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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL SEÑOR NICOLÁS C. ACCAME,
EMBAJADOR DE ARGENTINA ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 6 de marzo de 194
8

 

Señor Embajador:

En la cúspide misma de una brillantísima carrera, enriquecida por el trabajo, la experiencia y los abundantes méritos al servicio de su patria, la divina Providencia y la honrosa confianza del Excelentísimo Señor Presidente de la República Argentina han conducido a Vuestra Excelencia a esta eterna Ciudad, en el corazón del mundo católico, para ser Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de una nación que —como con religiosa satisfacción y patriótico orgullo Su Excelencia acaba de poner de relieve— proclama a Dios «fuente de toda razón y justicia» en el preámbulo mismo de su Constitución y reconoce a la religión católica, apostólica y romana un puesto de honor, de acuerdo con las mejores tradiciones de sus antepasados europeos, de la católica y fecunda Madre Patria española.

Con tal base no es extraño que el pueblo argentino fuese uno de los primeros en abolir la esclavitud, en los albores del siglo XIX, demostrando ya ese sentimiento de humanidad cordial que le había siempre de caracterizar, como antes, mucho antes, había sabido conquistar un puesto distinguido en las avanzadas de la cultura, abriendo en Córdoba la segunda Universidad de toda la América del Sur en 1614, e instalando en la misma ciudad su primera imprenta ya a fines de este mismo siglo.

Nos lo sabemos perfectamente, Señor Embajador: la profesión de Dios y, con ella, la de las normas y valores para la vida que brotan de la santa fe, no sólo vive impresa en el mismo frontispicio de vuestra carta fundamental, sino que alienta igualmente, grabada en las ideas y en los sentimientos de todo vuestro noble país.

Quien, como Nos, fue testigo de las luminosas jornadas de aquel inolvidable Octubre de 1934, y pudo ver cómo vuestro pueblo sabe venerar a su Rey Eucarístico y a su bendita Madre, nunca dudará dónde está el centro de los corazones de sus mejores hijos.

Quien, como Nos, tuvo ocasión de contemplar al elemento militar de la nación, acercándose en series incontables a la mesa eucarística para nutrirse con el pan de los fuertes, fácilmente adivinará, mejor que quien no tuvo aquella dicha, cual es el sentimiento que movía a Vuestra Excelencia, soldado argentino experto y jefe de alta graduación, al pronunciar hace unos instantes esas nobilísimas expresiones, que tanto eco han despertado en Nuestro corazón.

Son palabras, lo sabemos muy bien, no solamente de un hábil diplomático y de un bizarro militar, sino también de un fecundo escritor, de la misma estirpe, para citar solamente un nombre, de aquel presidente de la República y excelente polígrafo que fue el también general Bartolomé Mitre, personalidad eminente en casi todos los géneros, aunque acaso no llegara en la poesía a las exquisiteces de un José Mármol, en el vigor de la narración a la fuerza casi ciclópea de un general Domingo Faustino Sarmiento, y en el ímpetu oratorio a las maravillas de un Fray Mamerto Esquiú, si es que queremos mantenernos siempre dentro de los límites de vuestro bien poblado mundo literario.

No es nuevo Vuestra Excelencia sobre el suelo materno de Roma. Por eso mismo dispone, mejor que muchos, de elementos suficientes para mesurar y enjuiciar la mole de trastornos y de transformaciones que Europa, y con ella todo el mundo civilizado, han sufrido y sufren desde que Vuestra Excelencia, hace dos lustros y medio, llegó por primera vez con carácter oficial a este solar italiano y romano.

Más aún; viniendo, como viene, de un país no afectado por la guerra y abundante en toda suerte de tesoros naturales, de una nación llamada a grandes empresas materiales y espirituales, no escapará a su ojo escrutador la trágica situación de una gran parte de las naciones europeas, que arrastran una existencia más parecida a una lenta agonía que a una optimista y segura convalecencia.

La contemplación de tan miserable estado, que, con las cosas materiales, va corroyendo al mismo tiempo las fuerzas espirituales y los vitales alientos de quienes en él yacen, —y que en vez de aliviarse se agrava sin cesar por la inutilidad de los esfuerzos hasta ahora realizados en favor de la paz— explicará a Vuestra Excelencia, y con Vuestra Excelencia al Gobierno y al pueblo argentino por qué Nos —por encima de los desengaños y de las no escasas deformaciones y alteraciones de las intenciones Nuestras— Nos hemos hecho y seguiremos haciéndonos siempre con suplicante energía los intérpretes de las ansias y de los anhelos pacíficos de todos los buenos, digan lo que digan, hagan lo que hagan los enemigos de la verdad, los defensores del principio de la fuerza y los propugnadores de una razón de Estado y de un orden moral, que viven fuera de la observancia y del respeto a las leyes morales.

Como consecuencia de los descubrimientos científicos de nuestros días, el mundo se nos ha quedado demasiado pequeño para que nadie pueda mirar como un «problema remoto» —cuya actualidad y urgencia disminuye en proporción con la mayor distancia geográfica del epicentro de las convulsiones y de los trastornos—, esas agitaciones, esas miserias y esas opresiones que están padeciendo algunas de sus partes, más o menos importantes.

En la escuela agria del dolor, si queremos denominar así al conflicto bélico y a los años subsiguientes, los pueblos mejores han adquirido la conciencia de esta solidaridad indivisible entre los Estados, para la prosperidad lo mismo que para la adversidad; y mientras que este esfuerzo fraternal, que desemboca en la ayuda recíproca, cada día les ata y les une más estrechamente, van aprendiendo a rechazar las insidias de un egoísmo insensato.

Precisamente por eso, Señor Embajador, Nos ha servido de no pequeña complacencia poder deducir de sus elocuentes palabras que Nuestras continuas solicitudes y diligencias para suscitar y difundir las iniciativas y las organizaciones de socorro en favor de los millones de víctimas de todas estas recientes calamidades, han encontrado en el generoso pecho argentino un eco tan filial como compasivo.

Aprovechamos, pues, con gusto la presente solemne ocasión para testimoniar una vez más Nuestra gratitud a Su Excelencia el Señor Presidente de la República, a los miembros del Gobierno, al Venerable Episcopado, al clero secular y regular y a todos nuestros amados hijos de la Argentina, por el puesto tan honroso que han sabido ocupar en esta lucha común para la mitigación de las miserias consecuencia de la guerra y de la postguerra, en la seguridad de que también mañana podremos contar, sin engañarnos, con sus nobles sentimientos de caridad humana y cristiana.

Llenos de tan consoladora confianza damos a Vuestra Excelencia, que en aquellos cada vez más lejanos, pero siempre inolvidables días del año 1934, Nos rindió, como a Legado Pontificio, los honores militares en tierra argentina, Nuestra cordial bienvenida, con la certeza de que, en el ejercicio de su importante oficio, encontrará siempre en Nos la ayuda más benévola.

Mientras tanto, y confiando en el feliz éxito de su misión, invocamos sobre el Gobierno y sobre el amadísimo pueblo argentino, y de modo especial sobre Vuestra Excelencia, la protección y las más abundantes gracias del cielo.


* AAS 40 (1948) 112-115.

L’Osservatore Romano 7.3.1948, p.1.

Discorsi e radiomessaggi, p.5-8.

 

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