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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL SEÑOR MANUEL SOTOMAYOR LUNA,
PRIMER EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR
ANTE LA SANTA SEDE
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Miércoles 27 de diciembre de 194
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Señor Embajador:

En las nobilísimas palabras con que ha sabido V. E. dar comienzo a su alta misión, Nos ha complacido ante todo el recuerdo de la Nación Ecuatoriana, la «República del Sagrado Corazón», pues ella fue el primer Estado americano que, al impulso del grande Presidente García Moreno, quiso hacer de su vida un acto de reparación no interrumpido.

V. E. ha hablado además como primer Embajador de su país ante la Santa Sede. La determinación del Excmo. Sr. Presidente del Ecuador, Dr. Velasco Ibarra, de dar precisamente en estos momentos mayor lustre e intimidad a sus relaciones con la Sede Apostólica, reviste a Nuestros ojos un significado profundo. En el terrible ciclón que envuelve a la humanidad, y en la ardua tarea de preparar la restauración material y moral que ella entrañablemente ansía, todo factor positivo de reconstrucción es precioso; cuánto más si él encierra los altísimos e insustituibles valores espirituales que la Divina Providencia ha querido confiar a Nuestra custodia.

Que ese nuevo elevado cargo haya sido confiado a la persona de V. E., cuyos méritos en la prosecución de tan sagrado ideal Nos son bien conocidos. es la mejor prenda de que producirá frutos saludables.

V. E. Nos ha asegurado, en su sentido y elocuente discurso, que, a la otra orilla del Océano inmenso, el católico pueblo ecuatoriano sigue con amor filial Nuestras palabras, Nuestros esfuerzos por la paz y la caridad cristiana. El escucharlo en estos momentos de los labios de V. E. conforta a Nuestro afligido espíritu, que en cuanto ha realizado y realiza en favor de la verdad contra el error, de la justicia contra la violencia y para aliviar, en lo posible, todo dolor y toda miseria, ha seguido y sigue los impulsos de Nuestro deber Apostólico y la tradición multisecular de esta Nuestra Sede Romana.

Terrible es la angustia que en Nos producen los horrores de la guerra. Mas no es menor la que Nos procuran las inciertas perspectivas de su final resolución. ¿Se logrará organizar una paz que no lleve en su seno los gérmenes de nuevas guerras? ¿Conseguirá el nuevo orden de las relaciones internacionales resolver los conflictos y las asperezas que podrán seguir a la cesación de las hostilidades, aplicando a todos el derecho y la equidad, y no haciendo violencia a ninguno? La Historia enseña, hasta con exceso, que no bastan las seguridades técnicas y jurídicas. Tanto o más necesarias son las de orden espiritual: sentido de justicia hermanado con una sabia amplitud de miras; mutua comprensión y benevolencia; ánimo pronto a la conciliación, hasta con el propio sacrificio, si lo exige el interés de la concordia y de la paz. Pero no se engendrarán en el espíritu internacional estos hábitos bienhechores, sin destruir previamente cúmulos de alejamientos y de odio, de desconfianzas, de incomprensiones y de prejuicios. La República del Ecuador ha dado hace poco un espléndido ejemplo de este sentimiento de fraternidad y de sacrificio; y Nos complace saludar en V. E. a uno de los constructores de esa noble y previsora política de paz.

Sea, pues, bienvenido V. E.; y que esa sabia y cristiana conducta aparezca como el alba de un nuevo día, ante todo para las relaciones entre la Iglesia y el Estado en su patria, que cuenta en ella con una tradición gloriosa. «Completamente feliz debe llamarse (y Nos es grato usar en esta solemne ocasión las palabras empleadas por Nuestro inmortal Predecesor Pio IX en días para vosotros inolvidables) la Nación cuya autoridad civil está unida con tan estrecho lazo a la sagrada, que ambas no se dirigen sino a la consecución del bien común;... en ella florece la tranquilidad nacida del orden ...; la prosperidad del pueblo se halla en magnífico estado, y ... todo conspira a su felicidad».

Con la expresión de tan fervientes deseos, enviamos Nuestra Bendición al Señor Presidente de la República, al Gobierno y a todo el amadísimo pueblo Ecuatoriano ; mientras afectuosamente bendecimos a V. E. y a todo lo que ahora lleva en el pensamiento y en el afecto, garantizándole que hallará siempre en Nos aquella paternal acogida, a cine sus nobles sentimientos, sus méritos personales, sus elevadas inten­ciones y el alto rango de su cargo le hacen acreedor.


* AAS 36 (1944) 332-333.

L’Osservatore Romano 28.12.1944, p.1.

Discorsi e Radiomessaggi, VI, p.259-261.

 

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