 |
RADIOMENSAJE DE SU
SANTIDAD PÍO XII
CON MOTIVO DE LA CLAUSURA DEL CONGRESO CATEQUÍSTICO
DE BARCELONA
Domingo 7 de abril de 1946
Amadísimos congresistas de Barcelona:
La ardiente solicitud por la salud de las almas, que el Padre de las
misericordias se dignó depositar en Nuestro corazón de Pastor universal, Nos ha
impulsado a condescender con vuestro deseo, tan pronto como Nos fue manifestado
y a clausurar con unas palabras este magno Congreso catequístico.
Y no podía ser solamente el saber que se trataba de la espléndida Barcelona, la
luminosa metrópoli mediterránea, famosa por su posición, por su prosperidad y
por el espíritu audaz y emprendedor de sus tenaces hijos; ni tampoco las
noticias que sucesivamente Nos iban llegando y que Nos alababan la inteligente
preparación de vuestro Congreso, su perfecta organización y la cooperación
generosa que por parte de todos se le prestaba; fue el conocer que se trataba
del estudio, de la propaganda, del método y del progreso del trabajo
catequístico entre vosotros; fue el ser informados de que se profundizaban
cuestiones tan fundamentales como el derecho y el deber de la enseñanza del
Catecismo tanto en las escuelas privadas, como en las oficiales y en la
catequesis parroquial
¡El Catecismo! No tenemos intención de volver, en esta hora solemne, a lo que ha
sido ya objeto de vuestras sesiones de estudio. Nuestro Venerable Hermano y
celoso Prelado vuestro, oportuno y feliz promotor de una reunión que ha de
quedar entre las fechas más inolvidables de su Episcopado, os ha recordado a
Nuestros inmortales Predecesores Benedicto XIV, Pío X y Pío XI, a quienes se
deben las normas definitivas de la enseñanza de la Doctrina cristiana; y Nos
mismo, no hemos dejado de hacer oportunamente las exhortaciones que creíamos
necesarias. La Cataluña de Raimundo Lulio, autor de uno de los primeros resúmenes catequísticos que se conocen; la España de Ripalda y de
Astete, de Ignacio de Loyola, José de Calasanz y Antonio Claret, catequistas y
forjadores de legiones de catequistas, supo enseñar y aprender a través de los
siglos nuestra santa doctrina, especialmente en aquellos tiempos felices, cuando
el pueblo tenía la cultura suficiente para poder elevarse hasta las cimas
teológicas de los «autos sacramentales», aplaudidos y gustados por todos en
los atrios de las iglesias, en los patios y en las plazas. ¡Grande educación
religiosa la de un país, donde tales representaciones pudieron ser populares!
Correría el tiempo; vendrían los siglos funestos del laicismo y se produciría la
dolorosa fractura entre el ciudadano y el cristiano; la Iglesia se vería
disputar el campo de la enseñanza y la limada cultura nueva presumiría vanamente
de poder prescindir de la religión. Pero con cuáles consecuencias! ¿No habéis
topado alguna vez con el descarriado, que llegó a serlo precisamente porque
nunca, o casi nunca, había oído hablar de Dios y de su ley? Y si «non est
scientia Dei in terra» (Os 4, 1), si la ley de Dios se ignora, ¿cómo podrá
observarse?; si Jesucristo y su Iglesia son todavía para muchos los auténticos
desconocidos, cuando no los maliciosamente desfigurados, ¿cómo han de ser
primero amados y luego seguidos? Y si no se conoce a Dios, si no se observa su
ley, ¿por qué nos hemos de extrañar que la historia se vaya contando por
sucesiones de catástrofes? Y así tiene que ser, pues —si quisiéramos repetir
las palabras de Nuestro glorioso Predecesor Pío X— « ubi crassae ignorantiae
tenebris est mens circumfusa, nullatenus possunt aut recta voluntas esse aut
mores boni »; donde quiera que la inteligencia está bloqueada por las densas
tinieblas de la ignorancia, es imposible encontrar ni recta voluntad, ni buenas
costumbres (cfr. Encicl. Acerbo nimis, 15 Apr. 1905, Pii X Acta vol. II. p.
74).
El mundo sufre males dolorosísimos, pero pocos tan transcendentales como la
ignorancia religiosa, en todas sus clases; urgen en la sociedad enérgicos
remedios, pero pocos tan urgentes como la difusión del Catecismo. Los padres en
el calor del hogar, los maestros en la seriedad de la escuela, los sacerdotes en
el santuario del templo y en todas partes pueden, deben prestar a la humanidad
el insuperable servicio de abrir con el Catecismo a las nuevas generaciones los
tesoros de la doctrina católica y formarlas en él, para que, bien empapadas de
espíritu cristiano, enamoradas de la verdad, de la justicia y de la caridad del
Evangelio, encendidas en el amor de Jesucristo, pueda edificarse sobre ellas la
paz futura, la única paz digna de este nombre que es la paz cristiana.
Nos no ignoramos lo mucho que entre vosotros se trabaja en la
formación de los catequistas y en la organización de las catequesis; Nos
sabernos —y de ello no podemos menos de congratularnos— que vuestra legislación
escolar muestra en sus redactores una clara conciencia de la importancia del
problema y de los deberes de quienes son gobernantes en una nación católica;
pero precisamente por eso hemos querido aprovechar esta oportunidad para
exhortaros a perseverar y a ir siempre adelante. No os contentéis con dar
gracias a Dios por «la amorosa providencia con que os hizo la inmensa merced de
nacer en un hogar cristiano, en una patria iluminada, desde los albores del
Cristianismo, con la doctrina del Evangeli », sino que, para mostrarle vuestra
gratitud por un don tan insigne, habéis de procurar, cada uno desde vuestro
puesto, que «nadie entre vosotros ignore las salvadoras enseñanzas » (cfr.
Oración para lograr los fines del Congreso) de la Religión cristiana, aunque
para ello fuera menester vuestra cooperación y vuestro sacrificio personal.
Y vosotros, miles y miles de pequeños que en este momento, con
los ojitos muy abiertos, oís la voz de vuestro Padre, un Padre que desearía
poderos abrazar a todos uno a uno; vosotros, esperanza segura de la Iglesia y de
la Patria, almas candorosas donde todavía se refleja pura la luz suave de la
inocencia, corred ansiosos a la catequesis, no dejéis de la mano el Catecismo,
escuchad sin perder palabra a quien os lo explica, aprendedlo bien, entendedlo
en cuanto podáis y no olvidéis jamás esa doctrina que acaso un día —fecha remota
que ahora no podéis ni vislumbrar— será vuestra tabla de salvación en las
tormentas de la vida. El Papa quiere que en el Catecismo aprendáis a colocar a
Dios en el centro de vuestra vida, a conocer y a amar a Jesucristo, a vivir en
su gracia y en la fiel observancia de los Mandamientos; a ser buenos, a ser
obedientes, a ser estudiosos, a ser sobre todo piadosos. Y para ello el Papa,
desde este Vaticano —hasta donde parece que las ondas del mar traen las auras de
vuestra Barcelona—, os envía por medo de las ondas etéreas la mejor de sus
Bendiciones, para vosotros, para vuestras familias, para los que han tomado
parte en esta asamblea, y de modo muy particular para sus organizadores, para
todos los propósitos y planes que del Congreso han sido el fruto tangible, para
vuestra industriosa región, para las dignísimas autoridades, que, con su
presencia, han querido contribuir al esplendor de este acto, y para toda la
católica España, objeto siempre de afecto especial para el Vicario de Cristo.
|