiene el único interés y el solo deseo de transmitir, por sus medios educativos y religiosos, a todos los pueblos sin excepción, la clara fuente del patrimonio y de los valores de la vida cristiana, para que cada pueblo, del modo que responda a su peculiaridades, se ayude de los conocimientos y de los impulsos ético-religiosos cristianos para establecer una sociedad humanamente digna, espiritualmente elevada, fuente de verdadero bienestar.

24. Más de una vez la Iglesia ha tenido que predicar a sordos; la dura realidad predica ahora a su vez, y ante su grito: Erudimini, se abren oídos antes cerrados a la voz materna de la Esposa de Cristo. Hay épocas de angustia frecuentes, mucho más frecuentes que los tiempos de bienestar, ricas en verdaderas y profundas enseñanzas, a la manera que el dolor es con frecuencia un maestro más eficaz que el fácil éxito: «Sólo el sufrir dará entendimiento al oído» (Is 28.19). Y esperamos en Dios que la humanidad entera, como cada una de las naciones en particular, saldrá de la dolorosa y sangrienta escuela actual más prudente, experimentada y madura; sabrá distinguir con ojos claros entre la verdad y la engañosa apariencia, y abrirá y prestará su oído a la voz de la razón, guste o no guste, y lo cerrará a la vacía retórica del error; se formará una convicción de la realidad, que tomará en serio la realización del derecho y de la justicia, y ello no sólo cuando se trate de exigir el cumplimiento de los propios derechos» sino también cuando se deban satisfacer las justas exigencias de los demás.

25. Sólo con estas disposiciones de ánimo se podrá llegar a infundir a esta seductora expresión, «nuevo orden», un contenido hermoso, digno, estable, apoyado en las normas de la moralidad. y se evitará el peligro de concebirlo y de plasmarlo como un mecanismo puramente externo, impuesto por la fuerza, sin sinceridad, sin pleno consentimiento, sin alegría, sin paz, sin dignidad, sin valor. Entonces se podrá dar a la humanidad que la tranquilice, un ideal que responda a sus y desaparecerá el poder oculto y abierto, opresor y discordia crónica que pesa sobre el mundo.

26. Pero los presupuestos indispensables para ese nuevo ordenamiento son :

1. La victoria sobre el odio, que hoy divide a los pueblos; renuncia, por tanto, a sistemas y a prácticas de los que aquel recibe siempre nuevo alimento. Existe, en realidad, actualmente en algunos países una propaganda desenfrenada y que no rehúye las manifiestas alteraciones de la verdad, mostrando, día por día y hasta hora por hora, a la opinión pública las naciones adversarias bajo una luz falseada y ultrajante. Pero quien quiera verdaderamente el bienestar del pueblo, quien ansíe contribuir a preservar de incalculables daños las bases espirituales y morales de la futura colaboración de los pueblos, deberá considerar como un sagrado deber y una alta misión no dejar que se pierdan, en el pensamiento de los hombres, los ideales naturales de la veracidad, justicia, cortesía y cooperación al bien, y, ante todo, el sublime ideal sobrenatural del amor fraterno traído por Cristo al mundo.

 2. La victoria sobre la desconfianza, que oprime como peso deprimente el derecho internacional, haciendo irrealizable toda verdadera inteligencia; vuelta, por tanto, al principio justitiae soror incorrupta fides (Horacio, Odas I. 24,6-7), a aquella fidelidad en la observancia de los pactos sin la que no es posible una tranquila convivencia e de los pueblos y sobre todo, una coexistencia de pueblos poderosos y de pueblos débiles. Fundamentum autem —proclamaba la antigua sabiduría romana— est iustitiae fides, id est dictorum conventorumque constantia et veritas: «el fundamento de la justicia es la fidelidad, esto es la constancia y la verdad en lo dicho y en lo pactado»(Cicerón, De oficiis I 7,23. ).

3. La victoria sobre el funesto principio de que la utilidad es la base y la regla del derecho, de que la fuerza crea el derecho; principio que hace inconsistente toda relación internacional, con gran daño especialmente para aquellos Estados que, ya por su tradicional fidelidad a los métodos pacíficos, ya por su menor potencialidad bélica, no quieren o no pueden luchar con otros; vuelta, por lo tanto, a una seria y profunda moralidad en las normas del consorcio entre las naciones, lo cual no excluye, evidentemente, ni 1a búsqueda de la utilidad honesta ni un oportuno y legítimo uso de la fuerza para tutelar derechos pacíficos impugnados violentamente o para reparar las lesiones de éstos.

4. La victoria sobre los gérmenes de conflictos, que consisten en las diferencias demasiado estridentes en el campo de la economía mundial; por lo tanto, una acción progresiva, equilibrada por correspondientes garantías, para llegar a una organización que dé medios a todos los Estados para asegurar a sus propios conciudadanos, de cualquier clase que sean, un conveniente nivel de vida,

5. La victoria sobre el espíritu de frío egoísmo, el cual, orgulloso de su fuerza, fácilmente termina violando no menos el honor y la soberanía de los Estados que la justa, sana y disciplinada libertad de los ciudadanos. En su lugar debe introducirse una sincera solidaridad jurídica y económica, una fraterna colaboración, según los preceptos de la ley divina, entre los pueblos, una vez que éstos estén asegura-dos en su autonomía e independencia. Mientras que por las duras necesidades de la guerra hablen las armas, difícilmente podrían esperarse hechos definitivos en el sentido de restaurar derechos morales y jurídicamente imprescriptibles. Pero seria de desear que, ya desde ahora, una declaración doctrinal en favor de su reconocimiento viniese a calmar la agitación y la amargura de cuantos se sienten amenazados o lesionados en su existencia en el libre desenvolvimiento de su actividad.

 27. ¡Venerables hermanos y queridos hijos! En el momento por todos deseado, indeterminable por ahora para el juicio humano, en que callarán las armas y se esculpirán en los párrafos del tratado de paz los efectos de este gigantesco conflicto, Nos deseamos que la humanidad y quienes habrán de mostrarle el camino de su marcha estén tan maduros en el espíritu y sean tan capaces en la acción, que allanen el terreno para alcanzar un nuevo, sólido, verdadero y justo ordenamiento. Nos suplicamos a Dios que suceda así. Y os exhortamos a todos a unir vuestras oraciones a las nuestras a fin de que la luz y la protección del Omnipotente preserven a aquellos en cuyas manos estarán puestas las decisiones de tan gran importancia para la tranquilidad del mundo y tan cargados de responsabilidad, de repetir, cambiada la forma, antiguos errores y de volver a caer en faltas pasadas, dirigiendo —aún sin saberlo o sin quererlo— el porvenir de los pueblos y aun de su propia nación por un camino en el que no se encontrará ningún verdadero orden, sino solamente temores y motivos de nuevas calamidades. Que las mentes de aquellos de cuya perspicacia, fuerza de voluntad, previsión y moderación habrá de depender la felicidad o la infelicidad de los pueblos, puedan dejarse guiar por la luz de aquella sentencia tan conocida: «Bis vincit qui se vincit in victoria» (Publi Syri Sententiae n. 64, Leipzig 1869).

28. Nos depositamos en las pequeñas, omnipotentes y misericordiosas manos del Redentor recién nacido, con una confianza ilimitada e indestructible, nuestros deseos, nuestras esperanzas y nuestras oraciones, y le imploramos con vosotros, con todos los sacerdotes, con todos los fieles de la santa Iglesia, con todos los que en Cristo reconocen a su Señor y Salvador, que libere a la humanidad de las discordias a que la han arrastrado esta guerra: ¡Oh raíz de Jesé, puesta como señal para los pueblos, que hará callar a los reyes, y a quien suplicarán los gentiles! Ven a liberarnos; no más tardar» (Breviario romano, antífona de la víspera de Navidad).

29. Con estas ansiosas palabras en los labios y con esta intención en el corazón, os damos a vosotros, venerables hermanos y queridos hijos; a todos nuestros hijos del mundo entero, y singularmente a las víctimas de la guerra en cada una de las naciones, como prenda de abundante gracia divina, con paterno afecto, la bendición apostólica.

 

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