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DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
AL SEÑOR JOSÉ MANUEL LLOBET,
EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
ANTE LA SANTA SEDE*


Sábado 22 de noviembre de 1941

 

Señor Embajador:

Elegido por la confianza de su Gobierno como digno sucesor del ilustre hombre de Estado, el Excelentísimo Señor Doctor Enrique Ruiz Guiñazú, Vuestra Excelencia se presenta hoy ante Nos para hacernos entrega solemne de la Carta con la que el Excelentísimo Señor Vicepresidente de la Nación Argentina, en ejercicio del Poder Ejecutivo, le acredita como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, y da así comienzo a un cargo cuyas amplias y elevadas funciones brindarán fecunda labor a las dotes de su mente y honda satisfacción a las aspiraciones de su alma.

Después de haber consagrado sus mejores energías con ardor y éxito al bien y al progreso económico y político de su pueblo, tan cercano a Nuestro corazón, Vuestra Excelencia entra hoy en una palestra espiritual, en un escogido campo de trabajo, digno del esfuerzo de los espíritus más nobles y que recompensa los cuidados y fatigas que se le prestan con la corona de méritos imperecederos.

Nos reconocemos un designio especial de la divina Providencia el que, antes de poner sobre Nuestros débiles hombros el peso y la responsabilidad del supremo ministerio pastoral, Nos haya unido en contacto vivo y todavía eficaz con los pueblos de la América Latina. Fue el Santísimo Sacramento el que iluminó Nuestro primer encuentro con aquella parte de la grey del Señor tan importante, de fe tan arraigada y tan rica en esperanzas para el futuro; y lo que se cumple bajo su lumbre divina no se marchita ni envejece con el tiempo como las cosas del mundo.

En aquellas inolvidables jornadas de. Octubre, que Vuestra Excelencia acaba de evocar, se estableció Nuestro primer contacto personal con aquel pueblo del que Vuestra Excelencia es ante Nos autorizado intérprete. Entonces contemplamos, a manera de un mar ondulante en torno al gigantesco altar del Parque de Palermo, un pueblo en oración, un Gobierno en oración, un ejército en oración, todos juntos «cor unum et anima una» en el homenaje tributado al Altísimo en ejemplar unión con el Sucesor de Pedro. Aquellos días, se esculpieron en Nuestro corazón, con caracteres que jamás se desvanecerán, las muchedumbres de hombres, de mujeres, de jóvenes y las interminables filas de los pequeños.

Esta espléndida visión la tenía delante Nuestro espíritu, no como un vago recuerdo del pasado, sino como un acontecimiento presente, mientras Vuestra Excelencia recordaba con devota emoción aquellos días y Nos aseguraba para Nuestra alegría y consuelo que todavía hoy se conservan vivos en el Gobierno y en el pueblo los frutos espirituales de aquel suceso providencial; que Gobernantes y gobernados ven en la Iglesia Católica la divina e inagotable fuente de las más nobles y benéficas iniciativas, aun en el terreno de una formación humanamente digna y moralmente elevada de la vida política y social. Si es verdad que la Iglesia no quiere mezclarse en las disputas acerca de la oportunidad, la utilidad o la eficacia terrena de las diversas formas temporales que pueden revestir instituciones o actividades puramente políticas; no lo es menos que ni puede ni quiere renunciar a ser la luz y la guía de las conciencias en todas aquellas cuestiones de principio en que los hombres o sus programas o sus obras pudieran correr peligro de olvidar o negar los eternos fundamentos de la ley divina.

Cuando entre las Autoridades eclesiásticas y civiles reina aquella benéfica y honrosa confianza mutua, a que hizo alusión Vuestra Excelencia, manan de esta afortunada armonía copiosas y ordenadas fuerzas en los campos de trabajo más necesitados hoy de cultivo. Todo cuanto signifique difundir, ahondar y perfeccionar las obras de asistencia social que alargan su mano bienhechora a los más desamparados entre los pobres y dan un puesto de honor al bienestar físico y moral de la juventud, es una actividad en la que la Iglesia. anhela vivamente prestar su desinteresada obra de Buen Samaritano, formando y destinando el mayor número posible de miembros tanto del Clero secular como de las Ordenes y Congregaciones religiosas de hombres y mujeres a la fecunda colabo­ración en la obra de la salvación y del progreso social, uno de los más apremiantes deberes de nuestro tiempo. Por eso hemos escuchado muy complacido de labios de Vuestra Excelencia lo mucho que su Gobierno aprecia la parte cada vez más activa que toma el Clero secular y regular, en medio de sus ministerios pastorales, en la labor educadora, caritativa y social, para bien y progreso del pueblo. Con el mismo agrado celebramos el honroso reconocimiento que en su Gobierno encuentra la creciente actividad social de la mujer argentina. Puede estar seguro Vuestra Excelencia que por Nuestra parte haremos cuanto esté en Nuestra mano para que los impulsos de fraternidad y caridad cristianas que brotan del Evangelio se conviertan en realidad y acción cada vez más fecunda en Nuestros queridos hijos e hijas de la Argentina, y surja así una multitud de hombres generosos a cuya mano compasiva y a cuyo corazón caritativo nunca se llame en vano.

Con estos sentimientos, mientras rogamos a Vuestra Excelencia que presente a todos los miembros del Excelentísimo Gobierno argentino Nuestros íntimos votos por su labor, doblemente ardua en estos difíciles tiempos, dirigida al bienestar del país y a su preservación de las consecuencias y repercusiones materiales y morales que provienen del funesto conflicto actual, bendecimos de todo corazón a todos Nuestros hijos e hijas de aquella nobilísima Nación y suplicamos al Todopoderoso que extienda sobre ella ahora y siempre la protección de su mano divina.

Por fin, sobre Vuestra Excelencia, Señor Embajador, y sobre sus colaboradores en su elevado cargo, mientras le damos Nuestra más cordial bienvenida y le aseguramos Nuestra especial benevolencia, im­ploramos las más abundantes y escogidas bendiciones del Cielo.


* AAS 33 (1941) 502-504.

L’Osservatore Romano 23.11.1941, p.1.

Discorsi e Radiomessaggi, III, p.265-267.

 

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