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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE PÍO XII
A LOS JÓVENES REUNIDOS EN SANTIAGO DE COMPOSTELA
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Sábado 28 de agosto de 194
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Amadísimos jóvenes, peregrinos de Compostela:

Es propio de la juventud evocar las hazañas de sus mayores para repetirlas luego, mejorándolas, si posible fuera. Vuestra presencia de hoy en Santiago —entusiasta, numerosa, ferviente— lo está demostrando de una manera admirable.

Efectivamente, Compostela había sido durante siglos como la resonancia viva de una historia desde los días obscuros y heroicos de un Alfonso II hasta los esplendorosos de un Carlos V y sede de prelados insignes, como un Diego Gelmírez y un Pedro Muñiz, que dejaron escritas sus crónicas con las piedras graníticas de esa catedral incomparable; pero había sido sobre todo el rincón escogido por la Providencia entre las dulces y verdes colinas de esa «terriña meiga» para hacer de ella uno de los más potentes centros de atracción para la fe, para la piedad y para el espíritu generoso de aquella Cristiandad en pleno fervor de vida. Reyes y plebeyos, obispos y monjes, santos y pecadores, caballeros y pecheros, artistas y sabios, juglares y trovadores, fluyendo y refluyendo como aluvión incontenible y constante a lo largo del «Camino de Santiago», no sólo aceleraron y profundizaron el ritmo de la historia, sirviendo de crisol a la elaboración de las ciencias y de las artes, sino que desparramaron por el mundo un anhelo de purificación y esparcieron por todas partes aquellas ansias de pacificación y de fraternal unión de los espíritus que han sido y seguirán siendo siempre la única segura base de la paz.

Desde el Monte del Gozo a la Puerta de los Perdones era la coronación de un anhelo, que acaso había tenido antes sus fases íntimamente dolorosas; bajo las bóvedas severas y en la mística penumbra alumbrada día y noche por centenares de blandones, el ritmo arcaico de las chirimías y el balanceo grave del «botafumeiro» abrían las puertas al estupor; el abrazo a la pétrea y hierática imagen ascendía a la categoría de gesto de reconciliación y purificación, simbolizada acaso en la venera, que el peregrino no dejaba de prenderse al pecho; las últimas hilachas del pardo sayal, abandonadas sobre la «Cruz dos farrapos» venían luego a ser el símbolo de una vida que quedaba cada vez más lejana; y, finalmente, la estática contemplación del Pórtico de la Gloria representaría como un anticipo de aquel paraíso, cuyas puertas se iban a abrir para él gracias a las magnánimas indulgencias de Compostela, ampliamente otorgadas por los Sumos Pontífices, Nuestros Predecesores.

Pero ¿habría de quedarse todo en recuerdos añejos o en memorias muertas?

Y he aquí que vosotros, hijos amadísimos, jóvenes españoles de Acción Católica —para quienes está reservado todo el mérito de la iniciativa y de la imponente y cuidadosa organización—, juntamente con vuestros hermanos de las Congregaciones Marianas y con toda la juventud espa­ñola, a la que se han querido unir, con edificante y fraternal concordia, los representantes de casi todas las naciones de América; he aquí que vosotros, para mostrar vuestra juventud intacta, para proclamar la sublime locura de un Dios crucificado y para forjar en vosotros mismos una Cristiandad ejemplar, habéis respondido rotundamente que no. Los añejos recuerdos y las vetustas memorias, al conjuro de vuestro vibrante entusiasmo juvenil, se han convertido de nuevo en realidad.

Y así tenía que ser; porque si el peregrino fue pieza indispensable en el tablero del mundo medieval, si el peregrinar tuvo entonces la noble función de consolidar la fe del pueblo, de acercar entre sí a las más diversas naciones, de aliviar a los desgraciados y consolar a todos, hoy, entre las enormes dificultades y dolores de la hora presente, siguen siendo una bendición para el mundo.

El peregrino vive de fe y por esta fe lo deja todo arrastrado por aquella luz que atrae su alma para purificarla; «credidit Abraham Deo», «creyó Abraham a Dios, lo cual le fue imputado a justicia» (Rom 4, 3) el peregrino es una llama viva de piedad, cuyo ardor ha de consumar la escoria de sus pecados; el peregrino es generosidad y, arranque que quiere ir siempre adelante y figurar en vanguardia; el peregrino es amor, respeto y adhesión a la Iglesia, a cuyas penitencias se somete y cuyas gracias busca, es amplia y cristiana universalidad, que no resiste estrecheces de estirpes, de patrias o de fronteras, sino que se lanza resuelta al ancho cauce de la catolicidad.

Espíritu de fe y de sacrificio; vida de piedad y de continuo progreso en vanguardia; adhesión, respeto y amor a la Iglesia; corazón ancho como el mundo: eso sois en estos momentos, jóvenes católicos de todo el mundo; y si en otros tiempos al grito irresistible de «¡Santiago y cierra España!» se rompió con los enemigos de la fe, si ayer todavía el Apóstol no abandonó a quienes le invocaban, estad ciertos de que hoy y siempre su espíritu y su protección os conducirán de nuevo a la victoria en las espirituales batallas y os harán superar los lazos que por todas partes se os tienden, especialmente a vosotros, a la juventud, porque saben que sois una potencia poderosa y gallarda del presente y una promesa radiante y segura del porvenir.

«Igitur via peregrinalis est res optima sed augusta» «La vía peregrinalis es cosa óptima, pero estrecha» —dice el conocido sermón del Códice Calixtino (Codex Calistinus l. I c. XVII, Sermo beati Calixte Pape, fol. 80v; mas sería la primera vez que la dificultad habría espantado, desarmado y hecho retroceder a la juventud, y más todavía a una juventud como la vuestra, nutrida en la fe sólida y crecida en el ardiente clima del sacrificio.

i Adelante, pues, juventud brillante, creyente y peregrina ! Adelante con vuestra venera y vuestro bordón, que hay mucho que peregrinar hasta dar todo el corazón a Dios y todas las almas a Jesucristo, hasta el cielo, que es nuestra meta !

O beate lacobe! —cantaban vuestros antepasados peregrinos— O beate lacobe! / virtus nostra vere. / Nobis hostes remove / tuos ac tuere. / Ac devotos adhibe / nos tibi placere. ¡ Oh, sí, apóstol santo, predilecto del Señor, alma de fuego, capitán invencible: aparta de nuestro camino a los enemigos nuestros y tuyos, haz que te sirvamos siempre y sigue protegiendo a España y al mundo entero, concediéndole el beneficio de una paz sólida y duradera, fundada en la justicia!

Con estos sentimientos y estos deseos, recreando todavía una vez más Nuestro espíritu con la contemplación de tan florida juventud de tantas naciones —símbolo de esa unión fraternal de todos los fieles en Cristo, que es una de Nuestras ansias más vivas— os bendecimos efusivamente: a Nuestro dignísimo Cardenal Legado, a los Arzobispos, Obispos y autoridades presentes con cuantos han contribuido al éxito de la peregrinación, a la juventud católica española, a los jóvenes de todas las naciones representadas, a sus respetiva patrias y, de modo muy especial, al pueblo de la católica España, objeto siempre de amor para el Vicario de Cristo.


* AAS 40 (1948) 414-417.

 

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